Capítulo III
Bandos y parrandas de los Santos Inocentes de Caucagua

Caucagua (sectores Pantoja y La Línea). Coro, Edo. Falcón, 2014. Autor: Rafael Salvatore.
José Ángel Ramírez López: esta expresión tiene sus raíces en la madre patria África
José Ángel Ramírez reaviva la cultura en Barlovento en todos sus aspectos. Es
esa su característica esencial. Trabaja sin descanso. Gracias a él logramos la
ubicación del mayor número de personajes entrevistados aquí. Tres años nos
llevó la tarea, y en cada lugar estuvo con nosotros, siempre amable, siempre con
admiración por su gente de pueblo, de la que es uno más. Sobran las razones para
explicar por qué resulta esencial su aparición en este libro.
Además de gerenciar la cultura en el Municipio Acevedo, ha logrado múltiples
alianzas a nivel nacional y en todo el Estado Bolivariano de Miranda. Resulta uno
de los principales promotores de la Red de Patrimonio Inmaterial y Diversidad
Cultural, y lideriza, además, la celebración de la Parranda de los Santos Inocentes
de Caucagua. Fue ese el motivo para escogerle como testigo presencial durante la
18° Sesión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio
Cultural Inmaterial, donde se examinó el expediente de este elemento. Tuvo
efecto en Botswana, un apartado sitio de África. Para escuchar sus impresiones
sobre el caso, iniciamos por allí la conversación.
—Esa fue una experiencia única, irrepetible, inédita, porque se trata de
visibilizar ante el mundo un ejemplo, como lo dice el expediente de buenas
prácticas, a favor de una cultura de raíz tradicional muy importante para mi pueblo,
Caucagua, y para Venezuela toda. La postulación llamó poderosamente la atención
y condujo a estrecharnos las manos, a abrazarnos en esta causa común.
Benito, quiero contarte una anécdota de cuando estuve en Botswana. Sucedió
el día de adopción del expediente. Yo tenía en mi indumentaria los colores que
representan las banderas de los Bandos y Parrandas de Pantoja y de los Bandos
y Parrandas de La Línea. Detrás de nosotros estaba la gente de Camerún. Ellos
se identificaron inmediatamente con los colores, porque son los de su bandera
nacional: verde, rojo y amarillo. Esas mismas tonalidades están plenamente
plasmadas en las normas heráldicas, tanto en Pantoja como en La Línea. Sin
embargo, más allá de eso, algo que causó mucho furor, que causó interés en
estrecharnos esa mano de amistad con otros pueblos del mundo, fue el hecho de
reconocer que esta expresión tiene sus raíces en la madre patria África. Es algo
que viene de allá, es un legado, una simbiosis, un sincretismo. Por supuesto los
representantes de países latinoamericanos aplaudieron con mucho ahínco, con
mucho interés, y además se nos acercaron para ver cómo Venezuela propuso
la construcción de esas dos figuras que son los Consejo Comunitarios para la
Salvaguardia y los Núcleos de Iniciación y Transmisión de Saberes. Esto produjo,
por supuesto, mayores vínculos, y creo que vamos por el camino de intercambiar
y socializar dicha experiencia con el resto de los países de la región, como lo ha
recomendado el jurado calificador.
—José Ángel, ahora háblanos de la Casa de los Santo Inocentes, ¿cómo es esa
experiencia?
—La intención primaria es la hermandad. ¿Hermanos para qué? Para
salvaguardar una expresión que tiene más de doscientos años, producto de las
investigaciones de campo con las abuelitas y con los abuelitos que aún permanecen
con vida, aunque otros ya han fallecido. Logramos obtener el testimonio oral
de ellos, a través del trabajo que hicimos. Hay algo muy importante, y es que la
situación de pandemia nos condujo a eso. Nos ocupamos en saber un poco más
sobre la tradición. La casa de los Santos Inocentes, que agrupa a las dos Parrandas,
es un punto de convergencia para el encuentro, para el debate, para el intercambio
de ideas, y nosotros, por supuesto, atentos de que allí, de esas discusiones sanas,
puedan brotar algunas estrategias, algunas prácticas, para mantener y aportar a lo
que es el Plan de Salvaguardia de esta expresión cultural.
—¿Cómo ocurre tu acercamiento a ese mundo de los de los Bandos y
Parrandas de los Santo Inocentes? Me imagino que sucedió cuando eras un niño
¿No?, pero ¿Cómo puedes narrar esa experiencia?
—Recuerdo claramente el año 1982. Había un luto en la comunidad de
Pantoja. Fallece una de sus jerarcas, y toman la decisión de no ir sacar a la Parranda
a la calle, de no salir con la Parranda de los Santo Inocentes. Es allí cuando
Abrahan Arestigueta González, junto con Rosario Mata y otras personas, se les
ocurre decir «Vamos a sacar la Parranda, porque el pueblo no puede quedar
sin ella». Entonces, fíjate Benito, la Parranda sale en aquella oportunidad de
La Línea, integrada con apenas diez o quince personas, y sin Bando, porque el
Bando era tradicional de Pantoja. Inclusive, no usábamos indumentaria. Eso de
la indumentaria y del Bando nos crea conciencia, porque las jerarcas de Pantoja,
para ese entonces, “Claudina” Monges, Silvestra Vegas, Rafaela y Juana Navas,
nos manifiestan: «Miren, es una locura lo que están haciendo ustedes. Tienen
sacar la Parranda como debe ser». Y es por los consejos que nos dieron los adultos
mayores, que asumimos la Parranda como es. De ahí viene mi acercamiento, y en
consenso se escogen los colores amarillo y rojo para la bandera de La Línea.
Recuerdo que estas portadoras, muy curtidas del saber, decían que había una
hacienda del otro lado del río de Pantoja, que llamaban Mateo, y que hoy tiene
por nombre Sucesión Calderón. Comentan que allí existía el escudo de una gran
familia, y que los colores eran verde y rojo. Entonces, de acuerdo a la investigación
que hicimos en heráldica, el verde era por la virtud, no por la vegetación como
algunos dicen, sino que era el símbolo de la virtud. El rojo por el martirio de tantos
esclavizados que murieron allí, en esa posesión de cacao. Además del martirio,
también hubo una peste en una parte que lindaba con unas haciendas llamadas
Pajaritos, Solórzano y Gerdel, hacia los lados de lo que hoy conocemos como
San Rafael del Cinco. Allí enterraron a los muertos y más nunca creció ni una
gramínea. En el caso de La Línea, adoptamos loa colores un poco más hacia la
parte moderna. Escogimos el amarillo, porque lo interpretamos como el sol fuerte
que está en Caucagua, y el rojo para rendirle honor a los esclavizados, martirizados
y muertos. El rojo es el color que nos une
—Como líder que eres de todo este movimiento, ¿Cuáles son las perspectivas
del futuro que tú ves en esta expresión?
—Nosotros no asumimos la declaratoria en la modalidad de Buenas
Prácticas de Salvaguardia, por parte de la UNESCO, como un premio. Es un
reconocimiento a nuestra herencia cultural, y lo recibimos con el compromiso
de comunidad, de pueblo, de practicantes, de país. Una oportunidad que nos
brinda la vida y que afortunadamente se nos dio en este momento. Resulta una
tarea donde no podemos traicionar los postulados que están establecidos en una
Convención, y que más de ciento cincuenta países han respaldado con su firma,
convirtiéndose en ley. La perspectiva que tenemos es la de afianzar los programas
de formación y lograr que las nuevas generaciones tengan continuidad en el
tiempo y en el espacio. Cambios habrá, porque el patrimonio es dinámico, está
en constante movimiento. Nosotros tenemos un ejemplo en el aspecto musical.
Alrededor de los años cuarenta, en la Parranda estaba presente la guaracha, y la
música se interpretaba con tambora, furruco, tres, cuatro, marímbola y maracas.
Pero después vino un cambio que no fue impuesto. Los propios practicantes la
alimentaron con otros ritmos musicales, producto de la decisión del colectivo, y
forma parte de los elementos que cambiaron la música tradicional.
—La UNESCO, dentro del trabajo que hizo el comité evaluador o el
jurado, indica en el documento que es una experiencia que se puede aplicar
en otras regiones de América Latina y le da mucha importancia al tema de la
descolonización. ¿Ustedes han pensado, de alguna manera, en esa conexión con el
contexto regional?
—Sí. Hay una estrategia que ha funcionado en Venezuela. Tratar de
organizar a las comunidades en torno a un gran Movimiento Nacional en
Redes del Patrimonio Inmaterial y la Diversidad Cultural. Pensamos que una
buena estrategia sería poder socializar esta experiencia y ver cómo se aplica un
ejercicio similar en otros países. Por ahí pudiéramos iniciar, porque los Núcleos
de Iniciación y Transmisión de Saberes no son de exclusividad de los Santos
Inocentes de Caucagua. Es una figura que se puede implementar en cualquier
expresión, ya sea de carácter espiritual, religioso, festivo o de otras prácticas del
patrimonio cultural inmaterial.
—¿Qué diferencia existe en entre el Bando y la Parranda? Te hago la pregunta,
porque sé bien que tú intervienes en la elaboración de lo que se conoce como
el Bando. ¿Siempre ha sido así en Caucagua? ¿Ha habido realmente un Bando?
¿Cómo participas en la construcción de eso? Me imagino y entiendo que son
versos libres, donde puede haber o no la rima, pero coméntanos un poco de la
experiencia particular del Bando, para después hablar de la Parranda.
—Benito, el Bando viene de la época de la colonia, de los esclavizados
oprimidos que, como lo sabemos, les otorgaban un día libre coincidiendo con el
día de los Santo Inocentes. Yo siempre he dicho que lo único que tiene de santo
esta tradición es el nombre, porque si revisamos lo que es la expresión como tal,
el Bando es como una especie de movimiento insurreccional que los esclavizados,
aprovechando el permiso que les daban, trataron de burlar y de hacer mofa contra
sus amos y sus esposas. No olvidemos que el municipio de Acevedo, no solamente
Caucagua, fue un territorio de cimarronaje de “cumbe” o “cumbé”, que es como
se le debe decir. Fue la ruta de Guillermo Ribas y de Miguel Jerónimo Guacamaya,
quienes fueron líderes allí, en asentamientos de cimarrones, principalmente en
El Mango de Ocoyta. De hecho, en El Mango de Ocoyta había Bando y había
Parranda. En la Boca de Caucagua había Bando y había Parranda. En Tapipa
Grande existía Bando y Parranda. En Mendoza había Bando y Parranda, y por
supuesto, en la comunidad ancestral de Caucagua, que es Pantoja. De allí viene
el Bando y la Parranda de Caucagua. ¿Por qué? Porque eran sitios poblados de
sembradíos de cacao donde la mano de obra agrícola era la de los esclavizados
traídos de África, combinados con algunos nativos, pero como la gran mayoría de
quienes trabajaban en las haciendas eran mujeres, recayó el papel de jerarquía de
mando en ellas. El Bando es el mando de la Parranda, y por eso se clasificaron, se
organizaron. La gobernadora, la Jefa de la Parranda, la Comandanta de Policía,
la Abanderada o el Abanderado, que es quien hace burla a esos escudos o a esos
estandartes con que se identificaban, heráldicamente, los dueños de haciendas.
Cuando vemos los vestuarios o la indumentaria, nos damos cuenta de que
hay cierta mofa hacia esos sombreros que todavía se utilizan, por ejemplo, en la
realeza: sombreros con flores. Por supuesto que hay diferencias, porque tomaron
unos sombreros que ya estaban inservibles, de las esposas de los amos, y los
adornaron con flores silvestres. El Bando no es más que el relato de una proclama
donde esos esclavizados se asignaron puestos de comando o de mando, para el día
del 28 de diciembre. Curiosamente en el Bando, o en los Bandos, por años se ha
establecido que la figura masculina solo recae en el Bolero, y de hecho, había tres
figuras en el Bolero: “El Moca”, “El Correo” y “El Inocente”.
El Correo cumplía la función de anunciar la llegada de la fiesta llevando los
mensajes. En el caso de El Moca, es una desfiguración de la palabra “mosca”,
porque El Moca era el Bolero que la Parranda designaba para avistar si venía
llegando otra Parranda. Entonces, El Moca era un Bolero con cachos que, cuando
divisaba a los lejos, o cerca, a otra Parranda, decía: “¡Moca!”. No porque eran
mal hablados, sino que también era producto de esa desfiguración de la jerga. El
Inocente, es el Bolero común que anda errante y que, necesariamente, no tiene
que pertenecer al Bando, porque son muchos. Una figura que puede acompañar a
la Parranda, o puede caminar solo, o en grupo de dos o de tres, como él prefiera.
Ahora, la diferencia entre Bando y Parranda, es que el Bando es la organización
o la estructura de quienes comandan la Parranda, y la Parranda ya es el elemento
que se le agrega. No es nada más desde el punto de vista musical. No veamos la
Parranda con el término de ritmo musical, porque además el género de Parranda
en Venezuela no se asemeja en nada a lo que se toca en los Santos Inocentes. Es la
Parranda de callejear, de bolerear, de irnos de parranda dos días o un día.
—Bando es mando, pero hay un hecho particular también, y es que el día 27
de diciembre se lee un Bando y entonces es el comienzo ¿no? Entiendo que en el
inicio están todos los personajes que tú has descrito. Entonces, las preguntas que
te hago son ¿Anteriormente se leía un Bando? ¿Siempre ha sido así?
—Sí, antes se leía el Bando. En La Línea no, porque se empezó a leer dos años
después de constituir a la Parranda por las orientaciones de los portadores de
saberes de Pantoja, pero en Pantoja, en Mendoza, en La Boca, en Tapipa Grande,
en El Mango de Ocoyta y en Los Cerritos, por supuesto, se hacía siempre. La
lectura del Bando marca el comienzo y marca el anuncio de lo que va a ocurrir el 28
de diciembre. Si no hay Bando no hay Parranda al día siguiente. Y es de obligatoria
aceptación la persona mencionada en el Bando con su cargo. Si no lo acepta, al día
siguiente se busca amarrarla con la Verduga para que cumpla su papel.
El Bando tiene un encabezamiento que menciona qué es lo que está
ocurriendo. Por ejemplo, se indica algo parecido a: «En la noche buena inocente,
y como lo manda la televisión, atención señores pongan un oído al montón».
Es algo similar a eso. En versos libres, se hace referencia a algún aspecto del
momento. El año pasado, concluyendo el 2023, el Bando fue dedicado a la
declaratoria por parte de la UNESCO y tenemos un verso que tiene armonía con
lo que había ocurrido. Entonces vamos escribiendo, hacemos los versos libres,
cargo por cargo. En orden jerárquico colocamos el nombre de la persona, el cargo
que va a ostentar y finalmente se le pone un remoquete o un sobrenombre que
causa risa a manera de burla, y que también es como una mofa a las autoridades
debidamente constituidas. Después que se citan a todos los personajes que tienen
obligación de ir a la Parranda, también se mencionan a los músicos y quien la dirige
musicalmente.
—Otra pregunta, José Ángel, porque muchas de las que quería hacerte ya
las respondiste durante el desarrollo de la entrevista. No es el único caso en
Venezuela la celebración de los Santos Inocentes. Tú bien sabes, porque has
estado presente en diversos encuentros que se han llevado a cabo en otras regiones
del país sobre esta manifestación. ¿Cuál es tu visión de la celebración de los Santos
Inocentes más allá de Caucagua?
—Hay una gran riqueza en torno a esa forma diversa de celebrar los Santos
Inocentes. Algunos dicen conmemorarlo, y hemos recibido críticas: «cómo van
a celebrar una matanza ordenada por un rey que llamaron Herodes, a más de
tres mil niños inocentes en la época que nació Jesús». Nosotros no celebramos
esa matanza. Celebramos es el triunfo del bien sobre el mal, el hecho de que el
niño Jesús haya vencido las pretensiones de Herodes. Ahora, en Venezuela, la
celebración es diversa. Cada quien tiene sus particularidades. Pienso que es muy
interesante la forma y manera como lo hacen otros, con un elemento común que
es la fecha. Considero que es un movimiento que está bastante fortalecido, que
ha cobrado mucha fuerza y notoriedad. De verdad, celebro que sea así y, como
decíamos anteriormente, más allá de socializar la experiencia entre nosotros
al obtener este reconocimiento a nivel mundial, puede ponerse en práctica en
cada una de esas locaciones donde se tiene en desarrollo esta expresión. En los
diferentes estados hermanados de esta causa.
—Ahora, agrego una pregunta final. Hay algo que a mí me llamó la atención,
porque al menos no lo había observado. Al entrevistar al misionero sacerdote,
Chrispine Okello, nos dijo que, cuando él estaba recién llegado, le advirtieron
que saliera del pueblo a como diera lugar el día 28 de diciembre, porque todo
era un caos, y él comentó que no se fue porque quería vivir la experiencia, y que
hizo la misa y vio lo organizado que estaba la gente que asistió ese día, y entiende
que la catequesis le da valor a esas celebraciones que el pueblo tiene. La pregunta
es muy simple. ¿Realmente hay una misa el día de los Santos Inocentes o es
porque aquella vez, de la cual nos habló el sacerdote, coincidió con un domingo?
¿Ha sido tradición que se haga una misa ese día y asisten los integrantes de la
manifestación?
—Nosotros, en el caso de Caucagua, nunca hemos hecho una misa especial para
este tema, solo que el santoral católico cristiano le manda, de acuerdo a su oficio
ordinario, que tienen que celebrar la misa, y como en el calendario católico está que
es el día de los Santos Inocentes, todos los sacerdotes en el mundo celebran misa.
Es una conmemoración universal. Le hacen la misa a los Santos Inocentes, pero
es interesante la pregunta porque, tal vez, nunca hubo esa relación con la iglesia.
Algunas autoridades eclesiásticas de antaño condenaban este tipo de prácticas.
Lo veían como algo muy mundano, muy pagano, divorciado de la creencia y de la
fe católica, pero debo admitir que, en el caso nuestro, ahora la Red de Patrimonio
Inmaterial y Diversidad Cultural de Miranda, conjuntamente con el Centro de la
Diversidad Cultural y la Gobernación de Miranda, y por los propios portadores,
construimos un modelo de carta pastoral para el patrimonio cultural inmaterial.
Esto es una experiencia inédita en el país, y no conocemos otra en América Latina.
Nosotros hacemos ver a la iglesia, como practicantes, la importancia que tienen estas
expresiones. Ese componente religioso en la Parranda de los Santos Inocentes nunca
ha estado acentuado, aunque la mayoría de los practicantes, por no decir todos,
profesamos la religión católica.

Inocentes de Caucagua. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023.
Autor: Rafael Salvatore.
Abrahan Arestigueta: soy abanderado de La Parranda de La Línea
Mi nombre es Abrahan Arestigueta González. Soy abanderado de La Parranda
de La Línea.
Llego a formar parte de los Bandos y Parrandas de los Santos Inocente de
Caucagua, concretamente del sector La Línea, por iniciativa propia, era una
inquietud que teníamos varias personas. En una oportunidad sacamos una
Parranda, eso sería entre 1979 y 1980. Lo hicimos como broma, ¡como una
muchachada pues!, pero tuvo mucha participación del pueblo. Pasaron dos años
más, aproximadamente, y no salía la Parranda de los Inocentes. Entonces, sentado
en la calle junto a una vecina, llamada Rosario Mata, le digo «Rosario, ¿Por qué
nosotros no sacamos una Parranda de los Inocentes? Se está perdiendo. Ya ni
Pantoja ni Los Cerritos salen con esta tradición». De inmediato me responde:
«Verdad Abrahan, vamos a sacar esa Parranda». Le pregunto «¿Qué músicos
vamos a conseguir?», y ella me dice «En Aragüita están unos músicos que son
muy buenos y parranderos. Se llaman Los Morochos». La vuelvo a interrogar
«¿Tú tienes contacto con esas personas?», respondiendo «Sí, ellos viven cerca
de la escuela». Para ese entonces era maestra y ahora está jubilada. Ella fue y les
explicó. Inmediatamente me mandaron a llamar y salía para allá. Esa Parranda
duró como tres días, desde el 27 al 29 de diciembre. Fue la segunda vez que salió,
porque la que te conté al inicio, resultaría una recopilación de muchachos con
un solo trombón. No había trompeta sino tambora. Con lo que se recabó hicimos
la fiesta del 29 de diciembre. Después Los Morochos se retiraron debido a la
inseguridad que había en la zona. Hubo un año en que no pudieron venir, y ese 28
de diciembre, muy temprano me lancé a la calle a buscar músicos. Uno por allá,
otro por acá ¡Y sale la Parranda! Desde ese tiempo en adelante hemos dejado de
salir. Fue en los años ochenta.

Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore
La Parranda sale a recorrer el pueblo desde la Calle La Línea, detrás de la
Iglesia. Todo el tiempo ha salido de ahí, y al final de la tarde, el 28 de diciembre,
retorna al mismo lugar.
Comencé como abanderado. Recuerdo que la primera vez agarré una cortina
a mi mamá, y un palo. ¡Fue una cortina de la casa! Después nos montamos con los
colores de la bandera. Esas orientaciones me las dio mi tío Abraham Arestigueta
Siso: el amarillo con el rojo, que significa lo radiante del sol de esta zona y la sangre
que derramaron los esclavizados de aquel entonces. En la Parranda de Pantoja los
colores son verde y rojo. ¡Ah! una vez coincidimos en los mismos colores. Luego
ellos establecieron el verde con el rojo, y nosotros nos quedamos con el amarillo y
rojo, que ya teníamos.
Cargar la bandera fue una iniciativa de mi parte, pero Benito, ese día,
verdaderamente, ¡sí que mandaban las mujeres! En aquel entonces, en la Parranda
de La Línea, Rosario Mata, hermana de la Profesora Luci Mata, y todas las mujeres
de esa calle eran las que gobernaban, mandaban. Ahora, estamos preparando a
las mujeres para que sean ellas quienes lleven la bandera, porque ya estoy que me
canso de aquí para allá.
Desde finales de los años setenta hasta hoy ha transcurrido medio siglo, y
recuerdo que destacaban mucho las señoras Pabla Blanco, Inelda de Castro, María
Rojas. Las más emblemáticas y de mayor edad, eran ellas. Mujeres siempre.
Hay una gran transformación de La Parranda. Se ha masificado, porque
antiguamente si había gente, pero la población era más pequeña. Ahora se ha
difundido muchísimo. Esto resulta una multitud muy grande. Es decir, que
prácticamente es incontrolable para el Bando, pero claro, siempre se impone la fuerza.
Salimos de la Calle La Línea y continuamos: Plaza Bolívar; Calle Comercio;
Calle La Libertad y entramos a la Calle Las Brisas; Calle El Recreo; Las
Clavellinas; La Colonia; la Bajada del Cedral, y nuevamente se finaliza en La Línea
entre las cinco y media y seis de la tarde. Se realiza un encuentro con la Parranda
de Pantoja, en el retorno, cuando llegamos a la Plaza Bolívar. Ambas coinciden, y
de ahí cada quien va para su lugar de origen. Tanto a La Línea como a Pantoja.
Mi oficio de vida siempre ha sido el de oficinista. Empecé como escribiente
en el Registro Subalterno. Después entro al Banco Unión, que ahora es Banesco.
Luego, en el año 1988, paso a la Prefectura. Continúo con la Gobernación de
Miranda, hasta la presente fecha, porque todavía estoy activo. Tengo 35 años
de servicio. Después que las prefecturas fueron disueltas, estuve haciendo
trabajo social, pero luego me quedé en el área cultural, por un programa de la
gobernación.
Mi tío era un mentor para todos nosotros. Mi tío Abraham Arestigueta. Fue
Procurador General de estado, abogado, maestro de escuela. Prácticamente fue
quien crió a mi papá, Pedro Roberto Arestigueta.
Mi mamá se llamaba Primitiva González y le decían “Prima”. Nosotros somos
nueve hermanos y todos se avocan a Parranda, todos estamos activos. Mi familia se
organiza con la de José Ángel Ramírez. Ambos, somos los que tenemos más fuerza
y años en la Parranda La Línea.
Además de mí, también han sido abanderados Glixan Guzmán, José Ángel
Ramírez y Carlos Castillo, quien a veces la toma, porque es uno de los músicos y
está pendiente.
Benito, quería agregar algo que se me pasó. Se trata de esas grandes anécdotas
que tengo sobre la Parranda de los Santos Inocentes. Recuerdo que, cuando tenía
cinco o seis años, pasó la Parranda de Pantoja por la Calle La Libertad, y me fui
detrás de ella. Yo vi a esas señoras grandototas con aquellos machetes de madera
y me llamó tanto la atención, y me fui. Mi mamá me vino a alcanzar en la Calle Las
Brisas. ¡Me dieron una pela y me llevaron para la casa!
Otra historia fue que un 27 de diciembre, a eso de las dos de la tarde, se me
hinchó un pie. Lo tenía rojo y no podía con el dolor y ardor. Hasta que pensé que
era el ácido úrico. Le explico a las muchachas, «Díganle a José Ángel que venga a
buscar la bandera, porque yo no voy a poder salir. Miren como tengo ese pie», y de
inmediato me acuesto a dormir. Cuando despierto, se me olvida que tenía el pie
hinchado, agarré mi bandera y me fui.
De la Parranda de Pantoja recuerdo que salían esas señoras muy altas,
altísimas, con esa música. Ahí lo que había era marímbola, guarura y tambores.
Con poca afluencia de gente, pero quienes mandaban eran esos mujerones
echando machete, repartiendo plan de machete por todas esas calles y a todo el que
se le atravesara. Era un espectáculo ver eso. ¡Maravilloso!
Alicia Lucía Mata: aquí, el más pintado, tiene su abuelito en África
Mi abuela se llamaba María Isabel Mijares de Blanco, oriunda de una parte
que da hacia Aragüita, en la vía de Caucagua a Aragüita, que se llama
Quimbango. Era hija única por parte de su mamá, y la criaron allá hasta
que decidieron venirse para Caucagua, porque ella se casó.
Fíjate, Benito, recuerdo cuando mi abuela decía a los ocho años,
acariciándome la cabeza entre sus piernas: «Hay que casarse con un hombre y
darles el apellido a los hijos, y si ese esposo muere, hay que casarse, como me
casé yo, con un hermano de él, para que cuando tengan más hijos lleven el mismo
apellido». Entonces mi abuela se casó con dos hermanos. El primero se murió de
un infarto y el segundo también. Pero eran hermanos. Ella tuvo cuatro hijos de su
primer matrimonio y del segundo tuvo dos, y todos son Blanco Mijares.

Sector La Línea. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023. Autor: Rafael Salvatore.
Era mi abuela paterna, porque a la abuela materna no la conocí. Yo viví con
ella esos nueve años y también iba casi todos los días a su casa. Después muere de
un accidente cerebro vascular, pero recuerdo que hablaba mucho conmigo. Era
hija única y su familia tenía plata, pero no la dejaban estudiar sino lo reglamentario.
Su mamá, mi bisabuela, era una indígena. Yo no la conocí, y mi abuela siempre me
decía «Mi mamá era india. Una morenita con el cabello lisito». Sobre mi bisabuelo
comentaba que era un negro normal. Entonces, de ese cruce salió ella. Mi abuela
era morena. Cuando yo estaba pequeña la gente decía «Es igualita a Isabel» «Isabel,
ahora te vas a morir, porque nació tu retrato». María Isabel era su nombre, pero la
conocían más por Isabel.
Mi madre se llamó Alicia Mata, muy conocida aquí, porque era enfermera.
Una de las enfermeras fundadoras del hospital de Caucagua. Cuando inauguran
el hospital ella acababa de hacer un curso de enfermería en el antiguo Puesto de
Socorro de Salas, Caracas. Entonces consiguió ese empleo en Caucagua. Como en
esos tiempos eran solo como cuatro o cinco enfermeras, y mi mamá trabajaba tanto,
mi abuela era quien, por lo general, me cuidaba. Mi mamá tuvo un hermano y dos
hermanas. Mi padre, que se llamaba Amenodoro Blanco, si tuvo más hermanos.
Mi nombre completo es Alicia Lucía Mata, porque soy hija natural. Mi papá
estaba casado, y en esos tiempos, años atrás, si las esposas no firmaban, se hacía
imposible reconocer a los hijos fuera del matrimonio. Sin embargo, mi papá vivió
con nosotros siempre, hasta que murió. Nací aquí, en el hospital Dr. Hermógenes
Rivero Saldivia de Caucagua, el 22 de abril de 1962, a las seis de la tarde, cuando
estaban quemando a Judas: un Domingo de Resurrección.
Me formé como docente. Egreso de bachillerato en el año 1980, y me fui a
la universidad a gestionar la petición de cupo. En el año 1983 me llamaron para
estudiar en la Universidad Simón Rodríguez, en Caracas. Cursé educación. Era
lo que me gustaba. Cuando pequeña tuve una maestra a la cual quiero mucho,
aunque tengo años sin verla. Se llama Susana Gutiérrez y daba clases en el Colegio
La Encarnación. Fue mi maestra de 4to. Grado y el motivo que me inspiró a ser
educadora. Era una docente de excelencia.
A mí siempre me agradó el teatro y cuando estudiaba en Caracas fui una de
las fundadoras del teatro universitario en la Universidad Simón Rodríguez, que se
concibió en el año 1974, solo para docentes en servicio, pero ya no se inscribían
tantos profesores. Por eso, en el año 1983, decidieron darles oportunidad a los
bachilleres. Ahí es cuando yo ingreso y se funda el teatro universitario, donde fui
una de las pioneras. Siempre me gustó el teatro.
Veía a los Boleros como teatro, porque ellos hacen mímica, corren,
interactuaban con los niños. Hacían mucha pantomima y eso me llamaba la
atención. Cuando iba a la Parranda siempre los observaba. Después, se presentó la
oportunidad de fundar la Parranda del sector La Línea y me incorporé en el Bando.
Había a quienes no les gustaba, porque sentían que estaban disfrazados con esos
atuendos por mucho tiempo. Yo no, yo lo veía, y lo veo, como un disfrute. Cuando
me visto con esos trajes me siento feliz. ¿Que si hace calor? ¡Sí, hace bastante
calor ese día!, pero para mí es normal, habitual, ¡y eso que soy hipertensa! Lo llevo
con gusto, con ganas, con amor. Además de Caucagua, la Parranda existía en otras
partes: Las Mercedes, Los Cerritos, Tapipa, La Boca, Mendoza.
En una oportunidad, cuando fui a egresar, a graduarme como docente,
hice la tesis sobre cuatro manifestaciones folclórico-religiosas de la población
de Caucagua: las fiestas patronales de la Virgen de la Encarnación, la Cruz de
Mayo, San Juan y Los Boleros. Ese material era para dejarlo en las escuelas, con
la visión de que al niño se le enseñara sobre tales tradiciones, porque ellos tienen
que conocer su cultura. Después, conversando con José Ángel Ramírez y con
Carlos Martinsky, vimos la necesidad de comentarlo en las escuelas, y como ya
teníamos mi tesis, se hizo la propuesta a través del grupo Caucaucuar. Entonces
comenzaron a dar talleres en diversas instituciones educativas. Lo hacían en los
meses de diciembre, mayo y junio, para enseñar. En el mes de mayo se hablaba de
la Cruz; en junio sobre San Juan, y en diciembre sobre los Boleros.
Entre los personajes de la Parranda destacan el abanderado, que es el guía.
La Parranda de La Línea, a diferencia de la de Pantoja, tiene un abanderado, un
hombre, y no una abanderada, porque siempre había sido una mujer, pero aquí,
Abrahan fue quien sacó la bandera. Primero la llevaba Rosario, mi hermana, y
cuando se retiró, Abrahan agarró la bandera. Ese es el abanderado. La Jefa de la
Parranda o Gobernadora, era Rosario.
Benito, voy a relatarte esto. Nosotros comenzamos a sacar la Parranda,
durante dos años. Dijimos «Vamos a sacar la Parranda como la de Pantoja»,
pero durante ese período no imitamos el Bando. La Parranda salió sin el Bando.
Después nos dimos cuenta que hacía falta. Nos reunimos, conversamos, y sale
el Bando. Cada quien fue tomando un rol: la Jefa de Parranda, el Abanderado, la
Verduga, la Fiscal de Vida, la Comandante de Policía. Todos son importantes.
Años atrás, porque ahora no lo hace ni Pantoja ni La Línea, iban y entraban en
la Comandancia de la Policía. Se presentaban diciendo algo como: «Aquí estamos
nosotras», y ellos le hacían la venia. Ahora, tanto Pantoja como La Línea, vamos
directo a la Alcaldía y a la prefectura a presentar el permiso. Como te puedes dar
cuenta, hubo un cambio con el tiempo, porque la estructura de la Alcaldía y de la
Policía ya no es la misma.
La música está compuesta de instrumentos de viento, metal y tambores,
pero me contaba mi mamá, hace años, y eso aparece en la tesis que hice, que aquí
estaba la Orquesta Acevedo, integrada por músicos, de los cuales creo que no
queda ninguno vivo. Ellos, el día 27 de diciembre, se iban para la calle El Coleo,
por donde pasaba el río. Allí había una vecina del sector llamada Concha Milano,
y en el corral de ella existía una ceiba inmensa. Debajo de esa ceiba pasaba el río y
había un pozo. Ahí, supuestamente, se sentaban casi todos los músicos a hacer un
sancocho y a conversar. Pues, venía la gente de la Parranda de Pantoja, la Verduga
y la Policía, los amarraban y se los llevaban para Pantoja, porque tenían que tocar.
Es entonces cuando comienzan a agregar los instrumentos de viento, pero ya la
nuestra, la de La Línea, los tenía. Nosotros salimos desde el principio, desde el
comienzo, con los instrumentos de viento.
Pablita era la jefa, Pabla Blanco, y una vez que cae en cama, José Ángel
Ramírez me dice «Bueno, pero tú siempre has ido junto Pabla», porque ella era la
Gobernadora y yo la Jefa. «Si tu ibas siempre con Pabla, puedes quedarte ahí, como
Jefa y Gobernadora de la Parranda». Entonces yo dije que sí.
Hoy día, las muchachas que quieren incorporarse al Bando preguntan «¿Es
obligatorio vestirse con paltó?». Se les dice «¡Claro, ese paltó tiene que ir!».
Les contamos el por qué nos vestimos con paltó, porque ese día gobernamos las
mujeres, que es el matriarcado del municipio. Que aun cuando había un hombre
en la casa, la que siempre ha tenido la voz de mando es la mujer. Por lo menos eso
se ve eso mucho aquí, en Barlovento. Entonces el paltó representa el respeto.
Te voy a comentar algo, Benito. Mi compañero de vida, Carlos Martinsky y
yo, disfrutamos muchísimo cada 28 de diciembre. Los dos tenemos roles distintos
allí, pero muy visibles. Cuando Carlos estudiaba sexto grado, apenas yo estaba
en segundo grado. Él era pequeñito y el primero de la fila. En el colegio La
Encarnación hay un pasillo largo, y otro que viene de frente, entonces sexto grado
estaba de un lado y segundo grado del otro. Yo era la última de la fila por ser muy
alta, y coincidíamos porque él era el primerito y yo quedaba al final. Por mi estatura
siempre lo veía, y me gustaba como Carlos ponía la boca cantando. Todo el tiempo
aquella cosa, todos los días. Yo iba a oír el himno nacional, porque él lo cantaba
y me gustaba como lo hacía. Después no lo vi por mucho tiempo, ya que sale de
sexto grado y yo sigo a tercer grado. Posteriormente nos encontramos en el liceo.
Digo «Ay, tenía tiempo que no veía a ese muchacho» y alguien me responde «Es
que él vivía en Caracas». Ya en el año 1979 comenzamos una amistad muy bonita.
Él era uno de mis mejores amigos, y esa amistad, ese sentimiento, fue especial
porque a ambos nos gustaba la cultura. En medio de ese andar por aquí y por allá
nos hicimos novios. De eso ya hace como cuarenta años y tenemos un hijo, que
tiene por nombre Moisés Alejandro Martinsky Mata.
Digo que mi abuela era pretenciosa, porque le escuchaba comentar «Yo no
voy a comer huevo por salado», ese era su decir. No trabajaba, porque la comida
se la traían sus hijos, y lo que le mandaba su familia de las ganancias de la venta
del cacao. Entonces, ella decía «Si no tengo salado para mañana, no habrá comida
aquí. Yo no voy a comer huevo por salado». Entonces, todos los días había carne,
pollo o cualquier otro animal de casería. Como te expliqué, era de herencia
indígena, y nosotros de herencia africana.
Benito, yo creo que ese tema de la herencia africana hay que hablarlo siempre
¿Sabes por qué? Porque hay gente que es endorracista, y aquí se veía mucho. Por
ejemplo, mi hermana mayor siempre decía «No te cases con negro, porque negro
con negro los hijos salen directo para una mata de coco. Como unos monos».
Siempre me decía así, y yo pensaba «Dios mío, así dirán de mí, porque yo soy
negra». Un amigo, hoy día difunto, Juan José Pacheco, comentaba «Yo no soy
negro. Negro son los zapatos. Mi color es oscuro, pero uno nunca llega a ser
negro. El negro es más oscuro que tú, porque te pones una camisa negra y te
distingues. Si fueras negra no se distinguiera nada». Y era verdad.
Entonces, insisto, Benito, uno siempre tiene que hablar de eso. Cuando
comenzó a escucharse, a difundirse fuertemente lo de la afrodescendencia, la
gente decía «Yo no soy afrodescendiente nada». Bueno, un día digo «¡Yo sí soy
afrodescendiente, porque tenemos esa herencia!» ¿Cómo hacer para negarlo? ¡No lo
puedo negar! Y le doy gracias a este Gobierno, porque sobre eso ha hecho énfasis, y
ha sido muy importante. Ha dejado una enseñanza y un aprendizaje. En Barlovento
hace falta hablarle al muchacho, en la escuela, en el liceo, para que sepa de dónde
venimos, porque es necesario saber y sentir un poquito el origen. «Aquí, el más
pintado, tiene su abuelito en África», eso lo repetía mi mamá, y me quedó grabado.
La gente puede ser muy blanca, pero siempre está el pasado, por eso lo traigo a
colación. Es importante saber de dónde venimos y no negar nuestra historia.
Hay creencias espiritistas, que vienen de esa herencia. Nosotros la
observamos mucho, porque vivimos al lado del cementerio. Un día estamos Carlos
y yo en la puerta de la casa y llega un autobús con una mujer gritando, llamando a
Carlos. Yo le pregunto «¿Quién es esa?». Era la señora Rosa Guairapa, y nos dice
«Ay chico, es que venimos a buscar al celador del cementerio, porque nosotros
estábamos en una sesión de espiritismo por allá y nos dijeron que teníamos
que entrar al camposanto de Caucagua a visitar a la Negra Francisca». Era una
excursión que llegaba del oriente del país. Ella acude mucho aquí, para rendir
tributo al Negro Pío Curandero y a la Negra Francisca. Después la volvimos a
ver esa tarde, cuando debían salir para oriente. Le comento «Ustedes van a llegar
de noche» y responde «Sí, pero es que no podíamos dejar de cumplir». Aquí, en
Caucagua, hay mucha gente que le ofrecen y le pagan al Negro Pío Curandero y a
la Negra Francisca, por haberles concedido algún favor.
María “Claudina” Monges: son las mujeres quienes mandan y toman decisiones
Soy María Monges, pero todos me conocen como “Claudina”. Vivo en el
sector El Delirio, perteneciente al barrio de Pantoja. Cuando la Parranda de
los Santos Inocentes de Pantoja estaba bajo la dirección de la señora María
de Jesús Vaamonde, “Jesusita”, yo apenas tendría unos seis años y fue entonces
cuando comencé a entender lo que sucedía cada 27 y 28 de diciembre. Son las
mujeres quienes mandan y toman decisiones.

llegará el día en que otra persona asumirá esa responsabilidad”. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2006.
Autor: Rafael Salvatore.
El 28 de diciembre, antes del amanecer, se levantaban y salían en búsqueda de
los músicos. Hubo un tiempo en que estos acudían voluntariamente, pero después
comenzaron a cansarse y algunos se ocultaban. Entonces, la Jefa de Policía, junto
con su comitiva, los encontraban y los llevaban al sector Pantoja para que tocaran
durante el recorrido de la Parranda, en el día de los Santos Inocentes, y como me
gustaba mucho esa actividad, yo también salía a buscar músicos en los barrios.
La Parranda iniciaba su recorrido alrededor de las ocho de la mañana. En ese
entonces, la Jefa era la señora “Jesusita” Vaamonde. Algunos tocaban el cuatro,
otros el tres, las maracas o la marímbola, formando así el conjunto que acompaña la
celebración y permitía que todo el pueblo bailara durante el día.
Los habitantes de Pantoja siempre colaboraban. Estaba mi amiga Eulalia
“Lalita” Vaamonde, sobrina de la señora “Jesusita”, junto con sus hijas y su
madre, Martina Vaamonde, además de otras personas de esa familia. ¡Todas
ellas participaban activamente! Cuando la señora “Jesusita” ya no podía salir y
organizar la Parranda, esa función la asumía su hermana Martina. Con el tiempo
yo tomo el liderazgo, porque la señora “Jesusita” alcanzó una edad avanzada. Así
como me sucedió a mí, llegará el día en que otra persona tendrá que tomar esa
responsabilidad, porque inevitablemente, en algún momento, yo tampoco podré
continuar.
Carmen Eulalia “Lalita” Vaamonde Monges: ¡Sin bandera no hay Parranda!
Hay quienes me dicen “Lalita”, aunque mi nombre es Carmen Eulalia. Yo
siempre pongo Eulalia Vaamonde. Eulalia Vaamonde de Martínez, que es
el apellido de mi esposo, pero dejémoslo en Eulalia Vaamonde, porque
todavía no me registro como Martínez. Me gusta más el Vaamonde, que fue con el
apellido que nací. El otro, el Martínez, es pegado —comenta entre risas.

de los Santos Inocentes, Sector Pantoja: “… insisto en que debe incorporarse a la juventud para que,
cuando uno ya no pueda, ellos continúen”. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2006.
Autor: Rafael Salvatore.
Entré en la Parranda por mi “Tía Chucha”. Había que hacer la representación
de la Jefa, la Policía, la Tesorera, de todos los integrantes de la Parranda, y
entonces me pusieron a mí de Tesorera ¡A los nueve años! Iba recogiendo por ahí,
de casa en casa, todos los domingos, pero en Caucagua cerraban los negocios y
salíamos a pedir a otras partes. Una vez fuimos a Higuerote y Tacarigua, otra vez a
Capaya y El Café, para ver qué se recogía y para que no desapareciera la tradición.
Pasó el tiempo y me casé. Me fui para Caracas y luego a Margarita, pero
cuando regreso a Caucagua, inmediatamente me reincorporé a la Parranda, todavía
con “Tía Chucha”, quien aún permanecía ahí. Siempre de Tesorera, junto a la
comadre María “Claudina” Monges, que en paz descanse, y Silvestra. También
con todos esos Boleros: Mamenda, Castor, ¡y otros más!, pero la mayoría ya
están muertos. Hoy estoy rondando los ochenta años. Empecé a los nueve y ya
voy para los ochenta, porque tengo setenta y nueve. Por eso insisto en que debe
incorporarse a la juventud para que, cuando uno ya no pueda, ellos continúen con
la Parranda y no decaiga. Nosotros nunca dejamos que decayera.
Antes se peleaban, bueno, no era que se peleaban, sino que era una lucha
entre Mendoza y Tapipa Grande, porque Los Cerritos nunca peleó con nosotros.
Salían cuatro Parrandas, poquitas, pero había una cosa que era que se peleaban,
porque el pueblo era tan pequeño, y cuatro Parrandas eran muchas para un
pueblito. ¡Imagínate! Ahí todo el mundo quería recoger el poquito de plata que
amarraban en la punta de la bandera. ¿Qué se recogía? Un medio, una locha,
pero Los Cerritos nunca peleó con Pantoja, porque “Tía Chucha”, era comadre
de la jefa de la Parranda de allá, y eso se respetaba: «¡Con mi comadre no, con
mi comadre no!», pero con Tapipa Grande y Mendoza ¡Ay! ¡Eso sí era fuerte!
Recuerdo que una vez nos encontramos. Venía una de esas Parrandas, y cuando
nosotros bajamos desde el Hospital hacia Pantoja, esa Parranda ya estaba aquí,
donde está la Cruz. Bueno, aquellos Boleros y aquellos Correos, ¡y todos los
demás, pues! Dicen «¡Vamos, porque esa Parranda tiene que irse! «¡Caucagua es
Caucagua, y nosotros estamos en nuestro pueblo!». Se presenta aquella tángana
en la laguna, y eso era palo, piedra y bandera. ¿Cuál era aquel objetivo? Que se
les quebrara la bandera, porque ¡Sin bandera no hay Parranda! ¿Cómo van la
van batir? Esa era la intención: «¡Vamos a quebrarles el palo de la bandera!».
Entonces, se lo rompen en dos y tenían que irse para su casa. Esas peleas eran muy
frecuentes, porque se recolectaba muy poquito. Después se repartían las pocas
monedas para comprar el jabón y, si alcanzaba, para hacer un sancocho. No era
ningún negocio. No había un aporte, no había nada.
¡Y el señor mecate! Ese señor mecate, que ahora uno lo agarra para concentrar
a los muchachos de la Parranda dentro, antes era para amarrar a los músicos, porque
resultaban muy renuentes. Como no se les pagaba, ya que no había real, entonces
uno tenía que ir a recolectar. Por cierto, mi tía y yo, como era cuñada de mi padrino
Pablo Isabel, papá de Paula, ya que la mamá de Paula y mi mamá eran hermanas,
teníamos que ir todo el tiempo a buscar a mi padrino al sector El Placer con ese
mecate. Él no quería, pero como era el cuñado de la Jefa de la Parranda, tenía mayor
obligación. Entonces siempre, siempre, teníamos que ir a buscarlo allá, amarrarlo y
cargarlo, ¡pagando allí, como si fuera un tributo por falta de respeto! Lo sacábamos
de donde se metía y lo llevábamos. Luego lo soltaban. ¡Esa es la historia de ese
mecate! que se dice ahora que la Verduga era la que lo cargaba.
La Parranda era muy disciplinada ¡y es que somos gente de pueblo! Tú sabes,
Benito, que ahora no, porque los muchachos que están naciendo lo que quieren
es el bochinche y el aguardiente, y todas esas cosas. Por cierto, de Tapipa Grande
venían para acá, ya que ellos no podían ir a Tapipa a parrandear. Se trasladaban
a Caucagua por ser un pueblo más grande. También venían de Mendoza y Los
Cerritos, pero como nosotros éramos los que estábamos más cerca de Caucagua,
teníamos como más poder.
En Pantoja la gente vivía de la siembra de arroz, maíz, yuca, caraota, frijoles,
cacao. Éramos agricultores. Entonces se tumbaban, como decían, los tablones,
que era para hacer un conuco. Por ejemplo, el papá de nosotros tenía para tumbar
esos tablones, y después de tumbarlos se amontonaban y se quemaban. Luego se
retiraba todo aquello y se empezaba a sembrar maíz, arroz, caraota, frijoles. Por
eso es que ahora me duele la cintura de tanto agacharme. A lo mejor es eso, porque
desde pequeña iba rellenando los huequitos. Mi papá caminaba adelante con la
chícora, abriendo el hueco, y nosotros atrás, tapándolo. El cacao que se cosechaba
aquí, era de las haciendas de los Arroyo, pero antes no sé de quiénes serían. Yo
conocí fue a los Arroyo, de aquí de los Plaza. El río de Pantoja era caudaloso y
limpio, donde uno se bañaba. Es el que pasa por ahí, por el callejón. Se trata del
Río Caucagua, ese es el nombre que se le puso.
Benito, yo te voy a decir algo: desde que me conozco esto se ha llamado
Pantoja. Nunca me dijeron sobre la historia de Pantoja. No sé si Miguel, que es
mayor que yo y vive aquí atrás, responderá algunas interrogantes ¿Por qué le dicen
Pantoja? ¿Por qué le dicen Caucagua a ese río de Pantoja? Por cierto, en Semana
Santa venían de todas partes a bañarse en el río. Familiares de los que vivían aquí,
se bañaban ahí mismo.
Para las celebraciones del 27 y 28 de diciembre, hasta los que se fueron de
Caucagua, vienen de Caracas y de La Guaira a acompañarnos y celebrar. Llegan
tempranito y se van en la tarde. ¡Eso es por el bochinche y el amor! Es que cuando
dicen «la Parranda» la gente se vuelve como loca. ¡Como que se les mete algo en el
alma, en la sangre y todo el mundo quisiera estar allí, quisieran gozar y disfrutar!
¡O será porque ahora las mujeres se menean más! ¿No las ha visto, Benito?
¡Nosotras éramos las jefas de eso, las dueñas de las fiestas! Eran pocos
hombres y había muchas mujeres, y tú sabes cómo es el barloventeño. ¡Tú no sabes
cómo dice la canción de la barloventeña cuando camina! El papel de cada una es
que ellas eran las que mandaban.
Mi mamá se llamaba Martina Vaamonde, y mi tía María Jesús Vaamonde, pero
le decíamos “Tía Chucha”, aunque otros la llamaban “Jesusita”. Ella salía mucho
en los periódicos con mi comadre “Claudina” Monges, que en paz descanse y mi
palabra no la ofenda. Eran importantísimas como jefas. Simplemente se les decía:
«¡La jefa de la Parranda es fulana de tal!». No se le ponía el nombre de capitanas
ni nada de eso, sino la jefa. No sé por qué sería. Yo creo que esa Parranda la
fundó mi abuela, llamada Petra Monges de Vaamonde, porque nosotros somos
Monges, pero mi abuela se casó con un Vaamonde y entonces nacimos todos estos
“vaamonderos”.
Mi abuela nació aquí, en Pantoja. ¡Y es que todo eso era de los Monges! Mi
madre, mi tía y la mamá de “Claudina”, también nacieron ahí, pero nunca he oído
hablar de la vida de los antepasados en esclavitud. Sinceramente no lo he oído.
Ojalá me lo hubieran dicho para caerles a preguntas, ¡porque eso de ser esclavo
tiene que ser bien arrecho!
Miguel Ángel Blanco Monges: antes había mucha picardía en la Parranda
Mi nombre es Miguel Ángel Blanco Monges, y tengo noventa y cuatro años
de edad.
Aquí la música era con tambora, guitarra, cuatro y, algunas veces,
una guitarra grande, una sexta. De eso se valían las jefas de las Parrandas. Las
mujeres atrapaban y ponían preso a los músicos, para que pudieran acompañarlas.
Eran arriados y si se resistían venía la Verduga, ¡ay, la Verduga!

Benito Yrady: “Las Parrandas de Aguinaldos, ¡Eran mi deleite!”. Caucagua, Edo.
Miranda, 2014. Autor: Ángela Collins.
Estaba la Verduga, la Comisaria y otras mujeres más. Resulta que ese día de
los Inocentes era como una especie de engaño. Mandaban las mujeres, porque
se vestían como hombres ¡Esa era una apariencia! Ellas los sometían y se les
atravesaban de frente. Cualquier hombre, cualquier caballero, que viniera por la
calle, lo agarraban y ponían preso para que pagara una multa ¡por pasar por ese
lugar! Un engaño, pues.
El Correo era un simulacro de carta «Aquí te mandaron y tienes que darme
algo por esta diligencia, una locha o un medio. Cualquier cosa». Por ejemplo, yo
les tenía mucho miedo a los correos, y entonces me decían «Sal que no te van a
hacer nada, siempre que tú te pongas una florcita en el sombrero y en el saco». Me
ponía mis flores y esa era la salvación, podía andar tranquilamente. El Telegrafista
llevaba y entregaba un telegrama a cualquier negocio, y entonces le cobraba. Esos
eran los recaudos para celebrar luego, al final de la fiesta de la Parranda.
Benito, en esas parrandas no había grupos. La música que tenían era muy
escasa y por ese motivo se veían en la necesidad de agarrar a los músicos, de
atraparlos, porque ¡se escondían! Ponerlos presos y obligarlos a acompañar a
la Parranda. Así se celebraba y recorrían el pueblo. Al final, cada una retornaba
a su lugar de origen. Además de los instrumentos que te mencioné al principio,
es decir, tambora, guitarra, cuatro y la guitarra grande, también podían estar las
maracas y algunas tamboritas.
Lo que más recuerdo de las canciones, era los versos de algunas de ellas. Por
ejemplo:
♫Acuérdate Carolina
cuando estábamos en el puente,
que llorando me decías
tápame que viene gente♫
De la música no me acuerdo muy bien, pero lo cierto es que eran letras
improvisadas y traviesas. Antes había mucha picardía en la Parranda.
Estaban otras celebraciones como, por ejemplo, las Parrandas de Aguinaldos,
que solían ser las que me gustaban a mí. ¡Eran mi deleite! Cuando yo oía una
tambora, un furruco y aquella música tan linda, me emocionaba y de inmediato
abría la puerta. Bueno, la “puertica” o el pedacito de puerta, ya que éramos bastante
humildes. Mi mamá, quien se llamaba Luisa Monges, me decía «Miguel, no abras la
puerta, tú no sabes quiénes son esos», y yo le respondía «Son los parranderos, mamá.
Vamos a abrirles. A mí me gustan esos aguinaldos». Iba y les abría la puerta a todos
ellos. No había licor, no había nada que brindarles, porque nosotros no teníamos
nada. Y es curioso, porque los aguinaldos se cantan en diciembre y la celebración
del Día de los Inocentes también es en diciembre, pero las parrandas aguinalderas
prácticamente no cargaban sino maracas, furruco y tambora, nada más. Eso era todo
y sus versos. Les cantaban los versos a los dueños de las casas.
Esto que te estoy contando, que te estoy narrando, Benito, es cuando yo tenía
la edad de ocho años, aproximadamente. Fue en la época de Juan Vicente Gómez.
Todo transcurría entre las haciendas: Padre Blanco, Monteverde, Gerdel,
Ibarra y otras más. Aunque a mí no me gustaba el monte. Le tenía miedo a esas
bandas de zancudos que se me venían encima. Sinceramente, no me gustaba. Eso
sí, yo hacía los mandados. Éramos pobrecitos, pero mis padres no me atacaban, no
me obligaban, para que fuera al monte.
Nosotros somos siete hermanos. Los últimos del mismo padre. Algunos ya
murieron. No voy a decir morimos, porque estoy vivo. Tengo noventa y cuatro
años, y sigo siendo joven. Por cierto, soy tío de Carlos Martinsky. La madre de él
era mi hermana, la menor de todos.
Yo escribí este aguinaldo:
♫Ha llegado el mes de mayo, con él una nueva luz,
para alumbrar al altar de la Santísima Cruz.
Es la Santísima Cruz, la diosa del universo,
por eso es que hoy le traigo estos lindos y humildes versos.
Santísima Cruz de Mayo, ¿Quién te trajo a este lugar?,
la comunidad de este barrio, porque te quieren cantar.
En muestra de creencia cristiana, somos muy sinceros y francos,
esto se lo está diciendo el amigo Miguel Blanco♫
Aquí se celebra el 3 de mayo, que es el día de la Cruz. Entonces los vecinos,
o una sola persona, la dueña de la Cruz, la adornan y la visten. Invitan a esas
festividades para hacer un Velorio de Cruz. Asisten músicos y cantadores de fulías
y décimas, que son elementos esenciales. Adornan la casa, le ponen un cielo raso,
una sábana, y la Santísima Cruz está allí. Vienen los tambores y las fulías. Hay
alguien que dice, «¡Hasta ahí, hasta ahí!» y se para la tambora para empezar la
décima. Yo, la décima, si no la comprendo, no la entiendo. Bueno, eso es largo.
Después que termina la décima, él cantor grita «¡Tambor y canto!», empieza la
fulía y se le canta a la Cruz.
¡Toda la gente asistía al velorio de cruz! Toda esa gente que cantaba en
el día de los Santos Inocentes también cantaba aguinaldos. Yo tenía mi grupo
aguinaldero. Antes también se celebraba el San Juan. Era muy bonito el San Juan
y el baile del tambor. Cuando llegaba San Juan, el dueño del tambor salía con su
juego, porque son tres. El tambor que llaman Culo e’puya, se tocaba y esto se
llenaba de gente. Para decirte algo, aquí se reconoció a Pantoja como «El mejor
barrio de Caucagua». Así se le decía a Pantoja. Nunca bailé tambor. ¡Nunca lo
bailé!, porque temía cuando saltaba un tipo, un bailador de tambor, y le pegaba
aquella mano por la espalda al que estaba bailando y se quedaba con su pareja de
baile. Ese era el baile del tambor de aquí.
Cuando viví en Caracas, y llegaba el mes de diciembre, siempre inventaba algo
y me venía para Pantoja. Aquí ensayaba a unas muchachas, y también compraba
algunos discos. Me gustaba hacer y escribir música. Agarraba el cuatro con unos
dos tonos que me aprendí, sacaba la melodía y hacía algunos versos. Organicé a
unas cinco muchachitas y salíamos a la calle a cantar. Después iba donde el cura,
porque antes, de madrugada, se hacían las “misas de gallo”. Hablaba con las
madres de esas niñas para pedirles permiso. Me decían «Ay, Miguel, yo sé que esas
niñas van contigo y están representadas. No te preocupes, llévatelas». Ese grupo
fue aumentando hasta que llegué a tener veintidós niñas, y la mascota de mi grupo
era Carlos Martinsky, mi sobrinito. Cuando descubrí que cantaba muy bueno,
entonces le dije «Usted se va conmigo». Conversé con Rosa, mi hermana, y él era
la mascota. La gente gritaba «Que cante el niñito», lo agarraban, lo montaban en
una mesa, y ahí quedaba Carlos Martinsky, ¡cantando!
Eduard Martín Clemente Márquez: hoy día me tocó ejercer esa tarea de enseñar
Un 27 de diciembre de 2010, se dio lectura del Bando en la calle La Línea,
y después que hicimos el recorrido por las calles, un recorrido corto,
nos fuimos a la casa de José Ángel Ramírez y nos sentamos a conversar.
Al rato llega un grupo de niños con una carta, pero tenían pena de hablar, ¡No
hablaban! Y es cuando les preguntamos «¿Qué quieren ustedes?» Nos entregan
un papel, con la escritura imprecisa y frases cortas, típicas de los niños, donde
nos preguntan si podíamos enseñarles a tocar los instrumentos y saber sobre los
Bandos y Parrandas. A partir de allí es cuando nosotros decidimos tomar esa tarea,
darles clases e iniciar. En esto nos incorporamos, al principio, José Ángel Ramírez,
Pedro Luis Vera y este servidor, sin embargo, en aquel tiempo, no teníamos los
instrumentos para dar las clases, y es entonces que ese diciembre, esa navidad de
2010, el Niño Jesús les trajo a algunos de ellos los instrumentos, pero la mayoría
eran redoblantes, ¡Y es que todos querían tocar lo mismo! Les dijimos «tienen
que empezar por lo más básico, hasta llegar a instrumentos más fuertes». Luego
José Ángel nos manifiesta que se debía pensar en algo más grande, y es por eso que
decidimos iniciar con los “Núcleos de Iniciación y Transmisión de Saberes”, cuyo
objetivo es difundir entre los niños aquellos conocimientos heredados de nuestros
ancestros, y de muchos músicos que estuvieron, que vimos o que conocimos, en
nuestra etapa de la niñez y adolescencia.

de los Bandos y Parradas de los Santos Inocentes de Caucagua. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda,
2017. Autor: Rafael Salvatore.
Comenzamos con doce o quince muchachos. Así arrancamos y algunos de
ellos aún permanecen. Otros se enamoraron o no siguieron, pero así avanzamos
en la localidad de La Línea. Posteriormente, expandimos las clases dando talleres
en las escuelas, en varios sectores de Caucagua, hasta que logramos hacer un
grupo más nutrido de varios muchachos, y mostrarles lo que hemos aprendido.
Hoy día me tocó ejercer esa tarea de enseñar, y arrancamos con los Núcleos de
Iniciación y Transmisión de Saberes en Marizapa, donde estoy encargado, así
como en la localidad de Pantoja. Aquí vamos más allá de la música y no es solo para
niños, también es para adolescentes y personas mayores que quieran conocer de
la historia, de lo que es la manifestación de los Bandos y Parrandas de los Santos
Inocentes de Caucagua. La idea es difundir el conocimiento sobre el significado
de la indumentaria, los roles que cumple cada personaje, el motivo por el que se
maquillan de esa manera y otros aspectos.
Cuando tenía doce años de edad, nos mudamos desde Marizapa a Caucagua.
Mi familia por parte de padre es de allá, pero constantemente me movilizaba
entre ambos lugares, ya que no tenía tantas amistades en Caucagua como en
Marizapa, que era mi localidad. Al quedarnos definitivamente en Caucagua, cada
vez que pasaba por el frente de la escuela de música la observaba detenidamente,
porque siempre me llamó la atención. Hasta que la trasladaron a la Bajada de la
Encrucijada, y después la reubicaron, de manera definitiva, en el lugar donde está
ahora. En una oportunidad mi mamá se sorprende, porque van a pedirle permiso
para que yo pudiera ir a tocar a Boca de Uchire, a alternar con un cantante de salsa
bastante conocido llamado Hildemaro. Ella no entendía, ya que nunca me vio ir a
la escuela de música, ¡y es que lo hacía escondido! Cuando salía del liceo me iba
para allá, iniciando con estudios de trombón, teoría y solfeo. En esta escuela me
encuentro con Juan Manuel y Pedro Luis. Empecé a estudiar con ellos y coincido
con una persona que llaman Remigio, apodado “Memo”, un tremendo músico
que en estos momentos está en el Grupo Madera. Este señor era el profesor de
Pedro Luis, y me llevó con Los Morochos de Aragüita, quienes tocaban en aquel
tiempo. Siempre me daban una campana para ejecutarla, y así me fue gustando.
Años después, gracias al apoyo de José Ángel Ramírez, formo parte del grupo afro
barloventeño Caucaucuar.
Hablando sobre los aspectos musicales de la época de 1940, la Parranda
se tocaba con marímbola, y no era ni siquiera eso, porque solo sonaba como
guaracha. Luego de varios años, más o menos en los sesenta, la señora “Jesusita”
Vaamonde secuestra a la llamada Orquesta Acevedo, que eran los que ejecutaban
ese ritmo, pero con el tiempo el sonido se fue perdiendo, se hizo tenue. Es
decir, no se escuchaban porque cada año se sumaban más y más personas a la
celebración. Es cuando llega un señor llamado Juan Kiki, quien tenía una famosa
samba en la localidad de Pantoja, y se agregan los instrumentos que están hoy en
día como: redoblantes, bombos, tumbadoras, el quinto, granadero, la charrasca y
otros. Todos surgieron para darle más sonoridad y que se escuche fuerte en medio
de multitudes.
Los saxofones son los encargados de marcar la sección del merengue,
introduciendo los mambos. Posteriormente, entra la tumbadora, momento en
que la intensidad disminuye, ya que este instrumento posee un sonido muy bajo.
Se entiende que, al sonar los saxofones, el volumen debe bajarse, dejando a la
tumbadora a cargo del ritmo mientras se descarga. Finalmente, los metales, como
las trompetas y los trombones, hacen su entrada, elevando la sonoridad, pues son
los instrumentos de viento con mayor potencia.
La explosión de euforia del público que participa en el recorrido se siente al
ejecutar las piezas “Los Boleros”, “Viva Caucagua” y “La calle está durísima”. Al
interpretar “Los Boleros” es donde la gente se enciende muchísimo más. En los
cortes, como «La calle está durísima», la gente empieza a gritar y a brincar. Claro
lo hacemos en calles amplias, porque en calles angostas, imagínate, ¡nos caen
encima!
El tema «La calle está durísima», es como inventado. Me imagino que es
por el montón de gente que acude a la celebración, y por la música que está en el
momento. Claro, también hay una razón para esa masa de gente, y es la euforia
durante la Parranda de los Santos Inocentes. Bueno, fíjate Benito, que unos días
antes de la celebración o cuando llega diciembre, la gente comienza a colocar
en sus redes sociales, fotos con leyendas como «Huele a diciembre, la calle está
durísima» o «La calle se pondrá durísima».
Dentro del Bando y Parranda de los Santos Inocentes de La Línea, pasé a
ser el Director Musical de la Parranda adulta y el Coordinador de los Núcleos de
Iniciación y Transmisión de Saberes.
Carlos Martinsky: mi papá, Ladislao Martinsky, era de Polonia
Quiero traer aquí un capítulo de mi vida que ya había olvidado, pero es un
pasaje muy bonito. Cuando estaba pequeño, mis tías Acacia y Juana me
llevaban a Pantoja, al sector de Marizapa. Allá tenían varias amistades
que vivían por un jagüey llamado El Zancudo. Las acompañé dos veces y recuerdo
que era como una selva con árboles grandísimos. Para aquel entonces, mi tía
Juana ensalmaba lombrices, culebrillas y le hacía a la familia una protección con
el ombligo. Después de nacer, cuando el ombligo se nos caía, lo bordaba en una
tela roja. A mí me lo hizo, y ese fue mi escapulario. Lo cargaba siempre conmigo.
Entre mis tías Juan y Acacia había una conexión muy especial. Juana le confiaba
a Acacia historias de su vida, porque ella sí convivió con mi tatarabuela, que fue
una esclava africana. Se llamaba Amalia, y ese nombre lo recuerdo muy bien,
porque la mencionaban mucho. Residía en Pantoja, ya que trabajaba en una de
las haciendas de allá, cuando había que pasar el río, y mi tía Juana me dijo que,
en varias oportunidades, vio a su abuela rezar cuando venía un toro. Murmuraba
unas palabras y el toro caía derrotado. Eso le impresionaba mucho. También
que, cuando le picaba una culebra, ella preparaba una toma que hacía de la misma
serpiente.

Autor: Rafael Salvatore.
Benito, en el espiritismo se dice que, cuando se desarrolla la materia, se pasa a
ser un vínculo para recibir espíritus. Te digo esto porque, en una oportunidad, fui
con mis tías a una sesión de espiritismo, donde incluso estuvo un primo a quien le
bajó un indio llamado “Ataguay”. Yo era muy joven, apenas tendría como catorce
o quince años. Allí estaba una señora llamada Palmelia y me puso a fumar tabaco.
Me dice «Fúmate este tabaco», y mi tía le responde «No, él es muy chiquito. No
lo pongas en eso, porque no quiero problemas con su mamá. Además, él es como
mi hijo». La señora comenta «Ay chica deja la pifia. Ese es más brujo que tú», y
¡yo me lo fumé! Me dieron un vaso de cocuy, caña clara y ron. ¡No me hizo nada!
Entonces me preguntaban «Estás bien, ¿verdad? ¿No te has mareado ni nada?»,
y yo respondía «¡No!». Posteriormente, esa señora Palmelia, iba a casa de mi tía
Acacia para desarrollarme la materia, pero lo que llama la atención es que, cuando
uno se transporta, solo se acuerda de algunas cosas. Teníamos un amigo que se
llamaba José y cuando se transportaba comía vidrio, se metía agujas y cosas así. La
gente normal no hace eso. Es para dar una prueba de que se está en trance.
Dentro de los espíritus que bajaban a mí, la gente pedía al Negro Pío
Curandero y al indio Paramaconi. Ya ni me acordaba de eso. Mi tía María, la mamá
de Adrián Guacarán, era muy escéptica y decía «¿Ustedes creen en eso?». Un
día entró al lugar donde yo estaba transportado y le pregunta algo al Negro Pío
Curandero. Le advirtieron «Cuidado con lo que vas a decir, porque Carlos no es el
que está ahí». Ella pensaba que era yo, ya que siempre fui muy tremendo y creativo.
A forma de ironía, consultó: «¿Y yo voy a tener otro muchacho? Porque no quiero
más muchachos» y el espíritu del Negro Pío Curandero le respondió: «Tú vas a
tener a un muchacho y va a ser famoso». Ella pensaba que eso era mentira, pero
con el tiempo me pidió disculpas.
Mi familia estaba en contra de todo esto, porque decían que al entrar en trance
se está en riesgo. Por ejemplo, en una oportunidad, que me bajó el espíritu del
indio Paramaconi, llegó un señor con una llaga y yo se la limpié con la lengua. El
señor se curó, ¡pero es que yo estaba adolescente! Eso fue un problema grande
entre mis tías y mi mamá. Yo daba ensalmes y otras cosas, pero en ese tiempo no
tenía la suficiente sabiduría. Necesitaba aprender muchas oraciones, porque la
gente, cuando ensalma, cuando llama a los espíritus, les llega la fuerza y fortaleza
de esas materias. En esas oraciones se nombra a: San Cipriano, Santa Justina,
Santa Marta, Santa Elena, San Ignacio, Monte Carmelo. Todo un ejército para
hacer fuentes físicas y espirituales.
Ahora, retomando la conversación sobre el caso del Negro Pío Curandero,
te cuento que, en una oportunidad, llega una señora de Caracas. Se empezó a
transportar, pero cae en un trance que, según decían, era un espíritu malo y agarró
un cuchillo que había ahí. En ese momento me baja el Negro Pío Curandero y
hubo una pelea verbal entre los dos espíritus. La mujer cayó agotada, justamente a
las tres de la tarde de un Viernes Santo. En ese mismo instante, la gente que estaba
ahí escuchó que algo golpeó afuera. Cuando salieron, supuestamente, un árbol en
el que decían que había un entierro, se hundió, y esa fue una de las razones de peso
por las que después no quise trabajar más el espiritismo.
Debió existir el Negro Pío Curandero, y en esa época, cuando yo andaba en el
mundo de estas creencias religiosas, se decía que era de otro país y que estuvo con
Simón Bolívar. No sé si era cubano o colombiano, o haitiano o de algunas de esas
islas del Caribe, o de Venezuela. Nunca tuve la seguridad de dónde era. Su espíritu
bajaba en varias partes y quedé impresionado cuando vi su tumba en el cementerio
de Caucagua, el cual queda al lado de mi casa. Por cierto, en aquella oportunidad,
cuando hubo el diálogo entre aquel espíritu malo y el Negro Pío Curandero, mi tía
me dijo que él hablaba en otro idioma, como el de una amiga suya que era haitiana,
¡y es que en Caucagua han vivido muchos haitianos!
Benito, tú sabes que mi papá y su familia son exiliados por la segunda guerra
mundial. Cuando eso, mi abuela tenía como quince o veinte días que había parido
a mi tío José, ¡en un campo de concentración! Mi papá, Ladislao Martinsky,
era de Polonia, concretamente de Varsovia, y mi abuela, de nombre Agnieszka
Maciejewska, al parecer provenía de una familia adinerada que tuvo una abadía, un
escudo de armas, territorios, o algo así, y mi abuelo perteneció al ejército polaco.
Aquí llegó todo el grupo familiar. Un día les avisaron para sacarlos de Polonia y
creo que los llevan a España, para luego trasladarlos a Estados Unidos. En aquella
época había un acuerdo a nivel mundial para proteger a la gente víctima de la
guerra. Eso ocurrió entre los años cuarenta o cincuenta. Les piden escoger un
país de destino y seleccionan Venezuela, ya que no tenía las cuatro estaciones.
Llegaron a un aserradero en Yaguapita, que queda por la carretera vieja de
Caucagua, pasando Merecure. Vinieron juntos: mi abuelo; mi abuela, Agnieszka;
mi tío Mario; mi papá, que se llama Ladislau, pero en español es Ladislao; mi tío
Enrique; mi tía Irene, la única hembra; y mi tío José, el más pequeño.
Al estar en Venezuela le otorgan como una especie de crédito, que en ese
momento era parte de la política para los refugiados. Compraron una casa y
después construyeron un taller grande. Mi abuelo era ingeniero mecánico y no lo
matan en la guerra precisamente por eso, porque era útil. Decía: «Hago el trabajo
si dejan a mi familia conmigo», ¡y le respetan la vida! Mi abuela contaba llorando:
«Veía a la gente pasar y saludarme. No sabían que los llevaban a la muerte, porque
iban a quemarlos. Los metían en un horno, y a otros les administraban sustancias
para experimentar con ellos». Eso fue un trauma, pero mis abuelos persistieron
en vivir. Mi papá, cuando llega desde Polonia, tenía doce años. Por cierto, hay
algo característico en mi familia, y es que la mayoría somos tartamudos debido al
cambio brusco y a la dificultad del idioma. A los polacos les cuesta pronunciar el
castellano. Ellos utilizan mucho las letras Z y X, y tener después que pronunciar la
L y la V del español, se les complicaba.
Rosa Amelia Blanco Ruiz es mi madre, y el hijo mayor de mi padre soy
yo. Tengo dos hermanas que se llaman María Luz y Arelia. Mi papá, fuera del
matrimonio, primero tuvo dos hijos: Alfonso e Irene. Ellos son de Santa Teresa.
Al final de sus años, tuvo otro, también fuera del matrimonio, que es mi hermano
Francisco, y quien en estos momentos está en México. Se crió con nosotros,
porque su madre lo trajo cuando era pequeño.
Además de polaco, tengo mi genética del negro africano y del indio. Mi abuela
decía que su mamá era indígena. Yo creo que era de los waraos. Mi madre nace en
Caucagua, pero mi abuela llegó desde otras tierras. Luego se consiguió con mi
abuelo, que era un negro y tuvo sus muchachos. Mi mamá era “bachaca”, como
decimos aquí de forma coloquial: blanca con el cabello marrón y muy crespo. La
mamá de Adrián Guacarán si era morena, igual que mi tío Miguel y mi tía Juana,
pero mi tía Acacia también era bachaca.
A los cuatro años de edad, incursioné como miembro del grupo San Rafael de
Pantoja con mi tío Miguel Ángel Blanco. Hacía los solos y me montaban en Radio
Barlovento, frente a un micrófono grande. Decían que tenía buena voz. Era muy
agudo. Allí estuve como hasta los seis o siete años, que es cuando entro a estudiar
con las monjas. Ellas se percatan de que cantaba y me incluyen en el conjunto de
aguinaldos. En todos los eventos que hacían, yo participaba. Claro, siempre estuve
acompañado de mi tío Miguel. A los diecinueve años incursioné en la Coral Víctor
Sosa, de la cual soy miembro fundador. Hubo una oportunidad en que asisto a
un conversatorio que realiza la gente de cultura en Tacarigua, donde buscaban
información sobre las actividades culturales y nos hicieron llenar varias fichas.
A partir de ese momento empieza mi inquietud por escribir. Incursioné como
docente y comienza el festival Cantaclaro, muy famoso a nivel nacional. Participé
y gané un premio por el trabajo que hice sobre los tambores de San Juan. ¡Gané
aquí, en el estado Miranda! Luego continúo en la docencia e investigando. Una
vez, estando en la plaza de Caucagua, se presenta el grupo Relevo, del cual Juan
Ramón Ojeda era el director. Quedé impactado con todo lo que hacían, porque
me gustaba la música tradicional, y me dije: «Bueno, voy a hacer un grupo como
ese». Creamos el Grupo Facetas, y las canciones que se montaban eran al estilo
del Quinteto Contrapunto, pero con otros arreglos. Era muy bueno y viajamos
bastante, y, aunque se disolvió, se llevó a cabo un trabajo excelente que me hizo
madurar con respecto al montaje de voces.
Paralelamente seguí investigando la toponimia de Tapipa, Panaquire,
Curiepe. La profesora Josefa Monges, quien también es docente e investigadora,
me motivó mucho. Al final me dije «A ese grupo lo voy a llamar Caucaucuar», que
es un nombre indígena cumanagoto. Hace cuarenta años de eso. Se ha perdido
un poco la organización, porque varios se han ido del país. Los primeros tiempos
fueron de recopilación, y era lo que montamos. No se copiaba lo que hacían otros
grupos y preparamos un repertorio propio.
Ahora te quiero hablar, Benito, sobre los Boleros de los Bandos y Parrandas de
los Santos Inocentes. De lo que presencié en otras épocas, cuando era muchacho.
Lo que hago ahora es lo que vi que se hacía antes: los gestos, la indumentaria.
Desde muy niño me llamaba poderosamente la atención. Veía a los Boleros que
tenían pantaletas y sostén, pero era porque se robaban la ropa. También hay
muchas personas que dejaban las cosas a propósito para que las tomaran. Los
Boleros se metían por el fondo de las casas, por lo patios, donde la gente colgaba
las prendas de vestir. Lo que conseguían lo agarraban y se lo ponían. Yo los vi
con esas faldas y vestidos pegaditos, que luego repartían entre ellos, porque tú
sabes que Pantoja fue una zona con personas de muy bajos recursos económicos.
Además, no estaban en el casco del pueblo. Eso viene de sus ancestros, cuya
subsistencia dependía de los conucos. Con el tiempo las cosas se fueron
organizando mejor, porque antes, todo lo que conseguían a su paso se lo llevaban.
En Caucagua, el mando siempre recaía en las mujeres como una forma de
resistencia, de reclamo. Recuerda que los africanos que llegaron como esclavos
provenían de países como Angola y Senegal, donde el matriarcado era la norma:
la mujer dirigía y tomaba las decisiones. Mientras los amos españoles imponían la
idea de sumisión femenina, aquí, en los días libres concedidos a los esclavizados,
¡las mujeres y los hombres eran igualitos! Además de ser muy activo en los Bandos
y Parrandas de los Santos Inocentes de Caucagua, soy devoto de San Juan, y
organizo su celebración, cada año, en esta población.
