El país profundo de Barlovento, por Benito Yrady

Capítulo II
Prácticas medicinales y religiosidad entre costumbres heredadas en Barlovento

Carlos Manuel Piñango Navas: Pantoja es un pueblo insurgente

Carlos Manuel Piñango Navas, (Carlos Vaamonde), Presidente de la Parranda de los Santos Inocentes,
Sector Pantoja. Pantoja, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore

La Calle Real de Pantoja se prolonga infinita e inalterable, con patios
antiguos y pequeñas casas enrejadas bajo su extenso cielo. Asfalto,
polvaredas, barro, zanjas y el Río Grande desbordando memorias.
Reaparecen las celebraciones vecinales desde la luz raída de la tarde. Se extienden
a San Judas Tadeo y a Las Delicias de la famosa carretera nacional. Se dan cita
El Delirio de Pantoja y El Legón. Anochece entre cantos. Pantoja es bullicio de
músicos, es baile, rostros de hombres tiznados y mujeres que festejan con sus
voces roncas a los Santos Inocentes. «La calle está durísima» grita un coro en
Pantoja, mezclando legados hispánicos y africanos entre abrazos y el sabor del
humo barrido por el viento. Es una forma de adueñarse del poder. Es rebelión.
Cada 28 de diciembre se oye la gran algarabía en la Calle Real, que luce una
bandera mitad verde y mitad roja, guiando un desfile bajo los efectos de la música.
Carlos Manuel Piñango Navas, conocido como “Carlos Vaamonde”, hijo de Víctor
Vaamonde, heredó de su padre la presidencia de la Parranda de los Santos Inocentes.
Nos explica: «Pantoja es un pueblo insurgente. El color verde representa la fertilidad
de la tierra del cacao, y el rojo, la sangre derramada de los esclavizados para obtener
la libertad». Se ve que ama lo que debate, y no duda en decirnos que, en la comunidad
de Pantoja, quedó ese espíritu de lucha en cada habitante del lugar, porque Pantoja
no es solo Parranda ni sonido de merengues, de canto apambichao ni de toques de
tambores. Pantoja es Carnaval, Cruz de Mayo y otras fiestas: San Rafael Arcángel, el
Santo de la Salud, la celebración de San Juan El Bautista y el acostumbrado baile de
La Burra de Caucagua. Además, agrega que Pantoja es la cuna visible del deporte, y
me pide que lo escriba y que hable aquí de su ejemplo tan particular.

Carlos Manuel Piñango jugaba béisbol en la posición de short stop
cuando sufrió graves lesiones en un pie, y no logró inscribirse en los Juegos
Panamericanos. Se hizo Técnico Superior en Educación Física en el Instituto
Pedagógico de Caracas y, tiempo después, en la Universidad Simón Rodríguez
se gradúa como Licenciado en Educación Integral. Siempre entre la segunda y la
tercera base, como campocorto, estaba pendiente de cualquier doble play y por eso
admira tanto al grandeliga venezolano Luis Aparicio, quien llegó a ser un líder de
las bases robadas y se encuentra en el Salón de la Fama del Béisbol en New York.
A los sesenta años cumplidos, el béisbol para él no es un punto distante.

Aún juega y siente la misma adicción. Un gran secreto y un extraño misterio.
Ahora, esa agilidad de deportista reflejada en su cuidada figura varonil, está más
al servicio del Bando y Parranda de los Santos Inocentes de Pantoja. Allí sigue, de
sombrero y riguroso flux, al lado de la Jefa o Gobernadora de Parranda, Victoria
Vaamonde; con la Abanderada, María Martínez; con la Comandanta de Policía,
Maritza Monges; con la Secretaria de Policía, Petra María Toro; y con la Verduga,
Rosángela Muria, mujeres de temple que van de cuadra en cuadra como figuras
principales de rutas callejeras. Cada día la fiesta crece y crece entre la gente de
Pantoja, y se llena de Boleros y recuerdos en el valorado proceso de transmisión
intergeneracional. Destacan los Boleros, representados aquí por Marcelino
Méndez, Williams Méndez, Otilio Mendoza, el afamado “Baba”, y muchos otros
más. El día 27 se ofrece la lectura del Bando entre jocosos versos libres, y el 28
de diciembre la Parranda como tal: Bando y Parranda. Desde hace veinte años,
Carlos Manuel Piñango tiene la responsabilidad de velar para que todo salga bien
y que los participantes luzcan vestimentas acordes con la tradición antiquísima de
la Parranda, como sigue siendo la indumentaria del Fiscal de Pesa o del Fiscal de
Bebida o los uniformes relucientes de mujeres policías.

Cuenta que, antiguamente, los pobladores del cercano vecindario Los
Cerritos, arrastraban más gente en la celebración de la Parranda, una cuestión muy
fuerte porque, tanto su tía como su abuela, eran sólidas de carácter y no dejaban
que nadie se impusiera por encima de su autoridad. Desde Los Cerritos venían
otras mujeres a provocar luchas, agitando una bandera de color blanco y rojo
dividida en dos mitades. El liderazgo que llamaba la atención lo asumía una dama
corpulenta que podía superar los dos metros de estatura. Betilencia era su nombre.
Ella, gritando en continuo manoteo entre los pobladores de Pantoja, se abría paso
en la calle Real. Irritada y con discursos toscos, terminaba en peleas. Entonces,
a los catorce años de edad, él vio los reclamos de la gente de Los Cerritos que
seguían con su Parranda tocando cuatro, marímbola y tobos en sustitución del
tambor. No había instrumentos de viento ni metales. Nos cuenta que se repitió y
se repitió la frase «Corea contra Japón» para referirse a los enfrentamientos que
existieron a mediados del siglo XX entre Los Cerritos y Pantoja: bandera contra
bandera, bando contra bando.

Mientras ese día las iglesias cristianas recuerdan a los niños muertos en Belén
por órdenes del rey Herodes, para impedir la llegada de Jesús de Nazaret, cada
28 de diciembre se celebra en Pantoja el triunfo del bien sobre el mal, con gran
sentido del humor y desnudando la palabra en su tono, sin cansancio de sueños ni
silencios, burlándose siempre, entre juegos, del poder público y de la autoridad de
antiguos amos y hacendados. Los mismos hacendados que sometieron al castigo
y a la esclavitud a los descendientes de africanos radicados aquí. Las mujeres
que saben pensar y sentir las sustancias de sus almas lideran todos los espacios
de la fiesta hasta la puesta del sol y, bajo los efectos contagiosos de los músicos,
precipitan la exaltación de la Parranda.

La casa de la Calle Real de Pantoja donde vive Carlos Manuel Piñango, es la
número setenta y uno. Bahareque, caña brava, tejas cuarteadas y otras partes de
zinc sobre el techo antiguo. Una sala, cocina, tres habitaciones y un baño cerca al
pequeño patio. Hacia el fondo pasa el río en su margen habitual. La ha habitado
desde niño con sus padres y otros familiares. Esta casa es tan antigua como la
Parranda, dice él.

Viven allí también un Dios todopoderoso y muchas imágenes de santos y de
héroes, en sagrada celebración, día tras día y rezo tras rezo. Pocos conocen el
significado del altar hacia donde nos conduce quien llegó al espiritismo en 1972,
después de sufrir un percance imborrable en su adolescencia. Estuvo en Sorte,
en el estado Yaracuy, y se hizo materia, y desarrolló una memoria que enlaza el
advenimiento de muchos seres sobrenaturales entre vigilias, luces y el humo del
tabaco. Aprendió de su madre, Jacinta Navas, en la misma casa de Pantoja, entre
esencias de plantas, prácticas de despojo y múltiples creencias. Cuando le llega un
espíritu, que es materia, lo recibe y se le eriza la piel. No siente nada. Queda como
en un sueño y pierde la memoria, pero solo es posible gracias a la otra persona que
está a su lado, reconocida como “el banco”. Es quien determina con quién hablar
y puede preguntarle ¿qué quiere hacer? ¿qué viene a hacer? Así, el espíritu logra
expresarse en «idioma indígena, inglés o patuá». Depende del lugar de donde
venga, termina explicándonos Carlos Manuel Piñango, para luego decirnos que
el espíritu más fuerte que ha recibido en toda su vida de espiritista ha sido el de
Simón Bolívar, el Padre de la Patria, que lo dejó inconsciente largo tiempo.

Prácticas dentro del reino espiritual de Carlos Manuel Piñango. Pantoja, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023.
Autor: Rafael Salvatore

La conversación se intensifica cuando descubrimos a otros practicantes del
mismo reino espiritual, con María Lionza siempre en lo más alto y constatando
todo el poder de la religiosidad que guía a muchos residentes de estas tierras
barloventeñas.

Héctor Sánchez Blanco: siento que el espiritismo es herencia indígena

Yo llego a este mundo para dar buenas referencias sobre el espiritismo.
Empecé como a los veinticinco años con una médium, quien me guió
en este camino. Fue mi mamá, Acacia Blanco. Ella me introdujo en el
universo espiritual: a transportarme, a llamar a los hermanos espíritus, como el
indio Guaicaipuro, y muchos más. Después me desarrollo con un maestro que
estaba en Pantoja, llamado Roque. Él también me inició en esta prueba de la vida,
a formarme a mí mismo, a convivir con todo nuestro sentimiento y a pronunciar las
palabras sagradas.

Héctor Sánchez Blanco, espiritista. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023.
Autor: Rafael Salvatore.

Mi mamá me instruyó en el uso del tabaco y otras cosas. Era muy devota de
María Lionza, y María Lionza la cubría mucho, como un escudo. Ella hablaba con
esta Reina de Sorte y ya sabía lo que venía. Mi madre era un “tronco” de espiritista.
Aquí llegaba gente de muchas partes a consultarse. Después que murió he hablado
espiritualmente con ella y le pongo su velita. En esta misma casa de Caucagua,
donde vivo, fue donde nació. Es la calle El Placer, número noventa. Yo siento que el
espiritismo es herencia indígena. Lo veo y lo tomo como una cosa muy grande, con
amor. Uno se inicia en esta religión y tiene que hacer el bien. Tiene que ser honrado
en todas las actuaciones de la vida, en todo lo que hace por la salud de la gente.
Hay un médium que habla a través de Dios todopoderoso. Ese Dios da
permiso para tener la habilidad de transportarnos, porque sin él no hay nada en
este mundo. Entonces ese médium, que está allí, pide la fuerza del espíritu que
entra en mi cajón, en mi cuerpo. Entra y yo lo recibo. Un espíritu me aseguró: «Tú
tienes esa fuerza sagrada y puedes curar». Luego, volvió a repetir, «puedes hacer
las cosas bien, porque eres de buen corazón». Entonces me dije: «Bueno, ya que
ustedes insisten vamos a ver», y fue cuando comencé en esto.

Yo puedo recibir un espíritu aquí sin que ustedes se den cuenta. ¿A quién
estoy invocando? A la Reina María Lionza para que ella dé permiso a sus
discípulos. ¿Cuáles son sus discípulos? El Indio Guaicaipuro y el Negro Felipe. Le
puedo pedir a ella que me de ese permiso, y puedo decirle al Indio Guaicaipuro lo
que considere más conveniente. Él baja de inmediato con su fuerza y la protección
de su Gran Corte.

Tengo setenta y tres años, y a esta edad también poseo la fortaleza y
protección de todos ellos. Me mantienen espiritualmente hasta que Dios quiera,
y por eso he curado a mucha gente, tanto en el plano divino como en el terrenal.
Yo saliendo de mi cuerpo y entrando a otro espacio a curar. Es un desdoble lo
que hago. Tengo muchas facultades que Dios no me ha quitado. De todos ellos
me gustan más los espíritus indígenas. Indios fuertes que estuvieron en guerras,
caminando, saltando, pero al misterioso Negro Pío Curandero, del que tanto se
habla por su tumba en el cementerio de Caucagua, no lo he trasladado a mi cuerpo.
Solamente un familiar mío lo ha hecho.

En casa de mi mamá éramos veinte materias y cada uno tenía su campo. Uno
trabajaba una noche, el otro la siguiente, y así nos turnábamos. Íbamos a Quebrada
Fofa y allí amanecíamos haciendo los trabajos espirituales. La misión que nos
indujo el Dios todopoderoso y María Lionza era quedarnos en estos ríos, donde
no había suciedad. Tengo materia espiritual de cosas buenas, porque no hay cosas
malas en mí, y el médium hace que se traslade un espíritu a mi cuerpo, como es el
caso de un indio norteamericano. Se llama Pluma Blanca.

Cuando se recibe un espíritu, uno se siente relajado, se siente bien, no se
siente rabioso; al contrario, se siente tranquilo porque va a consultar a personas
que buscan una cura, y por eso se les indica a los pacientes cómo se trabaja en
forma espiritual. La patrona es María Lionza, pero tengo a la Corte India, a la
Corte Africana, a la Corte Libertadora, a la Corte Chamarrera, a la Corte Vikinga.
Tengo seis Cortes y, entre ellas, está la Corte Calé con Ismael por delante. Ellos
son treinta y dos. Lo tengo a él allí porque me llamó la atención, pero muy poco
lo utilizo, ya que muchos de quienes lo invocan no lo hacen para dar luz, sino para
hacer maldad. Estoy preparado con Ismael y puedo cargar una pistola. Puedo hacer
esto o aquello, pero él verdaderamente no es así como algunos piensan. Cuando ha
bajado a mi materia, le dice a la persona: «Yo no lo mandé a usted a hacer esto: que
matara, que robara, que consumiera drogas». Siempre aconseja, pero, hoy día, las
nuevas generaciones no toman consejos. ¿Ustedes saben lo bonito y lo bello que es
estar en esto? Si la gente supiera lo hermoso que es practicar el espiritismo, todo el
mundo estaría feliz.

Jorge Canache Llamozas: en la calle La Línea ensalmo tres veces y también hago contras

uando hay culebrillas agarro la planta, saco el zumo puro, y lo ligo con
leche de coco. Leche que no tenga agua. Es bueno para la culebrilla,
aparte de los rezos que le hago al enfermo. En la calle La Línea ensalmo
tres veces y también hago contras, además de los depurativos con: Espanta
Mavita, el Bay-rum, la Tua Tua, la Sabinilla y el Cacaíto, que es bueno para los
riñones. El Bay-rum lo uso para meterlo en contras y hago rezos. Trabajo con el
Padre Nuestro, con el Credo y el Dios te Salve María. También uso la tapara para
hacer depurativos con piña, pepino y limón. Todo lo aprendí con mi mamá. Soy
Llamozas por parte de ella, quien nació en El Guapo, como yo, y llego aquí, a
Caucagua, a los cinco años. Ahora voy a cumplir ochenta, el día 2 de noviembre.
María Llamozas se llamaba mi madre, y mi padre Feliciano Canache. Tuve ocho
hermanos y trabajábamos la agricultura, mejor dicho, la sigo trabajando todavía.
Siembro yuca, ocumo, maíz, caraotas.

Jorge Canache Llamozas, músico, artesano y curandero. Sector La Línea.
Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore.

Aprendí a trabajar la caoba y con ella hice todas mis piezas de religiosidad,
excepto la Mano Poderosa, que es de cedro. En la hacienda San Rafael cortaban
maderas, especialmente las que tenían allí hasta veinte años y no se podían acumular
más. Era cuando trabajaba en aquella hacienda, pero aquí, en mi casa de la calle
La Línea, tengo todas las imágenes que yo mismo he fabricado. Tengo a San
Miguel Arcángel; el de la cruz, que es San Onofre; a San Juan, que tiene el dedo
para arriba; al Nazareno; a la Virgen del Rosario; a la Virgen de la Encarnación;
y al indio Guayamaría. Todas son mis tallas. También tengo a Juan Francisco
Villegas, conocido como “Juan Tabaco”; a Francisca Duarte, llamada “El Ánima de
Taguapire”; a Juan López Romero, y a la Virgen de la Piedrita, quienes están en la
parte de atrás. Ella aparece en pura piedra. Además, tallé a otros tres junticos, con las
manos largas, y cuando los terminé, me dije: «A estos les puedo dar un nombre como
que son de otro planeta». Esa es parte de mi imaginación.

Fui pescador. Pescaba en Higuerote y pescaba en el llano, por la parte
del estado Portuguesa. Lo hacía más en el río que en el mar. En el río pescaba
bagres, guabinas y corronchos. En el mar, solo lisas. En la Laguna de la Reina y
en Tacarigua se forman los criaderos de lisas y lebranches. La atarraya lisera tiene
los huecos más pequeños que la lebranchera. Fui albañil también, y construí tres
casas, pero ya no puedo hacer más porque estoy embromado de la columna. No
solo he sido pescador, carpintero y albañil, ¡además toco cuatro! Como músico
toqué largo tiempo, durante nueve años, aquí en Caucagua, con un grupo de Steel
Band. Un trinitario que llegó a Caucagua, llamado Basma Jordán, me enseñó. Yo
fabricaba los tambores de metal, y los tocaba. Los hacía con candela y una pequeña
mandarria; después llegaba Basma y empezaba a afinarlos. Hasta grabamos un
disco sencillo de 45 RPM. Basma Jordán vivía en Merecure. Yo tocaba un bajo
tenor de cinco pipotes. También había el bajo medio y el bajo alto. Llegué a
interpretar el bajo tenor, y Simeón Monges, junto a Ramón Vásquez y Basma
Jordán, los pianos del Steel Band. Eso alegraba a toda Caucagua, además de la
propia Parranda de los Santos Inocentes, que ahora usa trombones y trompetas.
Antes no; antes solo usaban tamboras y cuatros.

Pedro José Cambera López: aquí en Capaya usamos la culebra ciega

Yo también sé ensalmar, por lo menos a los muchachitos cuando tienen
un ataque de lombriz y cuando tienen composturas hacia las manos y
hacia los pies. Aprendí casi todo por medio de un padrino mío, y otra
parte la aprendí de forma natural. Ese padrino se llamaba Rosalino Sandoval, y
era ensalmador, y cosía composturas. Esas se cosen. Se agarra la medida de la
persona y, con una aguja, un hilo y un pedacito de tela, se va cosiendo y rezando
una oración para las composturas que no se pueden sobar. Así fui aprendiendo yo.
Aprendí a preparar un jarabe muy bueno para las mujeres que necesitan limpiarse
después de parir. Eso contiene varias plantas que se consiguen en los campos,
pero también otras que se compran como, por ejemplo, la alhucema, que es una
matica similar al comino, la canela y el clavito, porque la sábila no se compra, la
sábila la cultiva uno. Esa preparación también lleva papelón y aguardiente. Cuando
las mujeres no quedan embarazadas, preparo un jarabe que tiene historia. Es un
jarabe que han llevado muy lejos, a otros lugares. Se beben media botella y ya
están listas para embarazarse. Ese jarabe se somete a cocción por mucho tiempo,
porque todo el alcohol tiene que quemarse y concentrarse bien. Se cocina el
papelón y todas las plantas en un caldero. Después se baja del fuego, se le agrega el
aguardiente y, de nuevo, se pone en la candela.

Para sobar las composturas, aquí en Capaya usamos la culebra ciega. Esa es
una culebrita que tiene como dos cabezas y en una está la ponzoña. Se agarra, se
mete en una botella, después le echa aguardiente y ella muere allí. El aguardiente
se pone amarillito y con eso se soba a las personas para arreglar las composturas.

Yo también sé ensalmar, por lo menos a los muchachitos cuando tienen
un ataque de lombriz y cuando tienen composturas hacia las manos y
hacia los pies. Aprendí casi todo por medio de un padrino mío, y otra
parte la aprendí de forma natural. Ese padrino se llamaba Rosalino Sandoval, y
era ensalmador, y cosía composturas. Esas se cosen. Se agarra la medida de la
persona y, con una aguja, un hilo y un pedacito de tela, se va cosiendo y rezando
una oración para las composturas que no se pueden sobar. Así fui aprendiendo yo.
Aprendí a preparar un jarabe muy bueno para las mujeres que necesitan limpiarse
después de parir. Eso contiene varias plantas que se consiguen en los campos,
pero también otras que se compran como, por ejemplo, la alhucema, que es una
matica similar al comino, la canela y el clavito, porque la sábila no se compra, la
sábila la cultiva uno. Esa preparación también lleva papelón y aguardiente. Cuando
las mujeres no quedan embarazadas, preparo un jarabe que tiene historia. Es un
jarabe que han llevado muy lejos, a otros lugares. Se beben media botella y ya
están listas para embarazarse. Ese jarabe se somete a cocción por mucho tiempo,
porque todo el alcohol tiene que quemarse y concentrarse bien. Se cocina el
papelón y todas las plantas en un caldero. Después se baja del fuego, se le agrega el
aguardiente y, de nuevo, se pone en la candela.

Para sobar las composturas, aquí en Capaya usamos la culebra ciega. Esa es
una culebrita que tiene como dos cabezas y en una está la ponzoña. Se agarra, se
mete en una botella, después le echa aguardiente y ella muere allí. El aguardiente
se pone amarillito y con eso se soba a las personas para arreglar las composturas.

Pedro José Cambera López, curandero. Capaya, Edo. Bolivariano de Miranda, 2025. Autor: Arturo Paiva.

Esa culebrita tiene mucha fama. Sale en los
basureros y entre las haciendas de cacao. Hay que
tener gran cuidado al capturarlas vivas, porque dicen
que si llega a morder a una persona, no se salva.
En Capaya también hay ibuprofeno y
acetaminofén de mata. Eso lo preparo con Bay-
rum para los dolores musculares, la fiebre y el
dolor de cabeza. El ibuprofeno es como una hoja
de orégano orejón, pero yo también echo un
rezo y le entrego una oración a los enfermos. Son
oraciones secretas que se mantienen en el tiempo
para curar a las personas. Todos los que necesitan
mi ayuda la logran, especialmente curo a los niños
con lombrices. Preparo el pasote con el ajo. Siete
cogollos de pasote y siete granos de ajo, pero el
ajo no se pela, sino que se machuca y después se
mete en una botella con aguardiente, se pone al
sereno y al sol por siete días. A partir de allí se toma.
Aquí todo el tiempo han existido curanderos para
espantar lombrices.

Por estos lados hay curanderos de bastante
fama que sanan las mordidas de macaguas, unas
culebras muy venenosas. Ensalman a las personas
y le dan un contra que lleva varias clases de plantas,
además de ponerlos a dieta, porque a quien muerda
una macagua debe indicársele las cosas que no
puede comer. De los curanderos que conozco en
Capaya puedo citar a Anastasio Mata, quien vive en
la calle Juan Toribio. También hubo una señora que
residía en El Paredón, pero hace bastante tiempo
que murió. Su nombre Brígida Torres. En el Tamarindo está uno llamado Pablo
Martínez, que cura mordeduras de culebras. El Tamarindo es el lugar donde,
según cuenta la historia, llegó Simón Bolívar y guindó su hamaca. Unos dicen que
fue en la mata de tamarindo, y otros que fue en un árbol de samán. Eso es lo que
dice la gente.

Trabajo la agricultura. Siembro patilla, maíz, ñame, yuca, ocumo y matas de
aguacate. Aprendí la agricultura con mi papá, quien se llamaba Pedro Roberto
Cambera. Él murió hace dos años, y también fue comerciante como yo. Tuve seis
hermanos: cuatro varones y dos hembras, y para nacer yo aquí, en Capaya, buscaron
a una partera llamada Petra Toro. Ella también murió. La casa donde nací, el día 19
de mayo de 1957, estaba por los lados de Miramar, pero ya no existe.
Hay mucha gente que conocí, que ya ha muerto, y uno a veces las invoca. Eso
sucede cuando se cree en las ánimas, porque también trabajo con las ánimas. A
veces se invoca a una amistad y otras veces a un familiar, y puedes verlos como yo
los he visto: una persona vestida de blanco. Son las ánimas que están allí y pasan
muy rápido, pero no trabajo con las cosas malas, porque quien trabaja con las cosas
buenas, como yo, no tiene derecho a estar mal.

Chrispine Okello (Odour): el sacerdote africano que nació a la media noche

La elevación de frases sobre costumbres ancestrales, y esa mezcla entre el
sueño y la vida que hace posible el espiritismo en Barlovento, nos coloca
de una vez a la entrada de la casa parroquial que ocupa Chrispine Okello, el
sacerdote africano de Caucagua perteneciente a la congregación religiosa clerical la
Consolata, fundada en el año 1901 por el beato José Allamano, un misionero de la
diócesis de Turín, capital de Piamonte, en Italia.

Chrispine Okello, Misionero de la Consolata. Caucagua,Edo. Bolivariano de Miranda, 2023.
Autor: Rafael Salvatore.

Preguntamos al padre Okello sobre las prácticas de religiosidad popular tan
arraigada en la región, y responde que debajo del sentimiento de los pueblos
barloventeños hay mucho de lo que es el espiritismo, y también vínculos con las
culturas de África, pero nos recuerda que no debe malinterpretarse como una
celebración pagana más. Asegura Chrispine Okello que al principio no lo entendía, y
monseñor Tulio Ramírez, el Obispo de la diócesis correspondiente a Barlovento, le
hizo abrir los ojos. Entonces pudo comprender que, lo que se llegaba a mirar desde
afuera como folklórico, tenía detrás mucha religiosidad. Así logró encontrar cosas
nuevas y descubrir tanta belleza del reflejo afrodescendiente en distintos cultos
populares. Para él, la palabra de Dios no puede competir con la identidad de los
pueblos, es decir, que el anuncio del evangelio se hace desde la cultura, y sin salir de
la cultura afrodescendiente, como es el caso, porque muchas veces hay tendencias a
europeizar el evangelio y a confundirlo con culturas criollas. Por eso insiste en que
se debe entender que el evangelio de Jesús va con todas las culturas, sin quitarle a
ninguna sus altos rasgos de identidad.

—Un africano suena el tambor y está de pie —nos dice el padre Okello—,
entonces ¿por qué no ponemos el tambor dentro de la iglesia durante nuestras
celebraciones? El tambor habla, el tambor comunica, el tambor llora, y todo este
acontecimiento puede ofrecer en la liturgia una rica variedad de significados.
Chrispine Okello nació en la capital de Kenia, Nairobi. Su nombre proviene
de San Crispín, —mártir y patrono de los zapateros—, pero su verdadero nombre
africano es Odour, que quiere decir “noche”. Fue ese el que le pusieron en la
comarca donde nació, a medianoche. Luego, cuando lo llevan a la iglesia para
bautizarlo, lo reconocen como Chrispine, que es el nombre cristiano del predicador
y religioso limosnero que murió decapitado. Recuerda cómo, hacia la zona fronteriza
entre Uganda y Tanzania, a orillas del lago Victoria —que abarca tres países—,
cumplió sus estudios de primaria y pudo conocer allí a un misionero holandés
que influye mucho en su vocación, y que al mismo tiempo era sacerdote, médico,
profesor y albañil. Un hombre blanco europeo todoterreno, que aprendió el idioma
propio de esa parte de África y lo hablaba perfectamente para ayudar a la población.
«Quiero ser como él», era el deseo de Odour desde niño.

Estaba muy claro desde el principio que se convertiría en sacerdote y misionero
para poder trabajar en cualquier lugar del mundo. Se integra a la Consolata a
través de un tío que lo formó y por la influencia del religioso holandés, quien
tanta admiración le causaría. Cuando termina el bachillerato empieza a estudiar
filosofía en Nairobi, y después hizo un año de noviciado en otra ciudad llamada
Sagana, al pie sur del monte Kenia. De Sagana viaja a España para graduarse en
Teología Moral en la “Universidad Pontificia Comillas de la Compañía de Jesús”
en Madrid, en búsqueda de la justicia y la paz. En 1998 se ordena sacerdote en
España y permanece allí hasta el año 2005, fecha en la que intenta salir con destino a
Venezuela, pero no logra obtener el visado. Debe esperar casi un año en Italia por la
visa, que nunca llegó. Vuelve a África y trabaja seis años más entre Uganda y Kenia,
de donde parte finalmente hacia Venezuela en plena crisis de 2016.

Llega al barrio Carapita de Caracas y se desenvuelve en medio de los conflictos
de violencia y la escasez alimentaria característica de la época. Trata de entender el
proceso. Luego de Carapita, es destinado por tres años al estado Delta Amacuro, entre
la ciudad de Tucupita y los caños de Nabasanuka y Araguaimujo. En 2021, finalmente
lo envían a Caucagua como misionero de la Consolata, para propagar la palabra de
Dios entre quienes aún no conocen verdaderamente a Jesús y, sobre todo, entre los
más pobres, como lo establece la pastoral afro, teniendo en cuenta que la mayoría de
los misioneros de esta congregación provienen de África. Además de Caucagua, junto
a su equipo, le corresponde atender a las poblaciones de Panaquire, Tapipa y El Clavo,
y también de forma indirecta a Aragüita, El Café y Capaya, pertenecientes al Municipio
Acevedo del estado Bolivariano de Miranda. No todo ha sido fácil para el padre Okello,
quien es cura y misionero a la vez, y comienza a narrarnos su historia.

—El misionero no tiene nada de lo que pueda decir: «Esto es mío». Lo que
tiene es para la comunidad. Es un voto de pobreza, a diferencia de los sacerdotes
diocesanos, que atienden parroquias de gran extensión —nos cuenta el padre Okello,
quien ha servido en parroquias pequeñas y pobres, algunas de las cuales ni siquiera
pueden aportar la comida semanal para el cura—, y continúa narrando: ¿Quién de
la iglesia va a la periferia? El misionero religioso marca la diferencia. El diocesano
trabaja solo en las diócesis, en las grandes ciudades, y tiene a su jefe que es el
Obispo. El misionero lo que hace es aprender del pueblo, conocer cómo es, y desde
allí, poco a poco, a predicar la palabra sin imponer nada a nadie. Atrás quedó la mala
visión que impuso Europa desde el ciclo de la conquista. Ahora la iglesia se pregunta
«¿Qué hemos hecho?». En aquel tiempo, la idea del misionero era que todo el
mundo debía ser católico. «Sea lo que sea, hay que bautizar sin importar nada».
Simplemente tenían que tomar el evangelio. La visión de la misión ha cambiado.
Ahora lo que se está haciendo es insertarse en el pueblo para propagar o divulgar,
sin miedo, la palabra de Dios.

Este sacerdote y misionero nos recuerda que, cuando estaba en España, al
hablar de su continente africano, lo primero que le decían era que África resultaba
un lugar de hambre, pobreza y guerras. Era la manera de identificar a África, y
cuando el padre Okello les mostraba fotografías de las bellezas de Nairobi, le
respondían: «¡No!, eso no puede ser África, porque África es toda selva, todo seco,
toda pobreza y toda guerra», y a continuación le preguntaban: «¿Cómo puede haber
una ciudad en África con gente bien vestida y bien alimentada?».
Para el religioso, nacido en la capital de Kenia, está demasiado clara la
responsabilidad que tienen los medios de comunicación en el problema al mostrar
una imagen distorsionada de África.

—Yo creo que África tiene mucho que ofrecer y que ha ofrecido mucho.
Nosotros, como misioneros, intentamos siempre enfrentar la realidad y decimos:
«Bueno, sí hay pobreza, sí hay hambre, pero también existe la parte buena de
África», para que vean que es como cualquier otro continente. «Hay pobreza, hay
necesidad, hay pueblos en guerra, como en otras partes del mundo», y la gente
pueda tener una visión más clara. Intentamos en misas dominicales presentar a los
pueblos con sus verdaderas culturas. Lo hemos hecho sobre los cinco continentes.
Los domingos presentamos la situación del mundo, y la gente se sorprende de saber
cosas de África, o saber cosas de Asia, que no conocían. Es bueno para que perciban
la realidad. Ahora queremos cambiar un poquito. Además de trabajar lo nuestro, lo
afrodescendiente, se presente cómo son los pueblos indígenas aquí en Venezuela,
y en toda Latinoamérica, así como las condiciones del pueblo criollo. Todo eso
debe exponerse en la misa para que la gente comprenda lo que está pasando y no la
imagen que los medios de comunicación quieren que tengamos.

Por supuesto, no podemos terminar nuestra conversación sobre la pastoral afro
ni sobre la manera en que se fue aceptando a los sacerdotes del lejano continente en
Barlovento, sin citar el tema de los Bandos y Parrandas de los Santos Inocentes de
Caucagua, que la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia
y la Cultura, ha incluido en el registro de Buenas Prácticas de Salvaguardia en la
reciente sesión del patrimonio cultural inmaterial realizada en Botswana, país de
África meridional.

—Cuando yo llego a Barlovento, en mi primer año, al acercarse el 28 de diciembre,
me comentaron de forma alarmante: «Aléjate de Caucagua estos días. No te quedes
aquí, porque es un caos total». Fue lo que me dijeron, que no era una fiesta religiosa,
pero como era nuevo, me dije: «Quiero tener mi propia experiencia» y me quedé.
Celebré la misa ese día en honor a los Santos Inocentes. Fue una misa tan bonita,
tan organizada, tan participativa, y me pregunté: «¿Dónde está la parte caótica aquí,
como dicen?». Uno no puede censurarlos por las formas de festejar, y se puede ver
que dentro de todos ellos está Dios; tienen a Jesús, tienen a la iglesia, y en el momento
de la celebración eucarística, todo el mundo siente respeto y está concentrado. Eso
a mí me parece muy interesante, algo bueno. Desde aquel momento hasta hoy, los
he respaldado muchísimo. Realizo las misas de San Juan que también me decían que
era algo caótico. Apoyo la de los Santos Inocentes. Cuando uno ve a los Boleros así,
vestidos como demonios y todo eso, puedes juzgarlos negativamente, pero no se está
en lo cierto. Es como decir algo contrario sobre los Diablos Danzantes de Yare, que
rezan y respetan la eucaristía. Entonces, debemos comprender el verdadero sentido
de estas celebraciones, porque cuando se llega al entendimiento, es que se sabe que
hay que mantenerlo. Deben existir escritos sobre la fiesta de los Santos Inocentes para
que se incluyan en la catequesis. Hay que explicar a los niños para que entiendan lo
que estamos festejando, porque en la catequesis de aquí no tocamos esto, y entonces se
queda como algo fuera de la iglesia, pero no es así, es parte de ella.

Para mí, Caucagua es un pueblo con características particulares dentro del
municipio Acevedo y de Barlovento. Es un lugar más abierto, que ha recibido con
hospitalidad al mundo. Aquí hay nativos y descendientes de italianos, portugueses,
españoles, además de personas provenientes de otras partes de Europa. También
hay venezolanos de muchos sitios del país, quienes han contribuido a que Caucagua
tenga una mentalidad distinta que favorece el trabajo creativo. Caucagua fluye de
manera diferente.

De la iglesia de Okello al cementerio de Enrique Mijares

En el mundo imaginario que pudiera ser Caucagua, entre hálitos de
penumbras, uno siente el balanceo de incensarios en la iglesia a la que
tanto acude el pueblo. Hermoso templo. Allí es frecuente encontrarse
con la despedida definitiva de algún cristiano antes de pasar al cementerio, donde
hay árboles enormes y flores y llantos y ofrendas, y que es tan distintísimo a otros
camposantos de la región. Las tumbas, unas sobre otras, llevan la titularidad de
“apartacos”. Ese es el nombre que el enterrador Enrique Mijares nos refiere,
cuando observamos hasta cuatro niveles de construcciones improvisadas donde
se albergan cadáveres de generaciones diferentes, sepultados de tal manera,
chocando contra el aire. Pertenecen siempre a un mismo grupo familiar.

Enrique Mijares, sepulturero del Cementerio de Caucagua. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023.
Autor: Rafael Salvatore.

—Para enterrarlos así, deben ser de una misma familia. Allí está “El Guisarro”,
Luis Piñate (1996-2023). Ese era un muchacho, y está enterrado allí con una
altura de tres bloques, porque ahora las urnas vienen bajitas. Antes eran de
hierro y salían con copete. Ahora no. A él se le entierra sobre otra tumba y se le
pone bastante cemento para que no la jurunguen los profanadores, pues, por lo
general venden las cabezas y los huesos de los muertos. Eso se lo llevan para hacer
maldades. También usan tierra del mismo cementerio, pero uno no puede estar
nombrando a nadie. Es peligroso. Con la tierra de muertos se puede lograr que la
gente se vaya de las casas, y que huyan para no volver más.

Enrique Mijares vive en la zona de Legón, calle La Esperanza, número treinta
y cinco, y nos cuenta que es uno de los doce hermanos que antes vivían en Pantoja.
De ese grupo, dos se dedican al oficio de enterradores: él y Oswaldo Mijares.
Heredaron el arte mortuorio de su padre, Marcelino Mijares, quien fue celador del
cementerio de Caucagua.

—Un celador —nos explica Enrique— es quien se encarga de seleccionar el
lugar de la sepultura y de vigilarlo todo; pero un enterrador es quien abre la fosa y
entierra el cadáver. Ahí está la diferencia.

Yo nací en el año 1967, en un lugar llamado Agua Fría. Mi mamá se llamaba
Sofía, no me acuerdo del apellido, pero el de mi papá sí. Era Marcelino Mijares y
murió en el año 2002. Con él empecé a trabajar en este cementerio a los quince
años, como enterrador. Lo recuerdo mucho, porque además tenía sus secretos.
Cuando yo enterraba a un muerto, mi papá agarraba un puñito de tierra y se lo
echaba encima de la urna, antes de sepultarlo, para que después ese muerto no me
fuera a salir. El primer muerto lo enterré en el año 1988. Recuerdo que le hice
una fosa de un metro con setenta centímetros y le coloqué tres hileras de bloques,
que es la altura de una bóveda, pero para mí todos los muertos son iguales. Solo sé
diferenciarlos entre niños y adultos. Ya perdí la cuenta de cuántos he enterrado.

—¿Y los muertos salen? —le pregunto a Enrique Mijares.

—Creo que no, porque si salieran no los robaran. Les roban el material de las
tumbas. Los muertos no salen. Los que salen son los vivos, que además aparecen
en la noche cuando está cerrado el cementerio. De noche no estoy, solo de día, y
aquí gano lo que hago: cuarenta y cinco dólares por abrir una fosa. Eso es lo que
yo cobro por la mano de obra para enterrar a un muerto. Todas las semanas, por lo
menos, hay un difunto que recibe sepultura, y muchas veces más de uno. Cada día
hay más trabajo y lo hago por adelantado. Ahora estoy abriendo una fosa que estará
lista para el próximo que la necesite —nos dice mientras continúa su labor.
Enrique cuenta que en este cementerio de Caucagua hay tumbas de gran
fama, y que a algunos de los difuntos allí enterrados les celebran su día con salsa
o vallenato, según el gusto musical de cada quien. A otros les ponen tortas y les
cantan y les tocan tambores, pero entre los más extraños está el caso del Negro
Pío Curandero. Tiene su capilla techada, y dentro de la capilla dos túmulos
muy antiguos, una gran cruz vestida con un paltó gris, y en el bolsillo inferior
derecho del viejo traje se ve escondida una botella de aguardiente. Al frente,
la placa de mármol con letras doradas donde se lee: «Negro Pío Curandero».
Muchos confunden ese nombre, Negro Pío, con el citado por Augusto Mijares en
su conocida obra “El Libertador”, cuando Simón Bolívar estuvo a punto de ser
asesinado en Jamaica:

«Un negro llamado Pío, asistente y protegido suyo, apuñaló de muerte al
patriota José Félix Amestoy que había ido a recibir órdenes de Bolívar, y, mientras
lo esperaba, se quedó dormido en la hamaca que solía ocupar el Libertador. Por
un disgusto con su patrona, éste no fue a dormir esa noche a la posada, y solo
por esta coincidencia salvó la vida. Según el realista Level de Goda, Fiscal de la
Real Audiencia de Caracas, el asesino había sido contratado por Morillo con un
catalán, a quien pagó 5.000 pesos».

Debió ocurrir un 10 de diciembre del año 1815 en la ciudad de Kingston «en
la esquina de las calles Princess y Tower». Según el Diccionario de Historia de
Venezuela, Pío fue ahorcado el 23 de diciembre de 1815 en la plaza pública de
Kingston. Un intento más de asesinato al Libertador. Curiosamente, en tiendas
de asuntos religiosos en Caucagua, circulan imágenes y oraciones con una extraña
forma de interpretar el suceso, no en Jamaica, sino en Haití, y no como asesino,
el Negro Pío, sino como salvador de Simón Bolívar,
pero no deben relacionarse estos hechos con el Negro
Pío Curandero, de quien nos dicen que, efectivamente,
era originario del sector la Colonia de Caucagua, y era
curandero y rezandero. También sabía ensalmar y coser
composturas.

Oración al Negro Pio

¡Oh! Negro Pio, así como con tu
habilidad milagrosa salvaste al
Libertador en Haití la tenebrosa
noche en que lo iban a asesinar,
así mismo te suplicamos que nos
libres de los enemigos ocultos y
que les disipes las malas ideas
que tengan contra mí en el espacio infinito.
Hoy te ruego me concedas este favor…

Amén

Otro caso similar es el de la llamada Negra
Francisca. Su nombre resuena por todos lados como el
de un ser de gran dominio, considerando sin pasiones alma y cuerpo, esperanzas
y conciencia de existir serenamente. Leemos en una vieja placa de mármol, junto
a la capilla que le están reconstruyendo por órdenes del alcalde: «Homenaje a
Francisca Bermúdez». Es la única señal de una mujer afrodescendiente que está
sepultada allí y que recibe constantes reconocimientos frente a su tumba, en medio
de tradiciones desconocidas por la mayoría de los pobladores de Caucagua. A
diferencia del Negro Pío Curandero, sobre la Negra Francisca si existen datos
de origen. Nació en el Caserío Santa Lucía el 25 de marzo de 1875. Vivió en el
Caserío Mendoza de Caucagua, donde trabajaría en haciendas de cacao, dedicada
a hacer partos y curaciones, hasta el día de su muerte en la propia población de
Caucagua, el 8 de septiembre de 1951. A ella le dedican esta oración:

Oración a la Negra Francisca

En ti está mi pensamiento y
absorta contemplándote mi
alma, ilumina mi entendimiento.
A mis pasiones dales dulce
calma, de cuanto te ofendí, ya
me arrepiento y presento ante ti.
¡Misericordia, Oh Negra Francisca!
¡Misericordia!
Amén
Padrenuestro y Avemaría
Quema mi desahumerio y usa
mi esencia como despojo.

Finalmente, Enrique Mijares nos narra que en este cementerio de angustias
y alegrías están enterrados su padre, Marcelino Mijares, y uno de sus hermanos.
Dice que esas tumban quedan a la entrada de la capilla, debajo de una mata de
mango, y que también, cerca de la entrada, están la del Negro Pío Curandero y la
de la Negra Francisca, «Junto a un palo pintado que tiene muchísimas flores rojas»,
debe ser el extravagante árbol de flamboyán, sobriamente multicolor, con su verde
ramaje bajo el azul del cielo y la luz directa del sol.

Pedro Rafael Bermúdez: el nieto de la Negra Francisca

Cercana a la población de Santa María de Ipire, en el estado Guárico, surge
la leyenda de la famosa Francisca Duarte, mejor conocida como el “Ánima
de Taguapire”, quien fue sepultada bajo la sombra de un árbol señalado
con ese nombre en el alto Apure, pero que también se le conoce por “orore”, una
voz de origen cumanagoto usada en la región central del país, así como recibe en
Caracas la denominación de “piquigua”, y en los estados occidentales, “paují”
y “yacure”. En resumen, junto al viejo arbusto de flores blancas y rara especie
reposan los restos de María Francisca Duarte, más conocida como la Negra
Francisca “Pancha” Duarte o Ánima de Taguapire, y a quien se venera en su tumba
desde el siglo XIX como esencia inmaterial que cumple promesas a quien se las
solicite. Tiene fama en todo el país, y eso lo sabe muy bien Pedro Rafael Bermúdez,
quien nos pide en esta entrevista no confundir el nombre de su abuela Francisca
65Bermúdez, la Negra Francisca, con el de Francisca Duarte, también apodada
la Negra Francisca en todo el llano, aun cuando, en la historia de vida de ambas
mujeres, la generosidad humana y los conocimientos ancestrales las llevaron a
socorrer a muchos de sus semejantes en distintas circunstancias.

Pedro Rafael Bermúdez: el nieto de la Negra Francisca.
Fundación Centro de la Diversidad Cultural, Caracas, 2024. Autor: Rafael Salvatore.

A diferencia del Ánima de Taguapire, la Negra Francisca Bermúdez está
sepultada en Caucagua, y también bajo un gigantesco árbol, pero en este caso de
acacias, de flores grandes y vistosas de cinco pétalos y color escarlata. A esta especie
vegetal, además se le conoce como flamboyán, “malinche” o “árbol de fuego”, y se
presume que es oriunda de Madagascar, otro de los antiguos enclaves del comercio
de esclavos, situado frente a la costa sureste de África, desde donde llega a la tierra
caliente venezolana. Pedro Rafael Bermúdez nace en el año 1945, y cuando su
abuela muere, el 8 de septiembre de 1951, él contaba con seis años, pero nos
describe de manera límpida la escena del día del velorio, cerca del sector La Colonia,
y algo más sobre el culto a su principio de vida.

—Fue un velorio normal, al que asistieron muchas personas en la calle Palmarito
número seis. Allí, justamente, está ubicado el terreno de la Negra Francisca. ¡Murió
la Negra Francisca!, decían. Cuando fallece mi abuela, como el caserío Mendoza
estaba muy cerca, y en ese lugar le debían muchos favores, la gente se fue trasladando
y trasladando, y al proceder a sepultarla, a las cuatro de la tarde, había cantidades de
personas alrededor de su cuerpo. Eso lo recuerdo perfectamente. Apenas tenía seis
años, pero a lo largo del tiempo siempre hablaba con mi mamá de la abuela Francisca.
Mi mamá hacía coronas de flores con papel crepé para llevarlas como ofrendas
a la abuela en el cementerio. Uno llegaba allí, y lo que más llamaba la atención era
la cantidad de gente que se acerca a la tumba de ella. Pasa el tiempo y recuerdo
que un buen día le pregunto a uno de los sepultureros: «¿Por qué siempre hay
tanta gente junto a la tumba de mi abuela?». Me responde: «Mira, no sé cómo
explicártelo, pero esa tumba siempre permanece con mucha gente a su alrededor».
Yo le hacía comentarios sobre esto a mi mamá, pero para decirlo en el argot
popular, “no me paraba”. Un buen día regreso, y le vuelvo a preguntar al mismo
sepulturero, pero esta vez su respuesta fue: «Mira Bermúdez, yo creo que ustedes
perdieron ese cadáver». Asombrado le digo «¿¡Cómo que perdieron ese cadáver,
si esa es mi abuela!?”, entonces repite «Sí, creo que perdieron ese cadáver, por
lo que vengo observando». También me llamaba la atención que veía muchos
obsequios sobre su tumba, esos que le dicen “recuerditos”. Descubrí que a ella le
pedían milagros y se los concedía a las personas creyentes. Dejaban muñequitos,
pulseras, zarcillos y muchas cosas. Se los llevaban en señal de gratificación.
En otra oportunidad que regreso al cementerio, veo muchas personas
alrededor de la tumba. Estoy hablando de unas quince, aproximadamente. Me
acerco y les digo: «Buenas tardes, yo soy el nieto de la Negra Francisca. Mi nombre
es Pedro Rafael Bermúdez. ¿Me pueden decir ustedes qué hacen aquí?». Una
señora responde: «Ay hijo, gran gusto en conocerlo, porque usted tuvo una abuela
que fue un amor sincero. Lo que uno le pide, ella lo concede». Me despierta
curiosidad aquella confidencia, y aún más cuando la señora agrega: «Quédese
un momentico, que en diez minutos el espíritu de la Negra Francisca va a bajar,
quédese para que hable con su abuela». ¡Aquello me causó miedo y me fui! No
esperé que bajara el espíritu, y al llegar a casa se lo comento a mi mamá.

—Amigo Pedro, nos puede hablar de los recuerdos de niño cuando su abuela
estaba viva ¿en qué lugar nació? ¿cómo transcurre su vida? ¿cuál fue su oficio?

—Ella nació en Santa Lucía, el 25 de marzo de 1875, fecha que coincide con
el culto a la Virgen de la Encarnación que es nuestra patrona. O sea, cumple ciento
cincuenta años de haber llegado al mundo, en 2025, y como ya le dije, muere el 8
de septiembre de 1951. Vea usted que el 8 de septiembre es el día de la Virgen del
Valle. Son dos fechas importantes para las vírgenes. Es pura coincidencia.
De Santa Lucía donde nace, muy joven se va al caserío Mendoza. Como era
campesina, se ambienta en Mendoza y hace lo mismo que el resto de la gente, que era
recoger plátanos y cacao en una hacienda. Agarraba un anzuelo, se iba al río y sacaba
dos o tres pescaditos para comer. Allí, en Mendoza, levanta una familia compuesta
por su hija Antonia Bermúdez, quien tuvo diez hijos; su otra hija Catalina Bermúdez,
que tuvo uno; y Amelia Bermúdez, que es mi mamá, y quien tuvo cuatro hijos. Aparte
de ellas tres, tuvo un varón llamado Nereo, que ya murió. Recuerdo haberlo conocido
en el velorio de mi abuela, en 1951, pero con él no tuve contacto, a diferencia de la
relación con mis tías Antonia y Catalina, y con mi mamá Amelia, que fueron mis más
cercanos vínculos familiares, además de la abuela Francisca.

Imagen de la Negra Francisca en el Cementerio de Caucagua.
Caucagua, estado Bolivariano de Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore.

Como le decía, mi abuela hace su familia en Mendoza, pero hay que recordar que la
gente campesina, la gente de Barlovento, es muy fiestera, y a ella le gustaba el tambor,
el tambor mina, la fulía que se canta el 3 Imagen de la Negra Francisca en el
Cementerio de de mayo, que es el día de la Santísima Cruz. Ella siempre estaba en el
ambiente Caucagua. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, cultural, pero los años
no pasan en vano, y al comenzar a padecer enfermedades decide mudarse a
Caucagua, a la calle Palmarito, y allí nos vinimos todos. En Mendoza fue muy
popular, porque se convirtió en partera, y entonces las mujeres embarazadas, a
punto de parir, que no tenían como trasladarse a Caucagua, la llamaban. Eso le fue
proporcionando mucho auge dentro de las poblaciones de los diferentes caseríos.
Otras veces, llevaban a la casa a los niños con mal de ojo y mi abuela agarraba dos
o tres montes y los ensalmaba. El niño se iba recuperado.

Por cierto, cuando uno nacía con una partera, normalmente se acostumbraba
a decirle “mamá”. De tal manera que, cuando yo nací, a mi mamá la parteó una
señora a quien llamaban “Maracucha”, y por eso yo tenía dos mamás: la mamá
que me parió y la Maracucha que me parteó. Entonces, póngase a pensar cuántos
hijos tenía mi abuela Francisca, quien parteó a cualquier cantidad de mujeres. Le
decían mamá, pero no solo en Mendoza, sino también en varios caseríos como
El Peñón, Las Mercedes, La Boca, y en muchos otros lugares donde se corrió el
rumor de que era partera de fama. Si salía una mujer embarazada, en cualquier
sitio, hacían contacto con mi abuela, quien se trasladaba a las localidades para
ayudar en el parto. Eso trajo como resultado que se hiciera tan popular en la zona,
hasta que enfermó y se va a Caucagua, a esa calle Palmarito, que queda bajando por
La Colonia, a la casa de mi tía Catalina. Se queda allí hasta aquel 8 de septiembre
de 1951, cuando fallece de una obstrucción intestinal, y es sepultada en el mismo
sitio donde está hoy.

—Ahora vamos a hablar de usted, del nieto de la Negra Francisca que ya llega
a los ochenta años de edad, de los cuales gran parte los ha pasado en Caracas.
Hablemos de su vida.

—Yo también nací en Mendoza, como mis tías y mi mamá Rosa Amalia
Bermúdez. Nosotros éramos cuatro hermanos: tres varones y una hembra. Manuel
Bermúdez y Marcolina Bermúdez, ya fallecieron. Quedamos vivos Carlos Bermúdez
y yo. Carlos vive en Tacarigua de Mamporal. Me casé y tuve cuatro hijos en el
matrimonio, cuatro varones. El mayor se llama Pedro Bermúdez, después viene
Richard, y le siguen Robert y Ronald. Fuera del matrimonio, antes de casarme, tuve
un varón y una hembra. A ese varón, llamado Orángel Bermúdez, lo mataron en el
terminal de Caucagua cuando le dispararon en la cabeza con una pistola. Eso fue
hace catorce años. La hembra si vive, ella es Luisa Amelia Bermúdez.

De Caucagua, donde me residencié, en la misma casa de la Negra Francisca,
me vine a Caracas y llevo más de cincuenta años en esta ciudad. Como dije, nací
en Mendoza, donde adoramos al Corazón de Jesús, y allí empecé a estudiar, pero
al pasar a tercer grado ya no había más colegio donde seguir estudiando. No era
fácil. En Mendoza teníamos que levantarnos muy temprano para atravesar el
río, y muchas veces uno tenía que quitarse los pantalones para lograr cruzarlo.
Ese es el río Caucagua, Río Grande le dicen algunos, y la escuela en el caserío
estaba al otro lado de la orilla. Tenía por nombre “José María Carreño”, y creo
que todavía se llama así. Después de terminar la primaria, en Caucagua sigo los
estudios de bachillerato y finalmente los culmino en el “Liceo Andrés Bello” de
Caracas. Me incorporo al INCE y me gradúo de contador. Además, estudio en la
Universidad Santa María y en la Universidad Central de Venezuela, donde sigo
la carrera de Administración. Posteriormente, trabajo en muchas instituciones
públicas y privadas, hasta que me acojo a la jubilación, pero ya había conseguido
un apartamento propio en El Valle, en el sector Longaray. Allí nacieron todos
los hijos del matrimonio con mi señora esposa de apellido Chan. Mi padre se
llamó Pedro Mejías. Nace en Río Chico y muere en el año 1969. Él también está
enterrado en Caucagua. Luchó contra el General Marcos Pérez Jiménez, y cuando
se corrían rumores de que lo iban a meter preso, los amigos le avisaban y se
escondía. Nunca lo pudieron capturar.

—Volvamos al caso de la Negra Francisca. ¿Cuál es la situación actual de sus
seguidores y devotos?

—La verdad es que no sé cómo dan con mi número de teléfono. Me llamaron a
Caracas y comenzó todo ese movimiento con la familia Bermúdez, que prosiguió
en una reunión en Caucagua, y a la que asistieron más de cien personas de todas
partes. Incluso con presencia del Alcalde, porque se decía que iban a trasladar
los restos de mi abuela a la entrada del cementerio, y no era así, lo que deseaba
el Alcalde era remodelar la capilla donde veneran a la Negra Francisca, siempre
y cuando la familia Bermúdez lo aceptara. Y es lo que se está haciendo. Antes
de ir a la reunión llamé a mis primos, porque por parte de mi abuela, en este
momento, somos cuatro los nietos que quedamos con vida. Hice contacto con
ellos y con otros familiares, y todos coincidimos en que no se debían trasladar los
restos de mi abuela a la entrada del cementerio, pero si estábamos de acuerdo en
que se remodelara la capilla. Fui a la reunión y llevé fotos de mi abuela y de mi
mamá, Amelia Bermúdez, así como de mis tías Catalina y Antonia, quienes fueron
las únicas hijas de la Negra Francisca. La gente quedó encantadísima. Había
personas de Caucagua, de Guarenas, de Guatire, de Los Teques, de Caracas, y de
muchas otras partes. Ellos se presentaron allí porque son practicantes de diversas
orientaciones religiosas.

En esa reunión se levantó una muchacha que tenía una enfermedad llamada
enfisema pulmonar, que le estaba dañando las vías respiratorias, y dejó testimonio
sobre algo que había sucedido después que se traslada a la tumba de mi abuela para
pedirle ayuda con mucha fe. Como sabemos, la fe mueve montañas. Ella explicó
que estaba completamente desahuciada por los médicos, no podía respirar bien
y se sentía muy mal de salud. Contó que era muy joven y no deseaba morir, y es
allí cuando empieza a pedirle ayuda a mi abuela, y el caso es que, de la noche a la
mañana, se fue sintiendo mejor y comenzó a respirar sin ningún tipo de dificultad.
Cuando asiste a su cita en el hospital, manifiesta que se siente bien y el médico
queda sorprendido. Le cuenta sobre la Negra Francisca, quien murió hace mucho
tiempo, y que llegó hasta su tumba a pedirle ayuda para mejorar, ¡y mejoró!
Justamente, la Negra Francisca le concedió lo que estaba pidiendo. Yo no sabía
eso, y le voy a ser sincero. A pesar de que vengo escuchando todo lo que concede
mi abuela, y que no soy apegado a esas cosas, ahora estoy pensando diferente.

Padezco de una enfermedad llamada glaucoma, en el único ojo que me queda, ya
que hace tiempo perdí el otro, el izquierdo, por un infarto ocular, y nunca hice
hincapié en pedirle algo a mi abuela. Ahora, después de regresar de esa reunión
con los espiritistas en Caucagua, lo estoy considerando. He decidido apegarme a la
fe, pidiéndole también a mi abuela para que me ayude a recuperar la visión.
Luego de conversar por un par de horas con Pedro Rafael Bermúdez, el nieto
de la Negra Francisca, y escuchar esas palabras que salen de un alma envuelta en
certezas, al despedirnos quedo analizando lo arraigado que aún se mantiene, en
muchos lugares del país y, particularmente, en Barlovento, la relación con el espíritu
de seres que resultaron excepcionales en sus vidas, y a quienes, después de fallecer,
se les implora ayuda para que sean intermediarios ante Dios y logren la realización de
milagros. Me detengo a pensar que hoy, 14 de octubre de 2024, fecha en que realizo
esta entrevista, ha sido un buen día. Es lunes, y casualmente coincide con la tradición
de rezar a las ánimas benditas, una práctica introducida en estas tierras por la propia
iglesia católica, llegándose a crear, incluso, cofradías de ánimas con un profundo
espíritu devocional, además de la necesidad de ofrecer acciones piadosas para la
obtención de logros en las súplicas. Me pregunto si el caso de la Negra Francisca,
enterrada bajo el árbol de flamboyán, aquí en Barlovento, o el de la otra Negra
Francisca, sepultada bajo el árbol de Taguapire en Guárico, tienen que ver con todo
esto o si existe algo más profundo bajo el concepto que se asume del espiritismo.

Petra Adelaida Abache: cuando una mujer está pariendo tiene un pie en la calle y otro pie en el cementerio

Petra Adelaida Abache, partera. Sector La Línea, Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2024.
Autor: Rafael Salvatore.

De tantas cosas que viví, a la hora de contar, se me olvidan algunas, pero no
se borra de mi mente el día que me hicieron el primer parto. Yo estaba
en el campo, el río crecido, con esa quebrada llena de agua como nunca y
entonces me pregunto: «¿Cómo vamos a salir de aquí?». Estaba en una hacienda, al
otro lado del río Tuy, con la abuela de mi hija, porque ya sabía lo que iba a ocurrir.
En un momento le digo «Me siento como movida». Ella me toca y afirma: «Eso es
parto. Vamos a montarte en una hamaca y a salir de aquí en una canoa». Realmente
pensé en lo peor y le respondo «¡Ay! ¿y si me ahogo?», pero ella insiste, «Venga,
porque la hamaca está lista, y la canoa también». Me monto y al tocarme la barriga
le digo a todos: «Se me quedó la carterita con los realitos, las cosas, las llaves». Me
levanto para buscarlas y al ponerme de pie, siento un gran malestar. Era que estaba
dando a luz, y allí solo me acompañaba mi suegra con varios hombres gritando
impresionados: «¡Esa muchacha lo que está es pariendo!». Y en realidad estaba
dando a luz. Mi suegra agarró alcohol, la tijerita y otras cosas, y yo viendo cuando
me limpió. Amarra y dice «Está listo. Váyase cada quién para su casa, que ya la
muchacha dio a luz». Allí mismo, me puso a soplar un frasco y de inmediato boté la
placenta y listo. Así fue mi primera experiencia con un parto, y de aquello aprendí
para el resto de mi vida.

El testimonio de Petra Adelaida Abache, más conocida como “Petrica”,
quien nació el 16 de diciembre de 1957, lo obtenemos en el sector La Línea
de Caucagua, casa número nueve. Ella es una de tantas mujeres que saben
partear entre gente de pueblo. Es morena, menuda de cuerpo, de visible aspecto
afrodescendiente y rostro humilde. Como muchas otras, vivió damnificada y
su anterior hogar, en Los Silos, lo levanta en lejanos tiempos sobre un terreno
inestable y movedizo, cuando colindaba con el famoso barrio Ciudad Tablitas. Por
su estado de pobreza pensaron llevarla a vivir en una escuela con sus niños, pero
ella se opuso y logra acceder a una nueva vivienda en el sector La Línea, donde
ahora reside rodeada de familia y amistades. Nos dice que trabajó en la cocina del
Bar Restaurante Brito, donde hacía todo tipo de comidas, mientras en el hogar
dejaba a sus hijos con Dios. Era su medio de sustento. Concibió siete hijos, de los
cuales solo uno nació en el hospital. Los demás, en las manos de las madres del
pueblo que son parteras como ella, y quienes merecen trato respetuoso al conocer
prácticas de la medicina ancestral para salvar vidas. Saben bien que muchas
madres tienen dificultades para ubicarse a tiempo en un centro de salud, ya sea por
barreras de límites geográficos o de otra índole, y allí están ellas, solidarias, con
sus conocimientos para traer nuevas criaturas a este mundo. Son heroínas. Se les
conoce también como comadronas, que vienen a ser las que generalmente actúan
en el entorno del parto, dentro del propio hogar de la mujer embarazada, o en
algún sitio cualquiera donde resulte indispensable su presencia.

Curiosamente, el mismo año 2023, cuando los Bandos y Parrandas de los
Santos Inocentes de Caucagua eran reconocidos por la Unesco como un ejemplo
de Buenas Prácticas de Salvaguardia, la misma instancia multilateral ingresó
a su Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la “Partería:
conocimientos, habilidades y prácticas”, al formar parte, en varias regiones
del mundo, de una tarea necesaria para garantizar el bienestar de diversas
comunidades humanas. América Latina no es la excepción, y aquí, en Venezuela,
existe una larga historia que contar sobre el tema que se ha transmitido de
generación en generación, de un siglo a otro, y del cual Caucagua también es sitio
de referencia. Como muestra, aquí surge el testimonio de Petra Adelaida Abache,
sus conocimientos de la enseñanza oral y sus métodos de observación.

—Hubo un día en que me acuesto a dormir y la vecina me toca la puerta:
«Petrica, que te apures, que esta muchacha está dando a luz». Le digo que mejor
la lleven al hospital, y entonces me responde que no, que la muchacha quería que
fuera yo quien le hiciera el parto. Cuando llegó allá, que la toco, le digo que sí,
que eso es parto. En ese momento alguien le dice: «Acomódese amiga, que la
doctora la va a partear». Todos ríen. Yo la acomodo y le aclaro que va a dar a luz, y
le pregunto el por qué no fue al hospital. Responde que no, porque le daba miedo,
y además quería que fuera yo quien lo hiciera. La parteo, le mido al muchachito, le
amarro el cordón y le indico que voy a buscar a una enfermera, porque yo no soy
enfermera. Ella me contesta: «Mire, déjese de tonterías, ya usted hizo el parto y ya
amarró, así que corte el ombligo». Corté el ombligo, pero insisto en que debe ir al
hospital, porque yo no soy doctora, no soy nada, y no vaya a ser que se quedara algo
dentro de su cuerpo. Le pido a un señor que acomode sus cosas para no ensuciarle
el carro y la mando para el hospital. Para mi sorpresa, la verdadera doctora exige
que me llamen y yo pienso: «¡Ay Dios mío, me metí en un problema!». Ella me
dice que no me asuste, que me mandó a llamar para felicitarme, que tengo una
mano buena y que hice las cosas bien.

Después ocurrió con mi hija Carla. Me dice: «Mamá, la broma viene», y le pido
que se recueste. Ella se agarra del muro de la cocina, porque ya estaba pariendo.

Cuando le puse la mano abajo, el niño salía. Lo agarré y se lo doy al hermano que
estaba con nosotras. Le digo «Agarre y quédese sentado, que ya yo vengo». Salgo
corriendo hacia la casa de la vecina, que es enfermera, y le grito que mi hija dio a
luz. Que me ayudara porque se podía desangrar, pero en realidad eran mis nervios.
Ella, al verla, me dice que ya yo había dejado al muchachito listo, y que la mamá
estaba bien. Es entonces cuando embojoto al niño y le pido a mi hija que sople la
botella. Sopló y botó todo eso. Así hice partos a muchas otras mujeres, pero ya
estoy vieja y no puedo inventar.

Algo tan conocido desde la antigüedad en muchos pueblos del mundo, como lo
es el mal de ojo no está ausente a la hora del nacimiento de un niño o niña. También
se le dice “maldeojao” y presenta características similares en todo el mundo, al
relacionarse con la mirada de una persona y su capacidad de hacer daño, hechizar
con su fuerza interior y producir enfermedades. Se dice que la envidia origina el mal
de ojo. Para alejarlo hay conjuros, rezos y preparación de talismanes. Al abordar el
tema del parto con Petrica Abache, y relacionarlo a este asunto, nos responde.

—Antes morían muchos niños en momentos de parto o después que perdían
el ombligo, ahora no, por eso uno se encomienda al Señor y le reza para que la
personas salga con bien, además de la agüita que se prepara, como, por ejemplo,
con hierbabuena, que ayuda mucho, antes y después del parto, para que salga
rápido el muchacho y tenga salud junto a su madre. Como le dije, es un peligro,
porque se está entre la vida y la muerte. Cuando una mujer está pariendo tiene un
pie en la calle y un pie en el cementerio. Antes se les hacía resguardo a los niños
para que no les cayera el mal de ojo. O sea, con el ombliguito se le preparaba
una cuestión, se hacían cruces para ponérsela a los niños, piedras de azabache,
y hasta una maraquita. Se les colocaba para que no fueran víctimas de ese mal.
Se entierra la placenta al dar a luz, pero el ombligo no. El ombligo uno lo puede
guardar. Yo tengo el ombligo de esos muchachitos que han nacido en mis manos.
Los tengo guardados, enrollados en medias, sequitos, porque los niños que llegan
a mis manos lo botan rápido con el alcohol absoluto que les coloco. Yo curo el
ombliguito y lo seco, y a los cuatro días está rojito para caerse.

Recuerdo la vez que una niña llega corriendo y gritando hasta mi casa:
«Vecina, a mi mamá le dio algo. Ella está embarazada, pero le dio algo y la están
llamando». Entonces le hice el parto. Resultó una muchachita, que es mi hija de
parto. Sus padres me pidieron que la bautizara, pero les dije que no, porque era
mi hija de parto. Les propuse que mi esposo fuera su padrino, y así ocurrió. Él la
bautiza. ¡Caramba, son experiencias de las que a uno le gusta hablar con la gente!
Tengo muchos ahijados. He sido madrina de agua, y también de bautizo, además
de madrina de parto. Cuando la gente me daba al niño para bautizarlo, yo lo
aceptaba, lo recibía con gusto. Mis ahijados, que como digo son muchos, siempre
me ven con gran respeto. Los varones me besan la mano, igual que a su mamá, y yo
les respondo: «Dios me lo bendiga». Todos ellos guardan gran respeto hacia mí,
y mis comadres, que son sus madres, me ven también con gran aprecio, porque
uno tiene deberes. Hay una comadre que murió, pero el hijo siempre me manda
a decir: «Denle saludos a mi madrina y a mi padrino». Muere mi comadre, pero el
muchacho siempre queda allí. Yo lo ayudaba con lo que podía. No voy a decir que
le daba villas y castillos, pero algo se le daba. Ahora, ese ahijado trabaja, porque ya
es un hombre, y busca la manera de obsequiarle algo a la vieja Petra, que soy yo. La
vida es así.

Los emprendimientos funerarios de Giomar “Bemba” Pérez

Giomar “Bemba” Pérez, Gerente funerario. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023.
Autor: Rafael Salvatore.

Cuando le preguntamos por su familia a Giomar Candelario Pérez, conocido
afectuosamente como “Bemba”, nos dijo que su mamá, María Magdalena
Pérez, lo había parido en el “Hospital Hermógenes Rivero Saldivia” de
Caucagua hace sesenta y tres años, y que su papá, Ricardo López, era natural de
Paparo, correspondiente a la región de Río Chico. Ambos fallecidos. Sin embargo,
un tema que despertó gran curiosidad fue descubrir que, concebidos por parte
de padre y madre, fueron seis hermanos, pero —y lo cuenta sin temores— su papá
engendró más de cincuenta hijos con distintas parejas.

—Tengo más de cincuenta hermanos por parte de papá, a quienes tuvo con
otras mujeres. Conozco y trato a casi todos, a la mayoría, porque cuando él murió
vinieron a su entierro muchos hermanos que no conocía. También, cuando ha
muerto algún hermano vienen varios más que tampoco conozco y se nos unen.

Somos una familia bastante amplia, aunque tengo una sola hija que se llama
Giomarli Pérez. A mí me gustan mucho los niños y he criado a varios, además de
esa hija. Me gusta celebrar el día del niño en comunidades aledañas al Municipio
Acevedo. Lo celebro en Caucagua y lo hago también en El Mango de Ocoyta, en
Panaquire, en El Clavo y en la vía hacia Aragüita. Siempre pongo un granito de
arena para festejarlo con juguetes, cotillones y piñatas. Todo esto lo hago con
amor, y quisiera que todo el mundo sea como yo en ese aspecto. Aquí la gente me
conoce por Bemba, y no por Giomar Candelario Pérez. Mis padres se molestaban
cuando yo era niño y en la escuela me llamaban por el apodo de Bemba. «¿Por qué
te dicen así? ¿Por qué te apodan Bemba?» preguntaban siempre mis padres, pero
desde pequeño era Bemba, Bemba y Bemba. Yo no me molesto, porque aquí el que
no conozca a Bemba no conoce a nadie en Caucagua. Siempre la gente me ha visto
como un hombre humilde, que es lo más importante en una comunidad.

Giomar Candelario cumplía con la escuela, y como medio de sustento lavaba
carros desde los nueve años frente a una empresa de honras fúnebres, donde
observaba todo el acontecer. Bemba se fue transformando con los oficios, y de
lavar carros pasó a talar el monte, y también a servir de vigilante en una funeraria
con el señor Jesús Yánez, “Jesuíto”, que era su cuñado, para luego trasladarse a
otra llamada “Santo Rostro”. A los doce años se inicia en el manejo de vehículos
mortuorios. Lo hacía dentro del pueblo. Ya en su mayoría de edad, a los dieciocho
años, cuando obtuvo la licencia de conducir, empezó a garantizar traslados de los
fallecidos a otros lugares, hasta que, en 1988, se va a Tacarigua. Allí, en sociedad
con el español José González, instalan la “Funeraria Imperial”. Luego, pasados
nueve años, se muda nuevamente a Caucagua y funda la empresa fúnebre “Virgen
de la Encarnación”, donde lo encontramos rodeado de ataúdes de distintos colores
y tamaños. Nos recibe entre risas en un ambiente donde no hay tristeza, a pesar de
tener a la muerte como principal tema de conversación.

—Yo tenía la mentalidad de que en algún momento iba a poseer una empresa
funeraria. Nunca pensé en otra clase de trabajo. Desde niño estaba en ese ambiente,
observando todo lo que sucede. Cuando alguien fallece, del hospital lo pasan a
la morgue y nosotros comenzamos el proceso de la preparación de documentos.
Partimos del certificado de defunción, luego sacamos el cuerpo del difunto y lo
llevamos al destino que debe ocupar, porque aquí se usa más el domicilio familiar que
las capillas fúnebres. Mucha gente pide conducir a su lugar de origen a la persona
fallecida, que generalmente es en zonas campesinas. Mandamos a un empleado
nuestro para preparar debidamente el cuerpo, a fin de que puedan velarlo como
decidan los familiares. Si no tienen fosa en el cementerio nosotros lo resolvemos,
y si ellos quieren hacerlo por su cuenta los orientamos en eso. Si es de cremar,
llevamos el cuerpo adonde lo quieran cremar. Puede ser Guarenas, Higuerote,
los Valles del Tuy o Caracas. ¡Lo que digan nosotros lo aceptamos!, porque hay
familias que son de creencias cristianas, otras evangélicas, o de distintos tipos de
religiones. Asimismo, hay familias extranjeras que tienen visiones distintas como,
por ejemplo, los de origen árabe, quienes no entierran aquí a sus parientes fallecidos.
Ellos piden llevarlos a un cementerio en Maracay, y se los trasladamos hasta allá,
para sus ceremonias. Lo único que pedimos es respeto y orden cuando se cumplen
los velorios dentro de las capillas de nuestras funerarias, que son dos: “El Cristo” y
“Virgen de la Encarnación”. Ella es la patrona de la empresa y de este pueblo, y por
eso están las imágenes talladas allí: el Nazareno y la Virgen.

Giomar “Bemba”, tiene más de medio siglo dedicado a este tipo de faenas con
las que se familiarizó desde los nueve años. Nos cuenta que las urnas de madera
que ofrece las hacen en Tacarigua y en Higuerote. Cerca de trescientos dólares
vale una urna, incluyendo el servicio completo del sepelio, y en algunos casos mil
y hasta un mil quinientos si hubiera que hacer traslados fuera de la zona. Me llama
poderosamente la atención la presencia de urnas de variados colores, y recuerdo las
honras fúnebres que le hicieron en el año 2013 a la cantante del grupo Caucaucuar,
Mercedes Méndez. Estuve presente desde el instante en que sacaron de su domicilio,
sobre hombros, aquel ataúd verde en un desfile inigualable con cánticos de malembe
y toques de tambor, a la vez que los estrafalarios personajes de los Santos Inocentes
de Caucagua le acompañaron hasta el templo donde un sacerdote africano de la
Consolata, el padre Roderick, ofrecía oraciones. Así siguió bajo un cielo azulísimo,
recorriendo calles y calles, el verde ataúd. Me dice Giomar “Bemba” que esa urna, en
la que fue colocado el cadáver de Mercedes Méndez, la ofreció su empresa.

—Mi idea siempre ha sido innovar en el mercado, y las urnas que ustedes ven
aquí no las van a encontrar en otra funeraria, porque yo las mando a pintar de colores
para que las personas jóvenes no se vean tan tristes: rojo, amarillo, azul, verde claro,
verde oscuro. Ya un difunto es suficiente tristeza, y a lo largo de la vida he pensado
que, a través de los colores, se encuentra una forma de cambiar ese aspecto, porque
anteriormente era muy alta la cifra de jóvenes muertos. Había mucho desorden en
los campos, problemas de vida con la gente joven, pero ahora eso ha cambiado. Ha
bajado el índice de muertes por violencias entre los muchachos. Las urnas de colores
procedían de una fábrica que estaba en San Cristóbal y ahora se ha instalado en
Guatire, cerca de Kempis. Me hicieron una provisión de treinta ataúdes de diversas
tonalidades. También hay ataúdes de sobremedidas, más grandes, para cuerpos
voluminosos, porque las urnas en su mayoría son standard, pero tengo otras más
amplias, mucho más amplias. Urnas en las que pueden entrar dos cuerpos.
Siempre ocurren situaciones extrañas de personas que compran las urnas y las
mantienen en sus casas hasta que se mueren. Una vez vino un señor y me dijo que
quería comprar una urna para alguien que estaba enfermo: «Quiero un servicio
funerario para fulano». Anoto el nombre y, como me percato que es igual al de
él, le pregunto: «¿Es su hijo?». Tranquilamente responde: «No, soy yo». ¡Era la
misma persona! Hay muchos casos y cosas de muerte. También te puedo citar el de
una persona que compró una urna y le ponía un plato de comida a la esposa que no
estaba allí, no existía porque estaba muerta. Este señor colocaba el plato de comida
junto al de él y decía: «Come, mi amor».

Entre risas y risas Giomar “Bemba” Candelario Pérez va narrando historias
muy comunes de esa relación entre la vida y la muerte. Ya sabemos que está
residenciado frente al cementerio de Caucagua, en una casa que, por su apariencia,
le dicen El Castillo, al final de la calle Las Brisas, junto a la entrada a Macagüita, y
es por eso que nos asegura que los muertos no salen, porque si salieran le tocaría
volverlos a llevar al cementerio. Insiste que esa es su responsabilidad, y que hasta
ahora no lo ha hecho porque no se ha dado el caso.

—Aquí los entierros son alegres. Cuando es un motorizado el que muere, la gente
se une y empieza la parranda con las motos. Si son evangélicos también llevan su
tamborcito y le cantan a la persona, porque son creyentes y devotos de la misma
religión del difunto. Muchas veces llevan carros con música al más alto volumen.
Eso va de acuerdo al gusto de los familiares. También en los velatorios empiezan
con parrandas y cantos. Hay quienes juegan dominó y truco ¡Y no puede faltar el
café! Al amanecer el sancocho y su cafecito. Eso no puede faltar. Con queso y
galleta, que es lo típico en la zona. No hay que olvidar los chistes. Todavía existe
quien narra cuentos para distraer a la gente. Yo conocí a un muchacho, de la vía
hacia Aragüita, a quien llamaban Ricardo, y era un artista para decir cuentos y
más cuentos. Son costumbres de los pueblos.

Así nos despedimos del conocido Bemba, en su funeraria “Virgen de la
Encarnación”, pero antes de retirarnos nos cuenta que es fanático del equipo
de beisbol venezolano: Navegantes del Magallanes. «¡Viva Magallanes! ¡Viva
Magallanes!» gritaba desde niño. Siempre viste elegantes camisas que incluyen el
símbolo de “la nave turca”, y organiza caravanas por el pueblo entero cada vez que
tienen éxito en los juegos, pero si se pierde, frente a sus eternos rivales, Leones
del Caracas, también planifica estos recorridos. Además de tal particularidad, el
amigo Bemba siempre está apoyando en su pueblo el beisbol menor y mayor, el
básquet y el futbol, y algo muy especial, como empresario, es el de ofrecer respaldo
a la cultura y a los artistas. Bemba no es un caso muy común.

Giomar “Bemba” Pérez entrevistado por Benito Yrady: “Narrando historias muy comunes de esa relación entre la vida y la muerte”.
Funeraria Virgen de la Encarnación. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore.

Petra Nieves: entre el recuerdo de esclavizados loangos y la hacienda Marrón, donde vivió

Según datos tomados por Eduardo Arcila Farías en el Archivo Arzobispal de
Caracas, el curato de Caucagua informaba que para el año 1800, habitaban en
esa población: setenta y nueve blancos, ciento quince indios, doscientos once
pardos, doscientos cuarenta negros libres o manumisos, y mil trescientos noventa
y dos esclavizados. Causa asombro la relación al observar la elevada cifra de
habitantes de origen africano en el lugar. Gran parte de ellos debían ser Mina, y
otros de gentilicio Loango o Luango, que aparecen en diversos registros de la
época de la colonia como naciones con mayor número de esclavizados en diversas
secciones del país. Se dice que los Loango procedían de una región al norte del río
Congo, y que en muchos casos llegaban a estas tierras por «ilícita introducción».
Eran llamados también «negros de mala entrada». Otros aparecían fugitivos, en
muchos casos escapados de lugares vecinos, como el que representó la isla de
Curazao. Hago esta introducción al hablar de Petra Nieves, porque escuché de su
propia voz esa palabra Loango, que nunca antes había sentido en ningún informante
barloventeño.

Petra Nieves, devota de la Cruz de Mayo. Caucagua, estado Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore.

—Eran los negros de antes, y por aquí les decían negros Loango. Eso me
lo contaba mi papá, quien pasó mucho trabajo porque era mayordomo en las
haciendas y le pagaban tan poco que solo alcanzaba para comer costilla asada. Yo
recuerdo que para entrar a ciertas casas él tenía que quitarse los zapatos. Era una
obligación, una costumbre, aquí en Caucagua. Sucedía en la casa de la familia
Plaza. Se tenía que dejar los zapatos afuera. Vinieron un poco de españoles y esos
negros Loango también, y todas las mujeres de por aquí se empataron con unos y
con otros, y tuvieron esa raza de donde provenimos. Los Loango hablaban con la
lengua enredada, que era su lengua. Hablaban como varios loros juntos. No sabían
pronunciar bien el español y vinieron a trabajar como esclavizados. Los traían
enjaulados y encadenados. No había carros en aquellos tiempos y alquilaban a los
Loango y los ponían a trabajar como bestias. Yo no tengo idea de dónde eran ellos,
de dónde procedían, pero sé todo esto porque mi papá se los caló. Era horrible y
prefiero no comentar más de eso, porque resulta demasiado triste.

Petra Nieves nos dice, a sus noventa y nueve años, porque nació el 18 de
enero de 1936, que se prepara para celebrar su centenario, y que de esta vida tiene
un rollo y puede echar muchos cuentos. Agrega, además, que la vida de antes si
era bonita, «con escasez, pero bonita». Muestra una Cruz a la que le ha realizado
cincuenta y ocho misas y cincuenta y ocho velorios. Uno por año, cada 3 de mayo,
en el patio de su casa donde seca cacao. De inmediato nos recita dos cuartetas
distintas, que pone como ejemplos para luego continuar con su narración:

Santísima Cruz de Mayo
quien te puso en esa mesa
serán los dueños de casa
que están pagando promesa.
De donde saliste tú
negro cucarachero
a maltratar al que vino
que fue el que llegó primero.

Después contestaban al unísono todos los presentes: “primero”.

Sus velorios de Cruz en Caucagua son los más famosos y antiguos, tan
famosos como sus cafungas, que le enseñó a preparar Estefanía Madera, del pueblo
vecino de Tacarigua.

—Si se quiere aprender cómo se cocina cafunga, se tiene que buscar cambur
manzano titiaro, o cualquier otro tipo de cambur que sea maduro, y dos cocos,
clavos de especie y canela, además de plátano verde para rallarle. Se prepara esa
masa con agua, en budare o en hojas de plátano, y queda bien sabrosa. Al día
siguiente se come cafunga cocida, con café con leche o con café negro, y seguro
que se va al cielo y se vuelve a bajar. ¡Todo pulpero alaba su queso! ¿Verdad?
Nos exigió Petra Nieves que no dejáramos fuera, en la entrevista, esa
experiencia de sus velorios, cuando ella preparaba carato de arroz y chicha, además
de empanadas para vender, y así reunir el dinero indispensable para celebrar la
fiesta del 3 de mayo, Día de Exaltación de la Santísima Cruz. Verdadera Cruz,
“Veracruz”, donde Cristo fue crucificado. En ese día de mayo florido, ella, por
más de medio siglo, ha alumbrado y adornado con papel de seda, de múltiples
colores, la Cruz de madera que encontró tirada en un basurero cerca del Camino
Real. Inventaría su fiesta para la celebración del culto al hijo de Dios en El Placer
de Caucagua. Igualmente, solicitó que tampoco dejáramos de escribir su manera
de preparar cafunga. Nos dice que su casa queda en lo que era antes el Camino
Real por donde se llegaba a Caracas, después de una travesía frente a siete pasos
de ríos, incluida la desembocadura de la quebrada Taguazenepe. «Un nombre
indígena», nos aclara, agregando que allí se formaba un remolino, muchos pozos y
había misterios, encantos, ánimas, que se llevaban el espíritu de quien se ahogara.
Ahora, lo que antes fue el Camino Real se llama Calle El Placer de Caucagua.

—Mi papá, Raimundo Nieves, tenía una bodega en Merecure Remolino. Allí nos
levantamos todos nosotros, y después se compró aquí un terreno para hacer esta casa
donde estamos. Se lo compró a Enrique Poleo Gimón, un millonario, dueño de todas
estas tierras. Así hicimos esta casa, desde la esquina hasta aquí, en este sitio de El
Placer. Yo nazco en Pantoja, porque allá vivía mi abuela Petra Josefa Borges con mi
mamá Ana Elvira Borges, y después de enamorarse se casa con mi papá y se agregó
el otro apellido, el Nieves. Mi papá no aguanta más estar allá y se viene para para
el pueblo. Fue mayordomo de la Hacienda Marrón, que era propiedad de Manuel
Trujillo padre, uno de los españoles millonarios de aquel tiempo. Allí trabajaban
veintidós mujeres de Pantoja. La Hacienda Marrón era impresionante, la más grande
que había por aquí. Las mujeres tomaban la vara, el gancho y el canasto cuando les
decían «este ahilado primero», porque era por ahilado que se ordenaba el fruto del
cacao para después venderlo. Lo llevaban a Caracas, y de Caracas al extranjero para
las fábricas de chocolate. Había un mayordomo que era papá, y también un caporal
que ayudaba a las mujeres a montar el canasto. Como usted debe saber, las mujeres
rendimos más. Ahora, esa hacienda la agarró una comuna y no he sabido si aún
está funcionando. Mi papá era quien llevaba las cuentas de cada caja de cacao que
recogían las mujeres, y cada una pesaba como cincuenta kilos.

En la hacienda había también una gran oficina para mi papá y para nosotros.
Allí dormíamos, y todos los sábados íbamos a comprar al pueblo. Me quitaba las
alpargatas en un puentecito de la quebrada. Me lavaba los pies y me ponía mis
chinelitas para entrar al pueblo. Esas chinelitas eran unos zapaticos chinos que
salían antes.

Petra Nieves entrevistada por Benito Yrady: “De esta vida tengo un rollo y puedo echar muchos cuentos”.
Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore.

Yo tenía entre ocho y diez años cuando mi mamá se murió de tuberculosis.
Luego mi papá se consiguió una concubina, como dicen ahora. Magnífica la
señora. Me decía: «Usted tiene esa edad, pero usted va a aprender conmigo», y
me enseñó a lavar las camisas. Se lavaban con una costilla de hueso de sopa para
limpiar primero el cuello por el mal sudor, y después lo demás. Eso lo aprendí
parada frente a la batea. Ella era de Tacarigua de Mamporal y cocinaba divino. Me
enseñó a cocinar de todo, a hacer hallacas, bollos, buñuelos y asolear lo titiaros
para preparar dulce de plátano maduro. Nos enseñó a las dos hembras nada más,
a mi hermana Ana Teresa y a mí. Fui la mayor, y en esa Hacienda Marrón, donde
vivimos la niñez, veíamos el “bungo” en la boca de la quebrada, y allí, con el bungo
metido en el agua, se pescaban guabinas, corronchos, sardinitas y camarones.
Unas guabinas grandes, las que entraban al bungo. Las salábamos y también las
poníamos a asolear. De eso comíamos todos, pescado de río, y si no, comíamos
gallinas que se criaban en la hacienda, pero cerdo nunca. A mi papa no le gustaba
el cerdo. Eso pasaba en la Hacienda Marrón. Mi papá, gracias a Dios, me dejó
otra hacienda que se llama Taguazenepe. Se llama así porque cae mucho el agua,
pero ahora le dicen Hacienda Petra Nieves. De todo eso me acuerdo, de esa época
cuando Juan Vicente Gómez creó fama aquí, porque era puro plan de machete con
los que pretendían alzarse.

Después me enamoré. Yo estaba jovencita y bonita cuando me veía en el
espejo, a los dieciocho años, y me vine a enamorar de un músico negro y feo. Él
era negro y feo, pero no brinqué ni salté. Tuve a un solo hombre, ese que tocaba el
cornetín, y me ponía de mona y me iba a la plaza a verlo en la retreta. Sin pensarlo
me enamoré de Jesús María Sojo, “Chuma”, quien ya murió. A mi papá no le
gustaba mucho, pero después lo aceptó. Con José María tuve a todos mis hijos, una
cartilla de hijos: seis hembras y dos varones. A todos los eduqué en la Universidad
y ahora estoy cargada de nietos.

Hablamos y hablamos con Petra Nieves de todo un poco durante aquella
mañana de la entrevista, especialmente de muchas jocosidades sobre los negros
feos y damas bellas, sin dejar de fijarme en sus particularidades de mujer, y en
las características de su epidermis, lo que me hace recordar a muchos escritores
que han abordado este tipo de temas, entre ellos a Luis Moreno Gómez en
“País Pardo”, quien asegura que el gran aporte del negro estuvo en su mezcla
con la madre india, y posteriormente de mestizos de blancos con indios, dando
como resultado esos colores del mestizaje nacional que son marrones de varias
gradaciones. Agrega Luis Moreno Gómez, al abordar el capítulo “El insumo
negritud”, que se le oye decir a los mismos afrodescendientes, que «Hay que
mejorar la raza», o aquella frase tan famosa, más que frase, chiste, «Más alegre
que negra enamorada de portugués», el cual ha acuñado el humorismo popular
venezolano, y revela la preferencia de nuestras mujeres por el blanco inmigrante.
Lo comento después de escuchar esa expresión de Petra Nieves al final de la
entrevista: «Yo estaba jovencita y bonita cuando me veía en el espejo, a los
dieciocho años, y me vine a enamorar de un músico negro y feo».

Monseñor José Antonio Da Conceição Ferreira: jamás en la vida sentí ni discriminación, ni desprecio, ni racismo en Caucagua

Monseñor José Antonio Da Conceição Ferreira, Obispo para la Diócesis de Puerto Cabello
y Secretario General de la Conferencia Episcopal Venezolana.
Montalbán, Caracas, 2025. Autor: Rafael Salvatore.

Para cerrar esta sección, traemos una entrevista diferente que se llevó a
efecto en Caracas, en la antigua hacienda Montalbán, que ha pertenecido a
la conocida familia Vollmer, quienes a su vez descienden de Gustav Julius
Vollmer, comerciante alemán nacido en Hamburgo, residenciado en Venezuela
desde 1826, donde contrae matrimonio con Panchita Ribas y Palacios, prima
hermana del Libertador Simón Bolívar, y sobrina del General en Jefe José Félix
Ribas, según lo indica “Alberto Vollmer Foundation” (AVF).

La entrevista a Monseñor José Antonio Da Conceição Ferreira, la
desarrollamos en la casa de la hacienda donde permaneció por largo tiempo la
familia Vollmer. Es una edificación declarada “Bien de Interés Cultural de la
Nación” desde el año 2005. La ficha correspondiente del Instituto del Patrimonio
Cultural, indica que la obra construida en 1940 es creación del arquitecto
Manuel Mujica Millán, y la planta de un desarrollo extenso y complejo, junto a los
volúmenes, se estructuran de manera marcadamente asimétrica. Dos plantas y un
semi sótano, numerosos patios y jardines exteriores. Balcones, portales decorados
con piedra artificial, muchas salas y habitaciones. Escalinatas y escaleras en
mármol negro y gris. Lo constatamos al recorrer su entorno, y uno de los aspectos
que nos llamó poderosamente la atención fue la hermosa chimenea, junto a la
que Monseñor José Antonio accedió a ser fotografiado por Rafael Salvatore. Días
después de la entrevista, recibimos varias fotografías de su encuentro con el Papa
Francisco en el Vaticano. El mismo Papa ya fallecido que, un 25 de marzo, designa
a José Antonio Da Conceição Ferreira como nuevo Obispo para la Diócesis
de Puerto Cabello. Además, él desempeña actualmente el cargo de Secretario
General de la Conferencia Episcopal Venezolana y ejerce la función de Párroco de
la Natividad del Señor en San Antonio de Los Altos, desde el 24 de diciembre de
1999, pero su infancia y su juventud tuvieron en Barlovento un premio de la vida
que se hizo tan especial desde el día en que fue ordenado sacerdote, el 25 de abril
de 1998, en Nuestra Señora de la Encarnación de Caucagua, en un acto presidido
por Monseñor Mario Moronta. La entrevista la iniciamos con el nombre de este
sitio referencial.

—Monseñor, sabiendo que ha compartido tanto con esta región, no queríamos
concluir un capítulo del libro sin añadir una conversación con usted. Empezaría
por algo muy sencillo. Se trata de lo que me ha dicho más de una persona cuando
he preguntado el por qué Caucagua es importante. La respuesta siempre ha sido
que en Caucagua, a diferencia de otras poblaciones de Barlovento, existe una
mezcla cultural muy fuerte producto de la herencia indígena, africana y europea.
Efectivamente, hemos conocido algunos casos de descendientes de polacos,
españoles, e incluso una mujer de noventa años procedente de Italia, quien aún
reside en Caucagua, y curiosamente me enteré que el origen suyo es de padre y
madre nacidos en Portugal. Es por allí donde comienzo. ¿Podría hablarnos de
cómo llegó a establecerse en Barlovento su familia de origen portugués y bajo qué
circunstancias?

—Nací en el año 1970 en Caracas. Mis padres eran emigrantes. Uno llegó en
1966, si no me falla la memoria, y el otro en 1968, quienes en esas fechas vienen
a Venezuela. Ellos se trasladan a Caucagua cuando yo aún era pequeño, en el año
1977. Creo que, como la mayoría de las personas, buscando siempre un mejor
futuro, ¿verdad? Y aunque eso nunca tuvo una narrativa, una verbalización, con
el tiempo se pudo entender que en Caucagua había perspectivas de desarrollo.
Recordemos que, en esos años, sobre todo hacia los ochenta, en Caucagua había
un gran proyecto industrial. Ya en ese momento funcionaba la empresa “Taoro”,
que luego pasó a ser “Bimbo”. Ahora esa zona, hoy día, es fundamentalmente un
complejo urbanístico, pero eran las perspectivas en aquel tiempo.

Caucagua, a diferencia del resto de Barlovento y de otras localidades, no tenía
un eje turístico como Higuerote o Río Chico, porque allí se había desarrollado,
especialmente, el tema agrícola. Sin embargo, parece que en el camino a alguien
se le ocurrió que también podía ser un polo industrial, porque se estaba a hora y
media de Caracas, y la instalación de complejos industriales valdría la pena para la
ciudad. Aunque eso nunca me lo dijeron, uno con el tiempo va entendiendo que
en Caucagua se venía gestando ese proceso. Esta localidad, en aquel momento, era
uno de los pueblos más prósperos a nivel comercial dentro de la región. Siempre
lo decíamos. Por ejemplo, había dos bancos y eso era muy extraño en Barlovento.
Ni siquiera existían en Higuerote, que era la zona turística por excelencia. Yo creo
que por ahí va el asunto.

Mi papá se traslada a Caucagua para el desarrollo de una experiencia nueva. Él
era herrero y quería tener un taller propio, y por eso es que yo llego a Caucagua.
Ya en ese lugar, nos encontramos con la presencia de algunos comerciantes
lusitanos, portugueses. Recuerdo al señor Serafín, que tenía un supermercado
allá, en El Recreo. Ya estaba La Nueva Caracas, que era de portugueses. Estaba
Manuelito. Se me olvida el nombre del señor que tenía el Bar Venezuela, que
era de portugueses. También estaba otro frente a la plaza que se llamaba el Bar
Caracas. Había ya una emigración que estaba iniciándose. No era exclusiva.
Había algunos italianos. Recuerdo a Hermelinda, con la tienda de telas y al
señor Salvatore, con la de ropa. Después se fue desarrollando la presencia de
los sirios con los negocios de comercios, especialmente de electrodomésticos.
Era un pueblo bastante multidiverso en cuanto a la presencia extranjera.
Mayoritariamente, fue creciendo la de los portugueses.
Hay una cosa interesante dentro de los portugueses, y ya no solo lo digo por
Caucagua sino a nivel de toda Venezuela, donde en estos momentos se estima
que hay unos seiscientos mil. Dentro de las estadísticas mundiales es el tercer
país con mayor emigración de portugueses: primero Estados Unidos, segundo
Brasil y tercero Venezuela. El portugués es muy emprendedor y muy arriesgado, y
justamente, creo yo, que eso viene de ser navegantes. Eso de la navegación quedó
metido en el ADN. Y bueno, aquí también vinieron y se desplazaron por todas
partes de Venezuela. Incluso, en zonas muy recónditas se conseguía su presencia.
Creo que por ahí va un poquito esa búsqueda de un mejor futuro y la decisión de
riesgo para emprender una nueva vida.

Monseñor José Antonio Da Conceição Ferreira junto a Su Santidad el Papa Francisco
(+). Ciudad del Vaticano, Roma, Italia.

—¿De qué sitio de Portugal son sus padres?

—Mis padres son del norte de Portugal, cerca de Oporto. Es lo que sería el
equivalente al municipio Santa María de la Feria, o Santa María da Feira, se diría en
portugués. Son más del norte, pero de unos poblados, unas aldeas muy humildes.
Ellos eran de aquella zona.

—¿Y por cuáles razones vienen a Venezuela?

—Yo creo que el ciento por ciento de los emigrantes, en concreto los
portugueses, buscaban algo para vivir, ya que su país no les daba lo necesario.
Recuerdo las palabras de un Secretario de Estado para las Comunidades
Extranjeras que decía, hace unos años atrás, que la deuda que tenía Portugal
como país con sus emigrantes era muy grande. En aquel momento se hablaba
de que había afuera más de diez millones de emigrantes, y era porque su propio
país nunca les había dado las oportunidades que ellos fueron a buscar en otros

horizontes. En definitiva, pienso que mis padres buscaban una oportunidad para
establecer una familia.

Soy hijo único. No tengo más hermanos. En el caso de mi papá, sus hermanos
estuvieron aquí todos, solo que luego se fueron regresando a Portugal una vez
que, quizás, consiguieron un poquito más de patrimonio y desearon establecerse
y seguir allá. Los otros terminaron prácticamente su vida aquí. En el caso de
mi mamá, un hermano de ella vino, pero estuvo pocos años y luego se regresó.
El resto, claro, por la línea de mi mamá, otros hermanos emigraron, pero no a
América. Uno a Alemania y otro a Francia. Era parte de la dinámica familiar en
aquellos años de posguerra. Buscar rumbos distintos, porque el país nativo no te
ofrecía las condiciones para desarrollarte.

—Lo entiendo muy bien. Ahora, me han dicho, que hizo sus estudios primarios
y secundarios en Caucagua. ¿Cuál es la experiencia que usted nos puede transmitir
sobre eso? ¿Es allí donde nace su vocación por el mundo religioso, eclesiástico?

—La experiencia fue muy bonita y hay una cosa que siempre destaco,
especialmente cuando hoy en día se habla mucho de racismo y de exclusión.
Yo, que puedo decir que era de la minoría abrumadora, jamás en la vida sentí ni
discriminación ni desprecio, ni racismo en Caucagua. Era una sociedad y una
comunidad bien integrada. Por supuesto, lo típico de nosotros los venezolanos:
molestarnos y echarnos bromas. Ahora le dicen “bullying”, pero antes le decíamos
chalequeo, y creo que era más llevable. El “bullying” es delito, el chalequeo era
broma, era hacerte un poquito de piel dura para seguir adelante. Jamás en la vida
yo experimenté eso, a pesar de que era “el portu”, el hijo de los emigrantes, pero
sin ningún tipo de inconvenientes en cuanto a la convivencia. Por ejemplo, puedo
citar el caso de mi mamá. Sus mejores amigas son nativas de Caucagua, y no puedo
decir lo mismo de las portuguesas que vivían allá. Entonces, digo que esto resulta
interesante.

En relación a mi época de estudios la recuerdo como maravillosa. La primera
etapa con las hermanas en el Colegio La Encarnación. La segunda etapa, pues,
en un Liceo público. En el Liceo Juan Francisco de León. La recuerdo como
una etapa muy bonita de aprendizaje y de integración. De la vocación sacerdotal,
no tengo conciencia de ella ni en mi época primaria ni de secundaria. Soy bien
honesto. Por supuesto, la semilla estaba ahí, pero como que germinó o me di
cuenta posteriormente. La vocación sacerdotal comienza a despertarse en mí a
partir del año 1989. Ya había terminado el bachillerato y siempre, como parte
de mi personalidad, era muy prospectivo. Había planificado entrar a bachillerato
porque quería ser ingeniero en sistema y estudiar en la Universidad Central de
Venezuela. Éramos pobres y no teníamos para pagar una universidad privada.
Me había programado para obtener las mejores notas a fin de poder ingresar a la
UCV, que era el método adecuado: la calificación más alta y la prueba de CNU,
lo que daba oportunidad para obtener un cupo. ¡Y en efecto lo logré! De hecho,
me gradúo de Bachiller en 1988 y ya en diciembre de ese mismo año se emite el
listado de nuevos ingresos. Me aprobaron para entrar en la Universidad Central
de Venezuela, pero en matemática pura. Comencé los estudios en enero del
año siguiente inmediato, los cuales tuve que parar porque, en febrero del 1989,
sucede el conocido “sacudón”.

Es impresionante, pero yo viajaba todos los días desde Caucagua a Caracas
para recibir clases en la Universidad. No era el único. Había un montón que
lo hacíamos diariamente, pero ya después de ese año se paró todo. Entonces
comencé a incorporarme un poquito más en la vida de la parroquia La
Encarnación. Justamente, después de la Semana Santa de 1989, me surge la
inquietud ¿Por qué no ser sacerdote? Entonces, inicio parte de la historia de esta
vida que sigue por aquí, por donde ando ahora.

—¿En qué lugar de Caucagua habitaron? ¿Qué calle? ¿Qué casa? ¿Qué
recuerdos tiene de aquello?

—En concreto, fueron cuatro lugares. Primero, en Las Colonias. Esa era una
propiedad de la señora María Blanco, la mamá de Adrián Guacarán. Ahí llegamos
nosotros. Después, mientras terminábamos la casita en Marizapa, vivimos en El
Cedral, que hoy en día, cada vez que paso, me da un poco de tristeza. Era una
casona rodeada de muchos cedros y una gran hacienda de cacao, de guayaba.

Había una mata de pumagas que tumbaron y la cual cada día extraño más. Ahí
vivimos un tiempo, probablemente arrimados, como le decíamos, mientras se
terminaba la casa. Posteriormente, durante todo el bachillerato, viví en Marizapa.
La calle 19 de abril, que en un tiempo fue una calle ciega y después se convirtió
en el camino de paso para Las Malvinas. Eso era entrando, luego, la otra calle que
hicieron se llamaba Miami. Posteriormente, terminando el bachillerato y antes de
irme al seminario, nos mudamos otra vez al centro, muy cerca de la Policía, o lo
que resultaba “las escaleras hacia La Libertad”. Era un edificio bastante viejo, de
los años cuarenta, cerca de esa escalinata de la Calle La Libertad, en el Edificio
Miranda, para ser exactos. Es interesante lo de la calle La Libertad, porque el
edificio era el de la Prefectura, y cuando los presos se escapaban, lo hacían por esa
calle. Por eso la llamaron calle La Libertad.

—Interesante. Ahora, su vocación sacerdotal hace que usted se desprenda de
Caucagua. ¿Realmente se desvincula de esta población en 1989?

—No. Yo salgo de Caucagua el 24 de septiembre de 1990. Es cuando me voy
para el seminario. Por supuesto, regresaba durante las vacaciones, pero no vivía
allá. Eran periodos muy cortos. Sí tuve la dicha, siendo seminarista, de estar por
lo menos tres veces ayudando en las Semana Santa, en Caucagua, pero ya no era la
convivencia del día a día, sino que lo hacía como un visitante.

—¿Y sus padres siguieron allá?

—Mis padres, sí, para esa época. Luego mi papá y mi mamá se divorciaron.
Mi papá se fue y mi mamá sí se quedó en Caucagua. Mi mamá está conmigo y se
llama Celeste Ferreira. Mi padre, Antonio Da Conceição. Por eso mi nombre José
Antonio: José, por mi padrino, quien además era tío; y Antonio, por mi papá.
Nací un 20 de junio del 1970 en Caracas. En las cercanías de la iglesia donde
ahora están los restos de José Gregorio Hernández, en La Candelaria. Hay que
recordar que, en esa época, entre los años 1950, 1960 y 1970, esa zona era el
destino de los emigrantes y contaba con muchas pensiones. Entonces, era el lugar
donde llegaban. Tenían una habitación, lavandero y cocina común. Poco a poco,
cada grupo iba desarrollándose y conseguían casas propias, ya fueran alquiladas
o compradas. Aunque de La Candelaria no tengo memoria. Después de ahí, sí
recuerdo. Nos mudamos a Puente Hierro. Muy cerca de la antigua cárcel de La
Planta. De hecho, es la calle subiendo hacia la Capilla El Carmen. Todavía existe
allí la panadería de aquellos tiempos. En estos días pasé por esos lados para hacer
memoria de agradecimiento, y ahí estaba esa panadería. Era donde vendían los
mejores dulces de fresa que yo recuerdo en mi vida, o será porque fueron los
primeros que probé.

—¿Y el seminario donde quedaba, o queda?

—El seminario era el Santa Rosa de Lima, que estaba en lo que es Sabana del
Blanco. Hoy en día ya no está ahí, ahora es la sede de la Universidad Católica Santa
Rosa. En ese lugar estaba el seminario y desde 1990 a 1997 viví y estudié allí.
En el año 1998, exactamente el 25 de abril, me ordenan como sacerdote en
Caucagua. Ese fue mi tiempo de formación. Después estuve trabajando un tiempo
en Cua, en los Valles del Tuy, durante un año y algo. De Cua pasé a Los Teques.
Primero, año y medio en un seminario, y el 24 de diciembre del 1999 me hicieron
Párroco en la Rosaleda Sur, San Antonio de Los Altos. Allí estuve hasta el 30 de
julio del año 2024. Toda una vida.

—Bueno, ya sabemos de todo su tránsito hasta llegar a esta posición de la
Conferencia Episcopal, que se da producto de las mismas elecciones promovidas
por los Obispos. Entendemos, por lo que me han explicado, de su designación
Obispo de la Diócesis de Puerto Cabello, que es una escala significativa, de
mucha importancia, de mucho valor profesional, en su carrera de sacerdote. Por
eso lo felicito.

Monseñor, le pido que nos explique algo que en un momento también
se lo expresé a un sacerdote misionero de la Consolata, y ahora, que tengo la
oportunidad de hacerlo con usted, también se lo pregunto. Comencé a preparar
este libro en función de la cultura, pero a medida que interactuaba con la gente
en Caucagua, fui descubriendo una profunda relación de respeto a personas
que han nacido en un lugar y que son motivo de veneración. Me refiero a seres
fallecidos. Entre ellos, conocí el caso de una mujer que muere en el año 1951,
que está enterrada en el cementerio de Caucagua y se le conoce como la Negra
Francisca. Me llamó poderosamente la atención que había todo un culto en torno
a ella. Ahora, de alguna manera, la gente, en muchos lugares de Venezuela,
lo denomina “devoción a las ánimas”. En el caso de Caucagua notamos que
ocurre con personajes, como ese, además de otro que, curiosamente, también
tiene características o rasgos afrodescendientes, conocido como el Negro Pío
Curandero. Es aquí cuando le pregunto, ¿Qué opinión tiene sobre tal asunto?

—Eso en primer lugar indica una expresión de religiosidad, es decir, ya un
materialismo práctico y teórico. Es muy difícil que se instale cuando existe este
tipo de religiosidad. Segundo, hay una concepción anclada por transmisión
generacional de lo sobrenatural, es decir, que la vida después de la muerte
continúa, hablando un poquito en rasgos generales de lo que sería una filosofía de
la religión y esos son elementos que uno va observando. Obviamente, cuando yo
estudié, por supuesto venía de toda esta historia, y claro, ya con los estudios más
teológicos y filosóficos, nos damos cuenta de lo que está en toda esta estructura
de la religiosidad. En primer lugar, yo creo que marca una forma de pensamiento
muy interesante. En el pueblo de Caucagua hay una creencia de que existe lo
sobrenatural y la vida después de la muerte. Ya después, habrá expresiones
diversas, de si crees que los muertos intervienen o no intervienen en la vida diaria.
Ese es otro tema que a nivel teológico podríamos discutir, y que no es este el
momento, ni tengo por qué hacerlo, pero esos rasgos esenciales permanecen,
porque nosotros en la iglesia tenemos nuestra oración constante por las ánimas,
por aquellos que han fallecido, para puedan estar, prontamente, con el Padre en el
reino de los cielos.

Algo que nosotros creemos, pareciera que es una línea también en otras
expresiones de religiosidad popular. Y es cierto, en Caucagua siempre estuvo muy
presente una religiosidad que se une con el hecho afro y con el hecho indígena,
pero que a la vez ya no es netamente ni afro ni indígena, porque ha adquirido unos
rasgos nuevos. Yo siempre me atrevo a decir, y es una teoría personal, cuando
escucho a algunos antropólogos que tratan de buscar lo afro en Barlovento, les
digo: «mira, tienes que acordarte que la semilla afro llegó a Barlovento y se sembró
en tierra venezolana, y ahora tiene unos rasgos particulares o diferentes». Vas a
África y en el tambor hay ritmos rituales y sagrados. Entre nosotros, muchos no
son ritos sagrados, pero sí son expresiones lúdicas, es decir, de compartir y de
festejar. Otro elemento que tenemos presente, allá en la religiosidad, y entre los
que a mí me gustaban mucho, aparece la celebración de la Cruz de Mayo, que es
algo espectacular y que la Iglesia tiene que sacarle más punta, porque la Cruz de
Mayo es una expresión de la resurrección, es decir, un tronco seco que te habla de
la muerte, que nosotros lo adornamos con flores para hacer ver que de esa muerte
nace la vida, y es Jesucristo que ha resucitado. Eso es algo que hay que seguir
impulsándolo muchísimo desde lo pastoral.

Hablamos de esto, pero también podemos mencionar expresiones de
religiosidad más propias de quienes profesan la vida católica. En Caucagua las
procesiones eran impresionantes, eso sí, lo recuerdo yo perfectamente, cuando
presté mi servicio como seminarista. Una procesión del Nazareno que te podía
durar hasta seis horas, o la procesión del Santo Sepulcro, que era agotadora: en
la tarde y en la noche. Hay una conexión profunda en cuanto al misterio y a lo
sobrenatural. Eso es innegable.

—Ahora, en referencia a sus estudios teológicos, ¿ha tenido algún tema de
particular interés o ha formulado algún tipo de documento o tesis que aborde
aspectos precisos de la teología? ¿Algo que haya sido de mayor interés que otro?

—Sí. Yo me especialicé en tres áreas: en liturgia, que es el hecho celebrativo de
la Iglesia; en derecho canónico, todo lo que es la parte jurídica; y tengo un máster
en prevención de abusos en ambientes eclesiales. Son como tres cosas distintas,
pero siempre se vinculan en algo.

—Una última pregunta, porque sabemos que su tiempo establece compromisos,
y es sobre el lugar donde estamos. Yo le confieso que llegué a venir varias veces a
Montalbán y en algún momento, desde lejos vi la casa y me llamó poderosamente
la atención. Trabajo en una casa que también era una vieja hacienda que era de la
familia Zuloaga, claro, con una dimensión mucho más pequeña que esta, pero me di
cuenta que el sistema constructivo como la piedra y otros elementos son similares.
¿Puede hablarnos de esta casa? ¿A partir de qué momento la Conferencia Episcopal
se ubica aquí? ¿Qué información tiene de este sitio?

—Efectivamente, era la sede de la antigua hacienda Montalbán. Esta y la
hacienda La Vega, que todavía existe. La familia Vollmer era la propietaria de todo
esto y de la hacienda Montalbán. De hecho, la zona donde ahora están los edificios
residenciales era la hacienda. Luego, allí se desarrolla el Complejo Juan Pablo II
con motivo de la primera visita del Papa Juan Pablo II. Entonces, ese mismo año, la
familia Vollmer decide cederlo en donativo a la iglesia católica.

Originalmente, Vollmer quería que fuera la Casa del Arzobispo de Caracas,
pero el Arzobispo no la quiso. Le parecía que era demasiado grande, y yo hubiese
estado absolutamente de acuerdo con él. Es cuando se dice que la Conferencia
Episcopal no tiene sede propia. Teníamos unas pequeñas oficinas en el edificio
Juan XXIII, al lado de la Catedral de Caracas, y cuando se hacían las Asambleas
Episcopales teníamos que alquilar una casa de retiro para que todos los Obispos
se encontraran y trabajaran durante una semana. Los Vollmer ceden la casa con
todo este predio que casi llega a la Universidad Católica Andrés Bello, y se logra
hacer el edificio anexo. Es un edificio moderno, donde funciona la Casa de Retiro
Monseñor Ibarra. Lo financia y lo ayuda a construir el Centro Simón Bolívar, pero
los terrenos son propios, de la Conferencia Episcopal. Es un lugar de retiro con un
lote aproximado de cincuenta habitaciones, tal vez un poquito más, casi setenta,
y es para eso. No solo para que los obispos vengan a celebrar sus reuniones, sino
también para poder cumplir, a lo largo del año con actividades pastorales, retiros
y otros encuentros. Por supuesto, esta casa es la parte más icónica e histórica de
todo este lugar.

—Claro, porque vemos que en el portón se identifica el año 1856. O sea,
cuando la hacienda estaba, pero sabemos que, al siglo siguiente, se levanta esta
casa, ¿cierto?

—Sí, ya la hacienda estaba. De hecho, en la casa blanca, en el fondo, aún está
la máquina donde quedaba el trapiche, justamente para exprimir la caña y hacer el
azúcar. Entonces, actualmente sobre el tema de recursos, nosotros no tenemos.
Ese asunto es un dolor de cabeza, el poder mantener una estructura como esta.
Ahora, Benito, quisiera agregar a esta entrevista tres aspectos de mi vida. Mi
mamá siempre me regañaba y decía, «Tú te metes en muchas cosas», porque ya
terminando el sexto grado estuve con los bomberos juveniles, cuando fundaron la
estación de bomberos. Hice todo el curso y el entrenamiento. Después, me metí
a estudiar música, hacia el año 1987, y creo que soy el único caso de frustración
que conoce Juan Ramón Ojeda, director de la Escuela de Música de Caucagua.
Allí hice teoría y solfeo, y después quiso darme un violín, pero que va, no terminé
de aprender. También hice un curso de contabilidad en lo que llamaban el Centro
Artesanal. Me gradué como Auxiliar Contable. Es que terminaba clases en el
Liceo, durante el día, y en la noche asistía a las clases en el Centro Artesanal. Yo no
sé si aún existe. Recuerdo que mi mamá aprendió en ese lugar un poco de costura,
para hacer patrones. Creo que también había cocina. Eso era en el día, pero en las
noches se estudiaba mecanografía y contabilidad. Hice el curso de contabilidad a la
par del cuarto año de bachillerato.

Finalmente, agrego que estoy convencido de que, en mi vida, el hecho de ser
Obispo, es totalmente providencial. Eso sí es verdad que no estaba en los planes.
Yo no estaba en la búsqueda y tampoco lo quería, pero hay que ser obediente a lo
que Dios llama, y cuando te da los signos claros, pues tienes dos opciones: o sí o
no. Por cierto, en Portugal estuve el año pasado, aunque no lo hago con mucha
frecuencia. En esa ocasión fue porque los Obispos recién nombrados deben ir a
hacer un curso a Roma, entonces hice el enlace ya que estaba cerca.

Benito, ahora te cuento lo interesante de algunas anécdotas. A mí me notifican
bajo secreto pontificio, el 10 de febrero, que había sido designado Obispo de
Puerto Cabello y me preguntaron si aceptaba. Una vez que me decido, y en
atención al convenio entre el Estado venezolano y la Santa Sede, dicha investidura
se somete a consulta de la Presidencia de la República para que confirme si está de
acuerdo o no con el nombramiento, y se establecen treinta días para que el Estado
responda o ponga objeciones de tipo político. En mi caso, transcurrió ese lapso y
hubo silencio administrativo. Me llaman de la Nunciatura para indicarme: «Bueno,
Monseñor, hay que anunciar lo de su nombramiento. ¿Para cuándo?» Yo, a manera
de broma, les digo para el 25 de abril. Me responden: «No, no, eso es muy lejos.
Hemos pensado en el 19 de marzo», pero el 19 de marzo no estaría en Venezuela,
porque debía representar a la Conferencia Episcopal, en calidad de Secretario
General, en una actividad en Bogotá, y les digo que ese día no me parece, porque
¿cómo me van a nombrar Obispo sin estar en el país? Entonces me dicen: «la otra
opción que le proponemos es el 25 de marzo». En el momento quedé asombrado,
y por supuesto que me gustó la fecha porque es el Día de la Virgen. Por eso,
como yo no estaba en Venezuela para el día 19, me tocó el 25 de marzo, que el
año pasado fue lunes santo, pero igual dentro de lo que es el calendario litúrgico,
aunque no se pueda celebrar un año, sigue siendo el Día de la Anunciación o de
Nuestra Señora de la Encarnación.

Detalle: “anillo episcopal” de Monseñor José Antonio Da Conceição Ferreira. Montalbán, Caracas, 2025.
Autor: Rafael Salvatore.