El país profundo de Barlovento, por Benito Yrady

Capítulo I
El alcalde de los grandes desafíos: José Miguel Oliveros

José Miguel Oliveros, Alcalde del Municipio Acevedo. Caucagua, Edo. Bolivariano de Miranda, 2023. Foto: Rafael Salvatore.

Esta entrevista, que da inicio al libro El país profundo de Barlovento, es la de
mayor amplitud entre todas las que acompañan la primera edición, dedicada
por entero al Municipio Acevedo. Trato de exponer las intenciones de la
vida en José Miguel Oliveros, el quinto alcalde escogido, bajo elecciones directas,
para el período 2021-2025, en el Municipio más extenso del estado Bolivariano
de Miranda (2086 km.), ubicado en la subregión de Barlovento.

Las intenciones de la vida llevaron a Oliveros a ganar esas elecciones con el
52,80% de los votos. La contundencia del triunfo permitió también que la Cámara
Municipal esté integrada por siete concejales afectos a la tendencia política de
Oliveros, y dos concejales pertenecientes a sectores de oposición. Oliveros es
militante del Partido Socialista Unido de Venezuela desde el momento de su
fundación, en el año 2008, y antes integró aquella etapa del llamado Movimiento
Quinta República, unido a otras organizaciones identificadas con el Gran Polo
Patriótico Simón Bolívar.

Las intenciones de la vida en José Miguel Oliveros pasan por momentos
azarosos, momentos tristes, momentos sencillos y momentos sublimes, como
la hermosa historia que nos pudo contar durante nuestra conversación y que se
remonta a unos cuantos años atrás, cuando descubre, sorpresivamente, desde
el barrio La Vega en Caracas —al que tanto se le temía— que allí había nacido
la mujer que le acompaña hoy como esposa: la bella Yeraldin Arellano, su más
cercana colaboradora. Principal combatiente, que ocupa el cargo de presidenta del
Instituto de la Mujer en la entidad municipal.

Entre las intenciones de la vida en José Miguel Oliveros también hay una
virtud con la que siempre soñó, y que lo llenaría de valor. No es otra que dedicarse
plenamente a la seguridad ciudadana y a combatir la delincuencia, tarea que a
lo largo del tiempo fue transformándose en la principal razón de su existencia,
unida, además, a la solidaridad con el pueblo donde nació. Nunca lo hemos visto
al margen de la gente. Su relación con los habitantes del Municipio Acevedo es
constante, es cercana, y observamos que la sabe disfrutar a diario. Siempre se vio
obligado a socorrerlos, especialmente en los momentos más difíciles en la región
barloventeña, cuando la inseguridad llevó a la decadencia a todo el tejido social de
esta parte del país. Fue una tarea noble que sellaría el mayor de sus compromisos
entre las intenciones de la vida. Hablo largo tiempo con él de esos recuerdos, que
ya no se quisieran evocar por la crudeza visible de períodos muy tristes para todas
las familias heridas en lo profundo de sus sentimientos, y a las que jamás les dio
la espalda. Aquí lo expongo. Le interrogo sobre el quehacer diario, las grandes
virtudes del territorio, la cultura en toda su diversidad y, particularmente, sobre lo
mágico desprendido de las formas de religiosidad popular en su pueblo. Iniciamos
esta entrevista desde allí.

—Amigo alcalde, me ha llamado significativamente la atención la fuerza
espiritual del Municipio Acevedo, y sobre la materia logré intercambiar
impresiones con cuatro o cinco personas —a quienes citaré en las páginas que
siguen— y quienes practican la religiosidad popular y están muy conectados a ese
mundo poco conocido por muchos. Asimismo, dialogaba sobre este tema con el
misionero africano, el sacerdote Okello, quien me aseguró que, efectivamente,
en el circuito de la iglesia católica hay un gran respeto por las costumbres de los
pueblos barloventeños. Esto no solamente ocurre en Caucagua, pues también
lo he observado en Capaya y en otros lugares donde encontré curanderos y
rezanderos de zonas diferentes. Entonces, le pregunto: ¿cómo es su mirada en lo
más profundo de esta tierra que conoce bien? ¿cómo percibe, en tal espacio, a los
habitantes del municipio Acevedo?

—Benito, sin duda alguna en el municipio Acevedo, como es común en todo
Barlovento, se practican distintas creencias religiosas, entre ellas las espirituales,
las afrodescendientes. Son religiones ancestrales que, con el pasar de los años,
se han afianzado más entre los pueblos donde hay tierras de cultivos y otras
cosas, propias de la ruralidad. Aquí contamos, precisamente en el cementerio de
Caucagua, con dos grandes baluartes de la religión espiritista: la Negra Francisca
y el Negro Pío Curandero. Ambos sepultados en ese camposanto, y con fuertes
seguidores del espiritismo. Son muy visitadas esas dos tumbas. Ya no hay espacio
donde la gente pueda sentarse a su alrededor y, además, recientemente fueron
vandalizadas. Tenemos conocimiento de que supuestos practicantes de otra
religión quitaron una especie de estatuilla, o algo así, que estaba en el sitio y la
partieron. La tiraron al fondo de un barranco. La destrozaron, y eso causó alerta
entre los creyentes, quienes han venido hasta mí a pronunciarse y solicitar una
remodelación del espacio. Me gustó la idea y estamos transformándolo. Creemos
en todas las religiones y las respetamos y compartimos como muchos otros
habitantes de acá. Entonces nos preguntamos ¿Por qué no hacer algo sobre eso, en
un momento tan crucial para nuestro país?

Decidí aceptar la propuesta de intervenir el lugar del camposanto. A su vez,
le manifesté a los solicitantes que incorporáramos también la tumba del Negro
Pio Curandero dentro de la remodelación. No solo a la Negra Francisca, sino a los
dos, que han sido referentes de este municipio como representantes de la religión
espiritista, pero además de eso, para mostrar nuestra herencia afrodescendiente
vinculada al cacao.

Yo tengo información de que la Negra Francisca no era espiritista, no era
santera, no era nada de eso, pero si era una señora partera que ayudaba a dar a luz
a las mujeres. Fue tanta la ayuda que se convirtió en una esperanza, en las personas
a las que socorría en el nacimiento. Le tomaron tanto amor que, después de su
fallecimiento, le pedían para que favoreciera los buenos partos, y con el pasar de
los años, con tantos favores que hizo la Negra Francisca, empezaron a pedirle otro
tipo de cosas como, por ejemplo, amarres y desamarres para asuntos de relaciones
amorosas. Además, la visten muy bonito. Es una preciosura cómo hacen los trajes
que simbolizan su presencia; incluso, sus devotos los cambian periódicamente.
Hay una creencia muy agradable y ancestral de la Negra Francisca. La gente cree
mucho en ella.

—Ahora bien, amigo alcalde, pasando a otro tema, fíjese en lo siguiente.
Nosotros estuvimos en Aragüita y hay algo que nos llamó poderosamente la
atención. Hicimos dos o tres entrevistas allí: a Alexis Gómez, que pronto será
ordenado Diácono; al músico Simón Veroes Belfont y al poeta Silvino Francia,
conocido como “Chipín”, quien usa dos varas muy largas como bastones para
desplazarse entre las calles del pueblo. Al finalizar, Alexis Gómez nos invitó a
comer junto al equipo y conversamos un rato. Realmente, ya había oído hablar
mucho de Aragüita, pero las crudas escenas que nos narraron sobre el tema de
la inseguridad resultaban impresionantes. También refirieron agradecimientos
a usted, pues decían «Desde que llegó Oliveros eso se acabó. Se acabaron las
bandas». Inclusive, Alexis nos narraba la manera de cómo él pudo participar de los
oficios religiosos cuando asesinaban a una persona o moría alguien producto de
los enfrentamientos. Los jefes de las bandas le permitían que fuera a rezar solo en
los funerales, y el asistía aun sabiendo que todo era muy violento. Entonces, una
de las particularidades de este municipio fue la problemática de la violencia y los
homicidios, los cuales, según entiendo, ocurren con mayor frecuencia entre los
hogares, más que en otros espacios. Todo esto nos asombró, pero ya que usted es
un hombre que, además, viene del mundo de la seguridad, le dejo esta pregunta:
¿Cómo se ha logrado apaciguar tanta violencia entre una parroquia y otra?

—Sin duda alguna ha existido mucha violencia. Yo vengo de dirigir organismos
de seguridad en cuatro municipios del estado Miranda: la Policía de Zamora, la
Policía de Pedro Gual, la Policía de Brión y la Policía de Acevedo y, en el ámbito de
estos municipios, ahora me catalogan y llaman “el alcalde de la seguridad”. Ha sido
una labor bastante difícil, principalmente en Aragüita.

El municipio Acevedo era el más violento de todo Barlovento, el segundo
más violento de todo el estado y aparecía entre los cincuenta más violentos del
país. Había alrededor de veinticinco bandas organizadas y en algún momento del
pasado, aquí estuvo una de las más poderosas de Venezuela. Esa banda dirigía
todo Barlovento desde aquí, desde Caucagua. Estaba al mando de tres hermanos,
quienes se encargaron de estructurar una amplia organización con hombres
y mujeres. Prácticamente se apoderaron de todo lo que era el ámbito social y
económico de este municipio. Entonces, un domingo, durante el programa “Aló
Presidente”, el comandante Hugo Chávez lanza una fuerte crítica: «¿Hasta cuándo
permitirán que esa banda siga actuando en Caucagua?».

Ese mismo día ocurrió la toma local, con un amplio operativo de seguridad
liderado por la Guardia Nacional Bolivariana y el Ejército. En acción coordinada,
los distintos cuerpos de seguridad nacional se movilizaron para controlar el área
con un extenso despliegue policial. Al día siguiente, lunes, iniciaron las labores
operativas. Eso tuvo lugar entre el 2004 y el 2008. No tengo la fecha exacta,
pero sí fue un estimado de ese tiempo. Entonces, a partir de aquel lunes hubo una
gran movida policial en Acevedo, un plan de seguridad fuerte y empezaron a darle
captura a los integrantes de esa banda.

—¿Operaban en Caucagua o en otros sitios?

—Se encontraban en la Troncal 9, en algunas zonas de Barlovento y en varios
municipios como Andrés Bello, Páez e incluso Pedro Gual, aunque su presencia
se concentraba principalmente aquí, en Marizapa. Como te mencioné antes,
desde aquel lunes las fuerzas del orden intensificaron sus acciones hasta lograr
la captura de algunos de sus principales cabecillas, quienes fueron detenidos
y trasladados a las instancias de seguridad correspondientes. Al final, se logró
reducir significativamente la influencia de esa banda, marcando un momento
histórico para el municipio Acevedo. Así comienza el proceso de recuperación,
dejando atrás las garras de la violencia. Aquellos que permanecieron en las calles se
aislaron, se dispersaron, y hubo algunos que intentaron reorganizarse, generando
conflictos internos para determinar liderazgos. Sin embargo, esto no prosperó, ya
que nosotros desde los organismos de seguridad nos fortalecimos en un trabajo
conjunto. Cada vez que surgían pequeños grupos, llevábamos a cabo estrategias
para neutralizarlos y garantizar el orden. Tiempo después se implementó una
operación que incluía la presencia del ejército en las calles, representando un
apoyo fundamental en la recuperación del municipio.

Ahora bien, cuando me designan como Director de la Policía de Acevedo,
el índice de inseguridad más alto del municipio se concentraba en las parroquias
de Aragüita y Capaya. Eran los puntos de mayor riesgo, a pesar de que también
se registraban situaciones de peligro en otras partes como Marizapa, Ciudad
Socialista, Troncal 9, Panaquire, Pele el Ojo y Marcelo. En todos estos lugares
identificados como inseguros operaban organizaciones delictivas establecidas,
pero las más fuertes se encontraban en Aragüita y Capaya. De cada cien delitos
cometidos, cincuenta eran en Aragüita, treinta en Capaya y veinte en el resto del
municipio, lo que representaba una cifra importante en términos de inseguridad.

Cuando aquella mega banda fue acabada, y se convirtió en un mito, o en una
historia o tema del pasado, algunos jóvenes empezaron a formar pequeños grupos
de nuevas generaciones delictivas. Así surge el grupo de Aragüita, caracterizado
por su alta agresividad y estilo de actuación, y que reflejaba influencias de otras
latitudes al adoptar prácticas observadas en países vecinos. Estas nuevas células,
tanto en Aragüita como en Capaya, destacaron por la violencia, conformando un
esquema delictivo que representó un desafío grande en materia de seguridad.

Entonces, Benito, si me preguntas cómo logramos acabar con esa
delincuencia, especialmente en Aragüita, te respondería que fue mediante
estrategias metódicas. Ahora puedo contarte algunas de ellas, y explicar por qué
estos grupos eran rechazados por la sociedad. Ya no se trataba únicamente de
los asaltos a camioneros y productores, sino que también llegaron a la violencia
extrema. Recuerdo uno de los casos más impactantes en este municipio, ocurrido
en la comunidad de San Francisco, cerca del Peñón de Aragüita. En el episodio, la
jefa de la comunidad y su esposo fueron víctimas mortales por el simple hecho de
ser líderes comunitarios. Les exigían gestionar aportes del Estado, como alimentos
o programas sociales, para ellos administrarlos, y al negarse, fueron ultimados.
Estos acontecimientos nos llevaron a reforzar la seguridad e implementar acciones
de control mucho más efectivas.

Organizamos grupos de choque que operaban de día y de noche. Recorríamos
el monte en turnos de dos y cinco horas por grupo, buscando a los delincuentes.
Estos solían establecerse en campamentos improvisados conocidos como
“cambuches”, construidos con palos, ramas, plantas e incluso con pedazos de
zinc que usaban como techos para ocultarse. Poco a poco fuimos localizando
y desmantelando esos refugios. Realizamos intervenciones legales y los
responsables fueron puestos a disposición de los organismos competentes del
circuito judicial. Además, se logró un trabajo interesante, que creo que es el fondo
de toda la recuperación de la seguridad en este municipio, y está referido a los
cuadrantes de paz. Esta estrategia nos permitió estar cerca del pueblo y saber de
primera mano qué estaba pasando, dónde estaban los delincuentes, quiénes eran.
Logramos identificar a muchos involucrados, que en su mayoría eran menores de
veinticinco años. Muy jóvenes. Algunos de ellos, con tan solo trece o catorce años,
ya se habían iniciado en ese mundo.

Con este trabajo logramos que los delincuentes fueran llevados ante la
justicia. Paralelamente, a través de los cuadrantes de paz, desarrollamos labores
comunitarias, integrándonos de manera progresiva en distintos asentamientos.
Cuando los delincuentes se dieron cuenta, ya estábamos ahí dentro, con aliados
comunitarios, informantes y estaciones policiales cercanas a Aragüita. Por
primera vez en la historia, conseguimos establecer una estación policial en la
zona. Anteriormente se había intentado instalar una, pero fue necesario evacuar
a los policías, que cada noche eran asediados con disparos, siguiendo un patrón
similar a otras regiones del continente. Logramos establecer una estación policial
en Aragüita con veinte funcionarios, quienes responden de inmediato al llamado
de los cuadrantes de paz: «Están aquí, en la esquina» «Pasaron por aquí» «Van
llegando a tal lugar». Este sistema de información nos ha permitido, a lo largo de
los años, actuar de forma eficiente y eficaz en la lucha contra la delincuencia.

Benito, me correspondió enfrentar aquellos tiempos tan difíciles, de violencia
desbordada, como Director de la Policía de Acevedo. Fue el período más crítico
en materia de seguridad en este municipio, pero logramos realizar un trabajo
ampliamente reconocido por el pueblo. Gracias a Dios, hoy puedo afirmar con
orgullo que nunca se detuvo ni encarceló a una persona inocente, y muchos menos se
causó su deceso. ¡Jamás! Los delincuentes fueron plenamente identificados gracias a
la labor conjunta entre los organismos de seguridad y los cuadrantes de paz.
Con más orgullo aún, puedo decir que, de ser el segundo municipio más
violento del Estado Bolivariano de Miranda, y estar entre los cincuenta con
mayores índices de violencia en el país, logramos avanzar hasta ocupar el puesto
número quince. Solo nos faltan seis escalones para estar dentro de los territorios
más seguros.

Hay algo que deseo destacar, y es que, cuando asumí el cargo en la policía
de Acevedo, solo contábamos con cincuenta funcionarios. Hoy, como alcalde,
hemos logrado aumentar esa cifra a doscientos sesenta, quintuplicando el personal
disponible. En total, el pie de fuerza ha crecido en un quinientos por ciento. Por
supuesto, es importante reconocer el respaldo de diversos organismos. No fue
solo la Policía Municipal; se trató de un esfuerzo conjunto. Otras instancias con
operaciones estratégicas brindaron un apoyo invaluable, y puedo reiterar que en
Aragüita este trabajo tuvo resultados altamente efectivos.

—¿Han llegado a hacer un análisis de cuál es el origen de toda esta situación de
violencia? ¿Por qué ocurre en este estado? ¿Acaso es producto de una educación
familiar no apropiada? Se lo pregunto, porque yo, que he viajado mucho por esta
zona, llego a pensar que treinta o cuarenta años atrás no tenía esas características
de violencia, independientemente del histórico tema de la lucha armada.

—Sí, claro, hay varios factores. Me entrevisto con esos muchachos, porque,
como te mencioné antes, eran muy jóvenes. Con el tiempo, incluso llegué a ser
una figura de referencia para ellos dentro de la policía. Los motivamos a trabajar, a
estudiar y a integrarse en la sociedad con el apoyo de especialistas y orientadores
religiosos. A través de talleres, aprendieron distinto oficios: soldadura,
construcción, artesanía y otras habilidades. Muchos lograron salir de grupos
delictivos para emprender una nueva etapa.

Como director policial, conversé con varios para analizar lo que ahora me
preguntas: ¿dónde surge el problema? La razón principal que manifiestan es el
deseo de parecerse a ciertos líderes del ámbito delictivo. Querían vestirse bien,
llevar prendas de oro, tener las mejores novias y las motocicletas más llamativas.
Era el camino más rápido para alcanzar lo que deseaban, ya que provenían de
familias dedicadas a la agricultura y pensaban que eso no les brindaba suficientes
oportunidades. Eran jóvenes muy impresionables, atraídos por una visión
superficial y materialista de la vida. Es una situación difícil, pero es una realidad
que enfrentamos para poder transformar a las comunidades.

Ahora, en el año 2024, estamos haciendo historia ya que, por primera vez,
en diez años, durante un mes completo, no se registró ni un homicidio ni un
secuestro. En el mes de febrero, desde el 1 hasta el 29 —año bisiesto— no hubo
incidentes de este tipo, y en enero se reportó solo uno. Estamos hablando de
avances históricos en materia de seguridad dentro del municipio Acevedo. Yo, que
conozco esta región, que llevo años estudiándolo como hombre de la seguridad,
puedo hacer una comparación y afirmar que, a lo largo de los últimos cinco años,
Acevedo ha experimentado un proceso de recuperación. La parroquia Aragüita,
anteriormente catalogada como una de las más violentas del país, ahora concentra
solo el 10% de los delitos cometidos en el municipio. La parroquia Capaya, que
era el segundo cuadrante más peligroso, no ha reportado delitos en meses, ¡Cero
delitos! En el 2023 hubo dieciocho homicidios en todo el año, cuando en el
pasado, esa misma cifra se alcanzaba en una semana. De esos casos, once fueron
de origen intrafamiliar, por lo que realizamos un análisis detallado y estamos
desarrollando un plan especial para abordar la problemática.

Desde la Alcaldía, creamos la Dirección para la Atención Familiar, que,
en conjunto con los cuadrantes de paz, −que todavía existen− detecta hogares
con conflictos internos, como por ejemplo: consumo excesivo de alcohol,
violencia doméstica, maltrato infantil, niños fuera del sistema escolar, situaciones
derivadas del uso de drogas, entre otros. Cuando identificamos estos casos,
que son alertados por los cuadrantes de paz, nosotros intervenimos con
atención especializada, talleres y seguimiento, logrando avances significativos
en la prevención de este tipo de delitos. Gracias a esta iniciativa de crear dicha
Dirección, logramos un rotundo éxito al detectar problemas a tiempo y salvar
muchas vidas.

Hay que destacar que la comunidad está organizada dentro de los cuadrantes
de paz, porque allí convergen varias personas. Existe un representante por cada
área del poder popular, como, por ejemplo: salud; educación; seguridad, que
puede ejercerla un miliciano, entre otros. Cualquiera de estos integrantes da la
información. Eso me ayudó a compenetrarme con las comunidades. Me ayudó
a mejorar mi compromiso con la gente. Yo creo que Acevedo necesitaba que un
policía fuera alcalde, ¿por qué? Porque era precisamente lo más deseado por
nuestro municipio: la seguridad.

—¿Cómo fue su proceso de enseñanza y formación en el campo de la
seguridad? Háblenos de eso, del cómo usted se fue especializando en este oficio.

—En el Municipio Brión existía un lugar llamado El Cuchivano, cerca de la
playa, con un gran estacionamiento y especies de salones. En algún momento
funcionó allí un centro social o algo parecido. Ese lugar estaba totalmente
abandonado y nosotros, como institución de seguridad, lo ocupamos. Junto a
la Policía de Brión, con Montgomery Marcano al frente, quien era el director,
tomamos esos espacios. El alcalde para ese tiempo se llamaba Raúl Ceballos, y su
hermano, José Ceballos, comisario jubilado, era el Director de la Academia de
Policía, que llevaba por nombre “Almirante Luis Brión”. Ingresé a esa academia
en el curso del año 2008, y me gradué. Recuerdo claramente que, al finalizar los
estudios, eligieron los quince más destacados y uno de ellos era yo. De hecho,
quedé en el primer lugar de la academia. ¡Me ascendieron el mismo día de la
graduación y con honores! Allí, los últimos seis meses de estudios fui Brigadier
Mayor. A esos primeros quince destacados nos llevaron para el Municipio Zamora.
El alcalde era Oswaldo Sifontes, quien nombra a Edgar Martínez como director
de la Policía. Es a él a quien le debo todo lo que he aprendido en materia policial.

Fue como un padre para mí dentro de la policía. Edgar Martínez nos asume, a
los quince funcionarios, y empieza nuestra preparación. Comencé por cursos
especializados en: actas policiales, técnicas policiales, sobrevivencia. Hice cursos
de inteligencia y contrainteligencia en el Servicio Bolivariano de Inteligencia
Nacional (SEBIN) y protección de personalidades en la Brigada de Acciones
Especiales (BAES). En los primeros seis meses, después de mi graduación hice
más de veinte cursos, incluyendo uno de rescate subacuático, que es una materia
sumamente importante para toda la zona de Barlovento porque aquí hay costas.
Esa formación me la dio un bombero de nombre José Gregorio Arístides. Él nos
facilitaba los “peterson”, que es un tipo de salvavidas flotante que se ajusta al
cuerpo, para evitar ahogarse porque el curso era en mar abierto. Este señor se
quedaba en medio de nosotros a darnos las clases sin peterson, sin salvavidas, ¡Y
no se hundía, flotaba tranquilamente!

—Veo que ha aprendido mucho, especialmente en su integración con la
comunidad. Ahora, amigo alcalde, uno llega a reflexionar sobre la importancia
que usted le otorga al deporte y la cultura en sus programas de gestión. En la
escuela, por lo general, no se fomenta esa dinámica social con la misma intensidad
que afuera, donde niños y jóvenes se reúnen en las canchas para entrenar, de
la misma manera que otros participan en actividades culturales. Considero que
estos elementos también contribuyen a alejarlos de la delincuencia. ¿Qué opina al
respecto?

—Mira, Benito, yo tengo una anécdota de cuando era un jovencito con quince
años de edad, al hacer mi primera función policial en materia de seguridad y que,
por supuesto, no era policía ni mucho menos. ¡Ni pensaba yo que iba a estudiar
en la policía! Eso fue en la comunidad donde yo vivía, en El Paredón de Capaya.
Había quienes consumían drogas en la plaza y estábamos en un momento histórico
de inseguridad muy fuerte. El resto de los muchachos no podíamos estar en la
plaza, porque los más grandecitos consumían drogas. ¿Tú sabes que hice un día?
Pensando en cómo cambiar la sociedad, agarré un latón que estaba en el piso,
lo limpié y con un amigo llamado Édison, que hoy en día está fallecido y que
también fue policía, mi compadre, agarramos el latón, lo limpiamos, lo pintamos
y escribimos en blanco «Prohibido consumir drogas en la plaza». Lo colocamos
en un samán que estaba ahí. Lo clavamos. Eso fue en horas del día. En la noche,
cuando los que consumían drogas vieron el cartelón, lo tumbaron y lo tiraron para
la calle. Decían: «¿Qué se creen estos? ¿Qué se cree este carajito?». Luego nos
querían malograr para que no se les señalara esas normas, pero como siempre
fui rebelde y con preparación física, porque practicaba taekwondo, con dos de
ellos que consumían drogas, mayores que nosotros, tuvimos una pelea por haber
tumbado el cartelón del samán. Nos lo tuvieron que quitar de la golpiza que les
dimos. ¡Por eliminarnos el cartelón de ahí! Y hasta ese día consumieron drogas
en la plaza. Es cuando empieza mi función de querer transformar a los jóvenes
envueltos en la delincuencia. Nosotros hacíamos torneos de baloncesto, de
pelotica de goma, de softball, de béisbol, de futbolito, para activar a los jóvenes y
que no se transformaran en delincuentes. Eso se fue minimizando.

—Amigo alcalde, hace unos meses conocí a su papá, y también a su mamá, y me
llamó la atención el color de piel. Su papá es de piel oscura, pero su mamá es una
mujer, como le llamamos aquí, popularmente, “catira”, y usted tiene los rasgos
más parecidos a ella. Asimismo, creo haber conocido a alguna de sus hermanas.
Ahora bien, hablemos de la familia, porque en un momento yo recuerdo que le
manifesté algo sobre ese tema y usted me dijo que su mamá vivió en Colombia.
¿Cómo es ese origen familiar?

—Sí, mi mamá es colombiana, nacida en Cúcuta, pero su familia se trasladó
a Venezuela cuando ella aún era una niña. Se llama Nancy Gómez. Tendría unos
ocho años de edad. Mi abuelo Francisco, que era el papá de mi mamá, fue un gocho
blanquito, y mi abuela Ramona, su esposa, era colombiana. Ellos se vinieron a
Venezuela con mi abuelo, quien fue un carpintero por excelencia. Él era ebanista y
hacía hermosas piezas. Incluso, yo lo asistía en el taller y de eso me acuerdo clarito.
Con siete u ocho años lo ayudaba con el martillo, los clavos, la pega. Mi abuelo tenía
una carpintería en Antímano y trabajé con él durante dos años, porque siempre
he tenido la característica de trabajador. Nunca me ha gustado ser flojo. Siempre
he trabajado. ¡Siempre, desde niño! Desde que tengo uso de razón trabajé con
mi abuelo y con mi papá, quien tenía negocios en varios mercados. He trabajado
y estudiado. Nunca dejé de estudiar, y mi madre me exigía mucho. Su oficio era
secretaria, y a sus hijos siempre les pedía que estudiaran. Gracias a eso todos
pasamos por la universidad y todos somos profesionales. Mi mamá vivió en Caracas
y conoce a mi papá, un negro barloventeño, nativo de Capaya. Mucha gente se
sorprende cuando me ven al lado de él. Observan mi color de piel y exclaman «¡Pero
ese no es tu papá!». A mi papá le dicen “Cheo” y se llama José Oliveros.

Nosotros somos cuatro hermanos y vivimos en la parroquia La Vega en
Caracas, en el Barrio El Carmen, detrás de la iglesia. Sobre mi vida tengo muchas
cosas que contar. No sé si deseas conocer aspectos de mi vida o prefieres que te
hable solo del municipio.

—Alcalde, es que justamente también queremos reflejar parte de su vida.

—Entonces fíjate, Benito, de dónde nacen algunas cosas en materia de
seguridad para mí. Vengo del barrio La Vega en Caracas, y conocía a los
delincuentes, porque eran mis amigos de la infancia, pero nunca fui delincuente.
¡Jamás! Los veía en las esquinas, los saludaba y seguía para mi casa. ¡Nunca me
involucré con ellos! Me mudo a Capaya a los quince años y te voy a contar el por
qué me mudé.

Yo hacía un curso de computación en la Academia Americana, a la vez que
estudiaba bachillerato en un liceo de sacerdotes católicos, ubicado en La Vega, de
nombre “Monseñor Arturo Celestino Álvarez”. Sucede que una vez llegué a las
siete de la noche del curso de la Academia. Ya en casa, me recosté en el mueble
a ver un programa en la televisión que pasaban todos los miércoles en la noche,
y me quedé dormido. Y ahora fíjate como se va a reflejar un tema relacionado, tal
vez, a la espiritualidad y a los refranes en Venezuela. Debes haber escuchado esa
creencia popular que dice: «A la gente cuando está durmiendo, no la despierten.
Déjenlo que siga durmiendo», y tal frase no falló conmigo ese día. Resulta que mi
cuñado llevó en su carro a mi hermana hasta la casa. La deja en la esquina, y cuando
él está dando la vuelta para irse, lo interceptan unos malandros de la zona que
querían someterlo, robarlo, ¡No sé! Yo los conocía a todos, porque nos criamos
juntos en el barrio. Mi hermana, desesperada, me despierta gritando «¡Hermano,
hermano, quieren robar a Neo, quieren robar a Neo!». Neo era mi cuñado. Abro
los ojos, totalmente desorientado. Le pregunto: «¿Cómo que lo quieren robar?»,
y responde: «Sí, los chamos de aquí mismo». Recuerdo que había uno al que le
decían “Cabezón”, que era el líder de la banda. Ella continuaba repitiendo «Ahí
están los malandros, ahí están los malandros».

Benito, me levanto apresurado, salgo corriendo y hablo con ellos: «Ese es mi
cuñado, vale. Dejen a ese chamo quieto». Contestan: «Ah, ¿es tu cuñado? Dale
pues. Tranquilo». Cuando mi cuñado se va, y yo camino hacia la casa, se desata un
tiroteo. Me toma por sorpresa, porque no sé de dónde provienen tantos disparos.
Empiezo a correr hacia el callejón donde vivo y, al pasar una reja, recibo un tiro en
la cabeza. Aquí atrás, Benito, puedes tocar para sentir la perforación. ¡Ese fue el
disparo que me alcanzó! No fue directo, ya que atravesaría la reja antes de impactar
en mi cabeza. Caí boca abajo frente a la puerta de mi casa, que estaba cerrada, así
que no pude entrar. Sentí un golpe, como si alguien me empujara, y caí, sin saber en
ese momento que había sido un tiro. Con la misma fuerza con la que caí, me levanté
y seguí corriendo por el callejón San Pedro, que conecta el Barrio El Carmen con
La Veguita. Continué avanzando, porque me encontraba en medio de un intenso
tiroteo. Después supe que se trató de un enfrentamiento entre bandas enemigas. Ese
día hubo cuatro personas heridas, ajenas al conflicto: dos muchachas que caminaban
por la zona, un joven que estaba llegando a su casa y yo, ¡cuatro inocentes, mientras
que ningún miembro de los grupos en disputa resultó afectado!

—Ahora, le pregunto, ¿la bala penetró o no?

—¡Sí! Corriendo llegué hasta la avenida, y allí encuentro a mi cuñado que
estaba saliendo en su carro. Nos conseguimos y me pregunta: «¿Qué pasó?»
entonces le digo «¡Llévame al médico, llévame al médico!». Es cuando me percato
que estoy herido, porque siento algo caliente que me va corriendo por la nuca.
Me toco y veo que es sangre. Continúo palpando y siento un hueco en la cabeza.
Inmediatamente imaginé que era un tiro. Los nervios me dominan y comienzo
a gritar «¡Tengo un tiro!». El resultado fue una bala metida en el cráneo. Ese
mismo día me operan para sacármela. Después de la intervención quirúrgica duré
aproximadamente veinte horas en estado de coma.

Todo lo que te acabo de relatar es lo que recuerdo, porque aún estaba
consciente. Corrí, y de eso me acuerdo clarito. Llegué a la clínica y me operan.
Cuando despierto, asombrado, después de estar tanto tiempo inconsciente, me
pregunto: «¿Dónde estoy?», y comencé a recordar. Me dan de alta a los dos días
y voy para La Vega, para mi casa. Duré una semana, ya que tenía el organismo
muy débil. Gracias a Dios la bala no me tocó el cerebro, no llegó a romper la masa
encefálica. ¡Y tengo la bala de recuerdo! ¡Era una nueve milímetros! Nosotros
tenemos un hueso que evita el contacto con el cerebro. Bueno, ese hueso lo
rompió, mas no pasó al cerebro.

Después de estar bajo los cuidados de mi madre, le pido: «Quiero irme a
Capaya para terminar el reposo allá y olvidarme de lo que pasó aquí». Mi madre
acepta y me vine a Capaya hasta el día de hoy. Creo que ese fue el punto de partida,
lo que me movió a ser una persona decidida a luchar contra la delincuencia.
Constantemente pensaba: «No puede ser que existan personas que dañen con sus
actos a la sociedad».

Al llegar a Capaya, me sorprendo al descubrir que la situación de inseguridad
era tan grave como en La Vega. Las calles estaban marcadas por la presencia de
grupos delictivos y el consumo de sustancias ilícitas. En La Vega, a pesar de su
fama para ese entonces como uno de los barrios más peligrosos del país, era raro
ver a alguien consumiendo drogas en espacios públicos. En Capaya, en cambio,
lo hacían abiertamente en la plaza y en las calles, frente a todos. Esa es parte de mi
historia en el barrio El Carmen en La Vega.

—Alcalde, ahora hablaremos un poco sobre el municipio. Independientemente
de lo que se conoce como los situados constitucionales dentro de la planificación
central, de donde provienen los fondos para ciertas gestiones, ¿cuáles son,
desde el sector privado, las oportunidades más interesantes en el municipio?
Porque comprendo que se trata de un territorio con importantes vías fluviales y
una destacada actividad agrícola, por lo que debe contar, imagino, con distintas
industrias, tanto pesadas como livianas. ¿Cómo es el mapa del sector privado en el
municipio, desde el campo de la relación con la alcaldía? Por ejemplo, en cuanto a
la producción de pesca y cacao, porque considero que el cacao tiene un alto valor
simbólico para la zona. ¿No es así?

—Sí, a nivel de agricultura el cacao es el que el que tiene el mayor porcentaje de
producción en este municipio, pero algo también ha cambiado con el pasar de los
años. Las parcelas, las fincas, también fueron vandalizadas. Las grandes productoras
de cacao de esta zona, en un tiempo, fueron tomadas por la delincuencia. Sacaron
a los propios dueños y se apoderaron de sus siembras. Después de un trabajo de
levantamiento y rescate, ochenta de ellas ya las hemos retornado a sus dueños
originarios, con sus documentos, con sus cartas agrarias, con la historia que tienen
de esas parcelas, pero hay un problema en materia de cacao.

El cacao en este municipio es herencia. Aquí los nuevos productores no han
sudado la siembra de esas plantas. Eso ha venido de generación en generación, y ya
esa planta no produce lo mismo que en el pasado, cuando había grandes cosechas.
Todavía hay buenas, pero ya no es lo mismo que antes, cuando una planta daba
hasta diez kilos de cacao. Hoy en día da un kilo, porque ya cumplió su etapa de
vida. El año pasado inicié un proceso de renovación de esas plantas y entregamos
veinte mil, que para una de esas haciendas no es nada, porque sembraban hasta
cien mil plantas. Ahora, tengo estimado, para este año 2024, reemplazar unas
cien. Nosotros las hemos regalado, es decir, se las damos al productor y le hacemos
seguimiento para que produzcan. ¿Cuál es el convenio que tengo con estos
cacaoteros? Las plantas que entregamos son producidas por el Instituto Nacional
de Investigaciones Agrícolas (INIA), organismo que se dedica a su estudio. Ellos
nos dan unas plantas certificadas, paridoras. No son plantas para sacarles cosecha.

Son plantas para producir. Son madres. Benito, ¿entiendes lo que quiero decir?
De estas plantas se utilizan las diez primeras mazorcas para resembrar. Las
primeras veinte mil que entregué son exclusivamente para reproducción. ¿Cuál es
el convenio que hice con la gente? Que, de cien plantas obtenidas de esas madres
paridoras, deben entregar diez a la alcaldía para renovar el municipio. Se trata
de un proceso a tres años y lo inicié el año pasado. La cosecha será visible en el
último año de este periodo como alcalde o al inicio del siguiente, porque tengo
intenciones de postularme nuevamente. Las plantas tardan tres años en dar su
primera producción, pero esa cosecha inicial no es aprovechable, sino hasta la
segunda.

El proceso es similar al de la crianza del cerdo: si se permite la reproducción
en el primer celo, la calidad puede verse afectada e incluso deteriorar la raza. Lo
mismo ocurre con las plantas paridoras: la primera cosecha, es decir, una, dos o
tres mazorcas, no son útiles para nuestro propósito. Aunque pueden procesarse
para cacao y chocolate, no cumplen con lo que nosotros queremos, con nuestras
expectativas. Entonces, para el segundo ciclo, hemos proyectado la obtención
de al menos un millón de plantas. Cada una genera veinte retoños y, si entregué
veinte mil, en la primera cosecha vamos a obtener cuatrocientas mil. Cada planta
carga dos veces por ciclo, y estos quiere decir que, en dos años, la producción
alcanzará ochocientas mil unidades a partir de las veinte mil iniciales. ¡Imagínate la
transformación que haremos en el municipio! El año pasado se entregaron veinte
mil y este año cien mil. Benito, nos convertiríamos en el municipio más productivo
del país en cultivo de cacao. Esto se podrá alcanzar en largo tiempo, pero estoy
completamente convencido de que lo vamos a lograr.

—Es un gran desafío, ¿no?

—Sí, pero es algo organizado, bien estudiado. Nosotros tenemos los
documentos que certifican la calidad de esas plantas por parte del INIA, y estamos
en constante seguimiento y apoyo con la gente: «¿Como va la cosecha? ¿Necesitas
urea? ¿Necesitas abono? ¿Qué necesitas?». Esto es para cumplir con el tiempo que
inicialmente consideramos, y después continuar renovando.

Por otro lado, con respecto a la pesca en el Municipio Acevedo, puedo decir
que, si bien es cierto que hay mucha gente que come de la pesca, el pescado de río
no se da en abundancia ¡Sólo sardinas! Se puedes encontrar un pozo que tenga
muchas sardinas, pero ¡se acabó ese lote y ya! No es como en el mar, donde se
multiplican los peces. Aquí es poca la pesca. Muchas personas capturan algunos
y se los comen, pero hasta ahí. No es suficiente. Ahora, si puedo hablar de la
frescura de las aguas de los ríos de aquí, que son 100% puras. Puedes consumirlas
directamente. Les hemos hecho pruebas y son potables al 100%. Los pozos de
agua, profundos, en el municipio, principalmente de la zona montañosa, son aguas
perfectas. ¡No necesitan preparación o aditivos! ¡Nada! Son apropiadas para el
consumo humano.

Hay algo que deseo destacar este año, y es el plato típico del municipio. Aquí,
en el río, se da, y lo concibo como la mejor proteína, la más deliciosa: el camarón
de río. Hemos realizado consultas con personas que han viajado por el mundo
entero y dan dado fe de que este camarón de río es uno de los más sabrosos. Una
vez traje a dos catadores a hacer unas pruebas y dijeron que jamás habían conocido
algo como eso. ¡Nunca! O sea, que tiene un sabor único. En todos los ríos de este
municipio se da el camarón. Muy parecido a la langosta, pero con macanas más
grandes que incluso tienen carne por dentro. Se pueden comer fácilmente, se
abren y resultan de un gusto especial.

—¿Tienen una temporada?

—Durante todo el año hay camarón de río, pero en la temporada de lluvias
abundan mucho más, porque emergen de las cuevas. El río se los trae de la
montaña, se desprenden de las partes que habitan. Hay personas que le dedican
tiempo y viven de esto. Lo comercializan a elevados precios, y muchísima gente los
compra. Yo soy fanático de esa comida. Me gusta guisado, en sopa, asado, ¡como
sea! Ahora, queremos hacer la propuesta en el municipio para declararlo como
comida típica de Acevedo, aunque también hay otras propuestas que debemos
escuchar. Algunos dicen que la “lapa” porque es una comida exquisita, otros dicen
que “cafunga”, que es un dulce tradicional. Sin embargo, en cuanto a un plato de
excelencia, destaca el camarón de río.

—¡Qué interesante! ¡Qué bueno alcalde! Ahora, creo que también debemos
hablar un poco sobre la cultura.

—Mira Benito, cuando llegué a este municipio, a vivir, que tenía quince años,
veía las expresiones culturales y una de las que más me impresionaba era la del
Niño Jesús de Capaya, cuando cruzaba el río cada 24 de diciembre. Yo era fanático
de eso. Me iba al río Marasmita a esperarlo. Disfrutaba al ver a los devotos, con
los brazos alzados, sosteniendo en su nicho la imagen del Niño cruzando el río,
porque aún con el río crecido, con el agua a la altura del cuello, ellos pasaban.
¡Era algo sorprendente! Muchas veces nadie podía bañarse porque había una
corriente muy fuerte, ya que, en esa época, por lo general llueve, pero al Niño
Jesús lo pasaban, la gente cruzaba y nunca sucedió nada malo. En lo personal, creo
que la fe, la veneración, la entrega, en torno al Niño Jesús de Capaya, protege a los
portadores de esta tradición. Es un legado sobre el cual hay que investigar un poco
más. Y a lo largo del tiempo también he conocido de muchas otras celebraciones
culturales dentro del municipio.

Una de las políticas de mi gestión es el acompañamiento a quienes hacen y
fomentan la cultura en todo Acevedo. Contamos con más de setenta expresiones
culturales y llevamos un aporte a cada una, integrándolas en un plan especial.
Creamos el Instituto Municipal de Cultura y Patrimonio, que antes no existía.
Asimismo, como alcalde de Acevedo, me reencuentro con una de las
expresiones más importantes del municipio: Bandos y Parrandas de los Santos
Inocentes de Caucagua, a la que le otorgamos absoluto apoyo, porque antes los
tenían señalados como focos de bochinches, como algo de relajo, pero no es así,
contrariamente han resultado una vitrina para el mundo entero. Hoy día, gracias
al acompañamiento que tú hiciste, Benito, junto al equipo de la Fundación Centro
de la Diversidad Cultural, están reconocidos por la Unesco como Patrimonio
Cultural Inmaterial de la Humanidad, dentro del Programa de Buenas Prácticas
de Salvaguardia. Esto ha servido para reafirmar que, a través de la cultura y la
transmisión de saberes, se fortalece nuestra identidad dentro del municipio y en
toda la región barloventeña. Además, podemos lograr que las nuevas generaciones
enriquezcan su conocimiento, alejando la delincuencia, promoviendo la unidad y
el entendimiento dentro de cada una de las comunidades.

De verdad que, con el pasar de estos dos años, tengo que felicitar a quienes
están en el Instituto Municipal de Cultura y Patrimonio, porque han hecho un
trabajo extraordinario bajo la dirección de José Ángel Ramírez. Creo y admiro a la
cultura, a los portadores, a las tradiciones y, de manera especial, a la transmisión
oral de saberes. Se dice que el Libertador Simón Bolívar nació en Capaya, y esto es
un vivo ejemplo del valor de la oralidad dentro del municipio, entre muchas otras.
Nuestro futuro en materia de seguridad está estrechamente vinculado a
la cultura. ¡Estoy convencido de que a través de ella lograremos mantener este
municipio seguro! Mis tres principales banderas son cultura, deporte y educación,
y tengo firmes convicciones de que todo lo que afecte negativamente a nuestras
comunidades puede combatirse mediante estas herramientas.

Quisiera que la cultura de nuestro pueblo se lleve en toda su amplitud a las
aulas de clases, pero profundizando en sus raíces. Eso es algo que nos falta. La
cultura realmente se difunde es a través de las propias comunidades. Fíjate Benito,
aquí consigues niños que bailan la burra, que son burriquitas desde los cinco años.
Igual sucede con los Bandos y Parrandas de los Santos Inocentes. Encuentras a los
niños vestidos de Boleros, mostrando esa expresión cultural desde los cinco años.
Me quedo sorprendido cuando se le pregunta a un jovencito «¿Qué es eso? ¿De
qué se trata?», y lo cuenta tranquilamente. ¡Ya sabe, pues!

Yo creo que la formación de niños y niñas, a través de los núcleos de iniciación
y transmisión de saberes, es lo mejor de los Bandos y Parrandas de los Santos
Inocentes de Caucagua. Cada 28 de diciembre pasa algo inédito por la cantidad
de personas que nos visitan para celebrar con ellos. La gente viene a conocerlos,
a compartir con el pueblo de aquí y eso está muy bien, sin embargo, continúo
pensando que deben ser las aulas de clases el espacio ideal para difundir la
memoria. A nosotros antes nos engañaban diciéndonos que los personajes de la
cultura popular eran malos, y los muchachos les tenían miedo. Los niños le tenían
terror a los Santos Inocentes, a los Boleros: «¡A correr que vienen los Boleros!»,
pero hoy día no es así. Actualmente los niños se abrazan con los Boleros, se toman
fotos, los acompañan y quieren ser como ellos, porque eso que están haciendo a
nivel cultural en las comunidades, la labor de crear los Consejos Comunitarios,
es muy interesante y valioso. Estoy firmemente convencido de que es lo que nos
va a ayudar a mantener la seguridad de nuestro pueblo, y por eso continuaré
impulsando la cultura.